El gen volador surgido en Santander

POR LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTAA principios de la década de los años treinta del pasado siglo las cosas no pintaban bien para la aventura aeronáutica interoceánica española. En 1933, Mariano Barberán

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POR LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTA

A principios de la década de los años treinta del pasado siglo las cosas no pintaban bien para la aventura aeronáutica interoceánica española. En 1933, Mariano Barberán y Joaquín Collar despegaban de La Habana a bordo del «Cuatro Vientos» con destino a la ciudad de México, en la última etapa de un heroico viaje que tenía como objetivo abrir una ruta aérea entre Sevilla y Cuba para futuros vuelos comerciales. Pero su avión, un Breguet XIX con motor Hispano-Suiza, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en la boscosa sierra mexicana de Mazatecas. Nunca más se supo ni de los aviadores ni del aparato.

Apenas dos años después de aquel suceso trágico y con el triste recuerdo todavía fresco en la memoria colectiva de la sociedad, el santanderino Juan Ignacio Pombo, hijo de Juan Pombo Ibarra (un pionero de la aviación que en 1913 voló por primera vez de la capital cántabra hasta Madrid) y hermano de Teodosio (profesor de vuelo en la Aero Escuela Estremera), se planteaba la complicadísima posibilidad de atravesar el Atlántico sin escalas en una pequeña avioneta deportiva con potencia más que justita.

Juventud por los aires

Nadie hasta entonces lo había logrado en este tipo de aparatos y con tan pocos caballos en el motor. Tenía veintidós años y, o bien un gen le empujaba a las alturas, o por su venas parecía correr sangre y combustible a partes iguales. ¿Qué otra cosa podía ser si con quince años y sólo seis horas de instrucción ya estaba pilotando con mando único? ¿Cómo podría ser, si no, que recién entrado en la veintena ya estaba dando la vuelta a España en un aeroplano haciendo publicidad de Santander como lugar de veraneo?

Tras no pocas negativas consiguió por fin, gracias al apoyo genético y al de no pocos amigos, el visto bueno de la Diputación Provincial de Cantabria, del gobernador civil de Santander y, algo más tarde, del presidente del Gobierno Alejandro Lerroux, quien puso a su disposición 25.000 pesetas para sufragar parte de los elevados costes de la aventura. Lo demás vendría por la vía privada.

El problema era triple: por una parte escoger el lugar de este lado del océano desde donde dar el salto; la segunda cuestión era adónde llegar; la tercera, qué nave utilizar. El punto elegido para lanzarse a cruzar el Atlántico fue Barthurst, capital de la Gambia británica. El lugar de destino, Natal, en Brasil. La avioneta, una Eagle 2 de la British Aircraft modificada con un motor Gipsy Major de cuatro cilindros y 130 caballos. Una vez eliminados los asientos de pasajeros y liberado el espacio para el equipaje, el aeroplano fue rediseñado con un depósito auxiliar que permitía una carga total de combustible de 694 litros de gasolina y 25 más de aceite. Manos a la obra.

El viaje

Pombo partió de Santander con su flamante aeronave, llamada como la ciudad norteña y pintada de blanco con bandas rojas (los colores heráldicos cántabros), un 12 de mayo de 1935. Tras varias escalas por la costa occidental africana llegó a Barthurst (hoy Banjul). Desde allí emprendería su arriesgada aventura. No llevaba paracaídas ni radio y debía navegar a la estima puesto que tampoco tenía radiogoniómetro ni sistemas de navegación astronómicos. Algunos llegaron a calificar la empresa de «infanticidio».

Despegó el 20 de mayo. Después de dieciséis horas y cuarenta y siete minutos, y tras sufrir lluvias, tormentas y vientos impetuosos, Pombo llegaba a Natal. Había recorrido 3.160 kilómetros. Nunca antes nadie había hecho nada parecido. Después de la hazaña tenía previsto llegar a México en un emotivo homenaje a los malogrados Barberán y Collar. Tras tocar en ocho países americanos en doce etapas más o menos cortas y sufrir de camino una operación de apendicitis Pombo llegó por fin a la capital azteca, donde fue recibido como un auténtico héroe por una enfebrecida multitud, como lo estaría la que le hizo los honores tras su regreso a Santander.

Atrás quedaron cerca de 16.000 kilómetros y 76 horas de vuelo. Un año después, los sueños de aventura se transformaron en pesadillas de guerra. Pombo sirvió en el Ejército y, terminado el conflicto, intestino marchó a México, donde vivió durante cerca de treinta años. Murió en 1985 en Santander.