Las víctimas se sacuden los «moscones»

BLANCA TORQUEMADAMADRID. La tensión no llegó a desbordarse junto a la sede de la Audiencia Nacional, pese a las imprecaciones a los batasunos, el férreo despliegue policial y el éxito de la

Madrid. Blanca Torquemada
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La tensión no llegó a desbordarse junto a la sede de la Audiencia Nacional, pese a las imprecaciones a los batasunos, el férreo despliegue policial y el éxito de la avanzadilla de alborotadores que logró cortar la calle Génova durante una hora. La AVT, convocante de la concentración celebrada ayer, y miembros del Foro de Ermua también presentes se desmarcaron de los excesos, con contundencia encomiable.

Los que se arriman

Habrá que empezar a distinguir, machadianamente, las voces de los ecos en el movimiento cívico que llama a tomar la calle y que aspira a una victoria por puntos (memoria, dignidad, justicia) en su frontal rechazo a la negociación con ETA: unos esgrimen sus limpias razones, como víctimas o como ciudadanos, y otros se arriman, ya sea a la sombra de esos grupúsculos que ahora proliferan para chupar cámara y micrófono (compuestos, como mucho, por dos mendas ociosos y su primo), o envueltos en la bandera preconstitucional, borrón ya de demasiadas convocatorias.

Son muy pocos, pero ensucian una barbaridad y dan munición a la artillería propagandística de Moncloa para desenfocar la realidad de que buena parte de la opinión pública que no es «derecha extrema» no digiere este «proceso», ni en Estrasburgo ni en Madrid.

La protesta ciudadana comenzó a las diez de la mañana, en la plaza de la Villa de París. Allí la AVT repartía bocadillos de jamón york y miel, a quien lo demandara: «Dieta De Juana, la dieta que quita las penas», rezaba un cartel muy celebrado por los asistentes, que dirigían la mayor parte de sus dardos contra el presidente del Gobierno. Algunas de las consignas coreadas ayer son ya un clásico en este tipo de movilizaciones (las de «Zapatero, embustero» y «España no merece este presidente»), igual que otras que la organización siempre trata de aplacar (las de «Zapatero, vete con tu abuelo», con menciones añadidas a otros familiares).

A esa onda, la del insulto, no se sumó ninguna de las víctimas del terrorismo que respondieron al llamamiento. La madre de Irene Villa, María Jesús González, se limitó a dejar claro, con suave contudencia, que hace ya tiempo que ha perdido toda la confianza en el jefe del Ejecutivo: «Zapatero siempre contesta con tibieza porque ya lo tiene todo pactado y firmado con ETA». Los elogios los reservó para el fiscal Santos: «Ha actuado con dignidad, en una de esas decisiones valientes que nos ayudan a mantener la esperanza. Es un momento muy difícil en el que muchos factores nos empujan al pesimismo».

A primera hora se había vivido un conato de enfrentamiento, cuando accedieron a la Audiencia dos decenas de amigos y familiares del etarra, quienes desafiaron puño en alto a los manifestantes apostados en el exterior. «Blindados» por la Policía, habían bajado del autocar que los trasladó hasta la sede judicial en la plaza de Colón, con el fin de pasar inadvertidos, algo que no lograron pero que tampoco ocasionó incidentes graves porque la concentración de las víctimas no se celebraba en su «corredor de paso», la calle Génova, sino en la plaza adyacente, donde con los zapatos elodados después de sucesivos días de lluvia, algunos lamentaban: «Así ha dejado Zapatero a España, como un barrizal».

Palabras de Alcaraz

También el presidente de la AVT, Francisco José Alcaraz, hizo declaraciones a los medios de comunicación antes de entrar en la sala de vistas. Instalado en la filosofía de la «rebelión cívica» ante lo que considera un «proceso de rendición», volvió a acusar al Gobierno de «mover las piezas del Estado de Derecho» para conseguir que los delitos de los etarras «tengan la mínima repercusión penal», en estas contestadas rebajas penales de otoño.

Tras nuevos gritos de desahogo («Zapatero, traidor»), un rápido movimiento arrastró a unas doscientas personas y, en un momento en el que el férreo dispositivo desplegado por las Fuerzas de Seguridad bajó la guardia, logró taponar la calle Génova, donde se consumó la contaminación ideológica: irrumpió alguna bandera del franquismo y brotaron los gritos en favor de la pena de muerte. Un «sarampión» muy minoritario que se disolvió pronto, pasadas las doce. Mientras, otros manifestantes insistían en que no pararán hasta que sea el Estado de Derecho el que gane por 96 a 13.