Las ´Victorias´ de Baco

Victoria Benavides y Victoria Pariente son las empresarias-bodegueras del momento. En 1998, a base de coraje, ilusión y trabajo, se lanzaron al ruedo de Rueda dispuestas a hacer «faena». Hoy son las «Dos Victorias» del dios Baco

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Ninguna de las dos venía de este mundo -ni su familia tenía bodegas ni tradición bodeguera-, pero ambas, por su formación académica -en el laboratorio de la Estación Enológica de Castilla y León-, estaban relacionadas con el vino. Victoria Benavides, ingeniero técnico agrícola y enólogo por Burdeos -donde están las mejores escuelas del mundo-, era funcionaria de la Junta de Castilla y León, donde trabajaba la químico, enólogo y también funcionaria Victoria Pariente. Tras diez años de pacífico aburrimiento decidieron, con 18.000 euros, crear una sociedad y elaborar vino.

Primero compraron 12.000 kilos de uva de la variedad Verdejo de Rueda al padre de Victoria Pariente, que tenía una viña; después, otros 10.000 de Tinta de Toro, a Elías Mora, un viticultor de San Román de Hornija, donde hoy tienen la bodega. Y con la materia prima de Rueda y de Toro, alquilaron una bodega donde ellas, y sólo ellas, lo hicieron todo, hasta llegar al proceso de embotellado y comercialización de su primer caldo, un blanco afrutado que recibió un ramillete de premios, entre ellos el de Mejor Blanco Joven de 1998.

Así las cosas, en 1999, y con la borrachera del triunfo, decidieron ampliar su pobre dominio hasta Toro, la Denominación de Origen en auge, donde las grandes etiquetas del vino acababan de desembarcar para sentar plaza y levantar bodega por esos lares. La de «Dos Victorias» tiene de vecina a la nueva bodega de Vega Sicilia, y un poco más distante a las también nuevas de Alejandro Fernández (Pesquera) y de Marqués de Riscal. Ningún complejo. En San Román de Hornija, a 7 kilómetros de Toro, ellas son el alma de una bodeguita que hoy vende en España y Estados Unidos, Alemania y Suiza y que, a los dos años de levantarla, ya proyectan ampliar. Puede que en un principio nadie las tomara en serio (por el hecho de ser mujeres), pero elaboran 85.000 botellas de vino blanco y 75.000 de tinto, y hasta han recibido ofertas para comprarles la bodega, procedentes, curiosamente, de otra mujer, reconocida empresaria. Pero no quieren vender.

Y es que el vino es un gran seductor. En eso Victoria Pariente es tajante: «Es como un hombre, o te gusta a primera vista o no; después, cuando lo vas conociendo vas apreciando sus cualidades, sus valores. Eso mismo pasa con el vino». Pero los comienzos no fueron fáciles. «Al principio -prosigue- íbamos de pardillas, buscando 15.000 kilos de uva y metiendo muchas «patas», porque no sabíamos comprar. Pero nos divertimos muchísimo, y, pese al poco caso que nos hacían, no nos desanimamos. El mundo del vino es muy excitante. Es como hacer «puenting». Somos dos mujeres con una gran capacidad de lucha, supimos aguantar muy bien y aquí estamos».

El vino representa un desafío porque es «un ser vivo que con el tiempo va cambiando, y ahí está el reto, pues nunca sabes lo que tienes entre manos. Dos personas con la misma uva no hacen el mismo vino». Les obsesiona la calidad de la materia prima: sin una buena uva lo máximo que se puede hacer es un vino «decente», no un gran caldo, y mucho menos un buen tinto, porque en el blanco interviene más la tecnología. El gusto de los españoles se está abriendo a nuevas denominaciones, aunque aún tengamos muchas lagunas. «En Francia -prosiguen- el tema del vino es sagrado porque allí es muy difícil hacerlo. No tienen ni el suelo, ni el clima, por eso miman los viñedos como si fuesen bebés. A nosotros nos falta mucho para llegar a eso. Esta es la base para tener una buena uva de la que salga un gran vino. Después, hay que saber elaborarlo, porque en el vino un error se paga caro y tiene difícil arreglo».

Victoria Pariente es perfeccionista. Victoria Benavides, intuitiva. Pero ambas tienen «olfato». Hay quien opina que la mujer tiene mejor «nariz» que el hombre. Lo que está claro es que las hormonas tienen mucho peso en nuestros sentidos. De eso da fe Victoria Benavides, que ha trabajado en el análisis sensorial agroalimentario donde aprendió la importancia de la psisicología y la sociología para tomar decisiones y determinar qué nos gusta. Cuando se toma una decisión guíada por el olfato no se racionaliza. Está ligada a nuestro cerebro emotivo, no al racional. De ahí la retahíla de adjetivos que los críticos les ponen en las catas, hasta marear el diccionario.

«A los españoles -asegura- nos gusta más el tinto que el blanco. Son los que teóricamente envejecen y adquieren más valor con los años. Ha sido así desde la Edad Media».

En pleno «boom» del vino,Victoria Pariente lo tiene claro: «De vinos no sabemos nadie. Ni tan siquiera nosotros, porque el vino es muy puñetero. Y, además, está en juego el gusto de cada persona. Un vino de 60 euros no tiene por qué ser el mejor ni agradar a todo el mundo. Y un caldo de 6 euros puede ser buenísimo. El precio lo marca el mercado, los costes de elaboración, cómo está el producto... Valorar un vino es dificilísimo, como también lo es poner la marca, el nombre o el diseño de la etiqueta. Todo esto resulta terrible cuando somos nosotras dos quienes lo hacemos todo. Si tienes detrás a un economista que elabora los costos, a un diseñador para la etiqueta, a un distribuidor que..., entonces todo es más fácil».

No piensan hacerse ricas con el vino. Lo que pretenden es «vivir bien y disfrutar, porque el vino es para beberlo. No hay mejor bodega que la que te has bebido. Hay que almacenar menos vinos y consumir más y no dejarnos impresionar por la «marquitis»». El vino tiene fecha de caducidad. Con esas botellas tan caras, tan viejas, tan estupendas, que generalmente están estropeadas, lo mejor que se puede hacer es regalárselas a algún enemigo o... a los médicos cuando, por lo que sea, no cobran la consulta».