Washington. Cómo corregir un desastre

Esta semana se ha recordado el quinto aniversario de la invasión de Irak que empezó el 19 de marzo del 2003, a las nueve y media de la noche (hora de Washington), con los primeros ataques aéreos

TEXTO: PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL EN WASHINGTON
Actualizado:

Esta semana se ha recordado el quinto aniversario de la invasión de Irak que empezó el 19 de marzo del 2003, a las nueve y media de la noche (hora de Washington), con los primeros ataques aéreos dentro de una estrategia descrita como «shock and awe», lo que se podría traducir como una sobredosis de conmoción y pavor encaminada a conseguir un rápido colapso militar del régimen de Sadam Husein. Pero después de 600.000 millones de dólares y 4.000 bajas mortales en las filas del Pentágono, para la Administración Bush esta semana ha sido realmente el primer aniversario de un éxito aceptable en Irak.

Una combinación de nuevos responsables, tácticas diferentes y el despliegue de tropas adicionales han empezado a corregir los grandes fallos cometidos desde el mismo inicio de la ofensiva hace cinco años. Con estos esfuerzos se ha logrado una reducción generalizada de violencia, tanto con bajas contenidas para los militares de Estados Unidos como ciertas mejoras en materia de seguridad para los iraquíes. Condiciones más tolerables que las logradas durante todo el periodo de Donald Rumsfeld al frente del Departamento de Defensa.

Los éxitos de este año coinciden con el nombramiento del general David Petraeus, especialista en contrainsurgencia, como comandante de todas las fuerzas militares de Estados Unidos en Irak. Y el envío a Bagdad como embajador del diplomático Ryan Crocke, lo que ha inaugurado tanto un nuevo clima de cooperación con las autoridades locales como diferentes prioridades militares. Estos cambios se han visto acompañados con el despliegue de 30.000 efectivos adicionales del Pentágono, para remediar el déficit de varias brigadas adicionales registrado desde la misma caída de Bagdad, tres semanas después de la invasión, y todo el caos posterior.

La maquinaria del Pentágono

Con esos refuerzos, el contingente de Estados Unidos en Irak ha llegado a alcanzar aproximadamente los 160.000 efectivos. Lo que ha reducido toda la maquinaria militar del Pentágono básicamente a tres partes: los que están en Irak, los que están volviendo a Irak y los que se están preparando para ir a Irak. Si los avances logrados se mantienen, este verano se espera una reducción hasta llegar a los 140.000 soldados.

Este esfuerzo militar por parte de Estados Unidos también se ha visto acompañado por la creación de milicias populares pagadas para actuar como grupos de auto-defensa contra Al Qaida, responsable de las mayores atrocidades registradas en Irak desde la invasión a pesar de que la red terrorista liderada por Osama Bin Laden no tuviera ninguna clase de vínculos con el régimen de Sadam Husein, según las conclusiones de un completo informe publicado este mes por el Departamento de Defensa. En la actualidad, casi 90.000 iraquíes -algunos con antecedentes como insurgentes- trabajan en estas tareas de seguridad coordinadas por los militares de Estados Unidos. Un ochenta por ciento de ese contingente estaría formado por suníes y un veinte por ciento, chiíes. Por su trabajo reciben el equivalente a unos doscientos euros al mes y se encuentran desplegados sobre todo en zonas donde las fuerzas regulares del gobierno de Irak no están presentes o son rechazadas por pasados abusos sectarios.

Esta táctica tiene su origen en la inesperada revuelta protagonizada en el 2006 por responsables de tribus suníes en la provincia de Anbar precisamente contra la violencia vinculada a Al Qaida. Por su propia iniciativa, los jefes tribales solicitaron permiso a los comandantes de Estados Unidos para crear grupos de auto-defensa. Desde entonces, Anbar ha dejado de ser una de las provincias más violentas de Irak. Y ese modelo ha sido aplicado a otras zonas del norte y centro del país. Este efectivo parche a la decisión inicial de disolver todas las fuerzas militares y seguridad del régimen de Sadam Husein se enfrenta ahora al reto de convencer al gobierno de Irak, controlado por chiíes, para que acepte y pague de su bolsillo estas fuerzas irregulares dominadas por suníes. Mientras el equipo del primer ministro Nouri Maliki teme que esas milicias se transformen en una nueva fuerza militar paralela y fuera de su control, los comandantes americanos consideran que si no se produce una necesaria integración, la violencia volverá a dispararse.

Otro factor que ha convertido en más o menos viable la situación en Irak es el papel del clérigo Moqtada al-Sadr que en agosto del 2007 impuso un alto el fuego unilateral a sus milicias conocidas como el Ejército Al Mahdi. El líder chií, a pesar de mantener su oposición a la presencia militar extranjera en Irak, ha renovado esa tregua el mes pasado en un intento de multiplicar su control sobre sus milicias y expulsar a violentos sectores de renegados. Y de hecho, los militares de Estados Unidos ya no consideran al clérigo con aspiraciones de ayatolá como un factor desestabilizador.

Con este respiro, y el peligro de una desestabilizadora guerra civil conjurada por el momento, los responsables del Pentágono consideran que la gran asignatura pendiente es un proceso de reconciliación nacional, más allá de estrechos intereses sectarios. El próximo mes de abril, tanto el general Petraeus como el embajador Crocker tendrán que testificar ante el Congreso en Washington, entre presiones de la mayoría demócrata para imponer un calendario de retirada. Se espera que el militar y el diplomático argumenten que la actual estrategia queda más que justificada por los progresos logrados y que una abrupta retirada no haría más que convertir en un paréntesis todo lo que se ha conseguido durante el último año.