Vietnam. La guerra según los lápices de colores del Vietcong

Retratos de la actividad de los guerrilleros en el puerto de Hai Pong -esa «ciudad de la flor» que Richard Nixon ordenó minar y bombardear para cortar las rutas de suministro del enemigo-, de soldados

POR VIRGINIA RÓDENAS
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Retratos de la actividad de los guerrilleros en el puerto de Hai Pong -esa «ciudad de la flor» que Richard Nixon ordenó minar y bombardear para cortar las rutas de suministro del enemigo-, de soldados bebiendo y comiendo en Son Tay, de unidades de artillería en Dong Hoi, de combatientes de la aldea de Dak Xay, de la impresión del número especial del periódico «Liberación» del 19 de mayo de 1968 -cumpleaños de Ho Chi Minh-, de la madre soldado con el récord de peso en la carga de proyectiles anti-tanque B-40 en Kontum, del paso de milicianos en el pico de Truong Son, de la formación de tropas con equipos de cine, de marineros, de patrullas de comunicación, del montaje de munición, de las sandalias de los guerreros -hechas de viejos neumáticos y que no evitaban la picadura de serpiente en la jungla-, del día a día de la guerra, del movimiento sigiloso durante la noche..., la terrorífica noche de Vietnam. Son imágenes de la vida pintada durante más de treinta años y tres guerras -con especial dedicación al periodo denominado «de intervención americana»- por el ilustrador Tran Huu Chat, testigo de la dureza de esos tiempos, y que el empresario Ivo Fornesa se encontró casualmente cuando husmeaba por tenduchos de las calles de Hanoi.

Fornesa, al que las lecturas de los fascículos de «Historia y Vida» que llenaban los domingos barceloneses de su infancia hicieron querer por encima de todo un salacot como los usados por el Vietcong -luego se conformaría con el casco de la guardia urbana de Barcelona que un chófer de su padre le repintó de verde oliva-, sintió siempre una profunda admiración por el pueblo vietnamita. Confeso anticomunista, explica que «por encima de las ideologías está el reconocimiento de las cualidades y el valor de quienes viven y mueren por ideales tan nobles, y tan básicos, como la familia, la dignidad y la libertad. El fenómeno del comunismo en Vietnam es diferente al de otros países porque en su génesis fue la herramienta al alcance de muchos patriotas que querían sacudirse el yugo colonialista, y porque en su aplicación, y tras la intervención americana, si bien se produjeron las esperadas depuraciones políticas, no se zambulló como Rusia, China o Cuba en una desenfrenada carrera de ejecuciones y tropelías. Incluso llegó a enemistarse con su antiguo faro ideológico benefactor y vecino, China, a quien no quiso seguir en su demencial experimento de la "revolución cultural". Plegarse a los chinos hubiera sido fácil para un país que salía de un periodo bélico con más del 15% de su población muerta o herida, pero no lo hizo. Y en 1970 repitió su osadía cuando el gobierno vietnamita ordenó a sus tropas cruzar la frontera camboyana para liberar a sus atormentados vecinos del terror de los jemeres rojos. De nuevo, David se enfrentaba a Goliat, esta vez chino, que apoyaba a los seguidores de Pol Pot, y de nuevo salía victorioso. Hoy sigue renaciendo como un inagotable Fénix, recibiendo a los embajadores de los que antaño fueran sus enemigos y que han resuelto que a los vietnamitas lo mejor es acercarse como amigos. ¿Cómo no sentirse fascinado ante semejante currículo y ante la ausencia de odio en la mayoría de la gente? Esta falta de animadversión entre las partes no puede dejar de sorprenderme, en especial viniendo de un país como España, que aun hoy en día y por motivos tan bajos como los electoralistas, se refocila con la evocación de su guerra civil. Quizás se trate de una reminiscencia budista, pero nada en su hacer revela odio hacia quienes depauperaron su país y prefieren trabajar por el futuro en vez de escarbar en el pútrido fango de la venganza».

Será tal vez por esa razón que Tran Huu Chat (Chau Tien, 1933) guarda silencio. Pocas batallitas salen de su boca a pesar de haber sobrevivido a tres guerras. Recordar la que les enfrentó a los americanos tampoco despierta en él el menor entusiasmo. De una humildad casi enfermiza, sus palabras hay que leerlas en las descripciones que usó para datar sus dibujos y en las que llenan de música sus poemas. «Mi amada, que de piedras blancas/ ruedan bajo los pies de combatientes en marcha./El ruido que hacen atropellándose/ diez mil veces en mi corazón despierta tu memoria».

Tras una infancia marcada por las hambrunas y miseria que caracterizaron el periodo de ocupación japonesa, Huu Chat fue asignado en 1946 al Departamento de Información y Propaganda de su distrito. Su primer trabajo fue el de escribir y dibujar las proclamas y consignas del partido. Al no haber ni papel ni tinta, empleaba hojas de plátano secas que luego blanqueaba con cal para pintar con carbón. Del 46 al 48 luchó contra la ocupación francesa, y en 1952 ingresó en el ejército revolucionario, donde fue adscrito al periódico de las tropas locales de Vinh, en el centro del país, como ilustrador y corresponsal de guerra. Una de las tareas de entonces que recuerda con más cariño era la de recopilar versos escritos por los combatientes.

En 1964, y durante la «intervención americana», se alistó voluntariamente para servir en el Frente B, en Quang Nam Danang. Allí su misión consistió en convivir con las gentes y las tropas y retratar su vida cotidiana. Fueron tiempos extremadamente duros, en los que incluso fue capturado por su propia guerrilla en el pueblo de Dac Xay, donde estuvo a punto de ser fusilado al creerle sus camaradas colaborador de los americanos. Después, en 1979, estallaría la guerra tras la invasión china y de nuevo acudió a primera línea de fuego encabezando un grupo de dibujantes que tenía la misión de plasmar los avatares del combate. Más tarde llegó a ser jefe del Departamento de Colecciones Artísticas en el Museo de Bellas Artes de Hanoi, en el que trabajó hasta su jubilación en 1993. Hoy sigue dedicado a su taller de pintura, ayudado por su esposa y alentado por sus hijos que han heredado su alma de artista.

Me cuenta Ivo Fornesa, presidente de la Fundación Fornesa (www.fundacionfornesa.com) y editor y prologuista de «Dibujando en las trincheras», que ha dedicado «A José Moscardó Ituarte y a sus compañeros» por la defensa numantina que llevaron a cabo del Alcázar de Toledo, que el día que visitó por primera vez la casa de Tran Huu Chat, en Hanoi, se quedó estupefacto viendo como unos niños trataban de amaestrar a una rolliza y repugnante rata de cloaca como si se tratara de un inofensivo hámster. Le pareció que aquello era un ejemplo más de obstinación irreductible. Ese afán férreo, cuasi genético, de no rendir su historia. Robert McNamara, ex secretario de Defensa norteamericano y principal arquitecto de la guerra de Vietnam, dio en el clavo al reconocer en el enemigo indomable la fuerza «del que conoce las privaciones y la muerte», y tal vez por ello se empeñó en borrarlo de la faz de la tierra. Pero Tran Huu Chat no quiere hablar de eso, ni de la añoranza del hogar, ni del miedo, ni de las enfermedades, especialmente la malaria. Sus dibujos lo hacen por él.