EL VERANO YA LLEGÓ

Rosa Belmonte
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Pun, catapún, pun, pun, cómo me gusta el verano. Siempre excepcional, que diría Flaubert en su «Diccionario de Tópicos» (claro, que lo mismo dice del invierno, aunque añade que es más sano que las otras estaciones). Tan importante como cualquier otra; pero carece de prestigio (Camba). El calor, los atascos, los aeropuertos llenos de tipos con sandalias, los conductores con el torso desnudo (algunos le ponen camiseta al asiento y se olvidan de cubrirse ellos), las fiestas patronales o los torneos veraniegos de fútbol. Cuando yo era pequeña, el Ramón de Carranza anunciaba que las vacaciones llegaban a su fin. Ahora, como los bolos estivales empiezan sin que uno se haya quitado el pelo de la Liga, esa sensación se ha difuminado. También me pirran las rebajas en El Corte Inglés, sobre todo el negociado de ropa interior, con esos montones de bragas que las señoras van apartando colocándose las elegidas a modo de pulseras hasta que se cubren el brazo completamente. De la misma forma que en Birmania o Tailandia existen mujeres jirafas, en la estación de las rebajas aparece la curiosa especie de la mujer del brazo embragado, superheroína de gran almacén y voracidad textil a la que es mejor no acercarse.

Pero en mi lista de favoritos, el primero es la pasarela de playa de serie B. Un placer «freak» del verano que, sospecho, desconocen en Martha´s Vineyard o en los Hamptons. Un desfile playero patrio es como los habituales del programa de José Luis Moreno pero sin silicona ni zapatos de tacón, ni siquiera las chics chanclas (llámeselas «thongs») de Sigerson Morrison. En cualquier caso, igual de delirante. Sin que la bandera anuncie peligro alguno para la sensibilidad, comienzan a caminar por la orilla especímenes femeninos que nada tienen que envidiar a la Pitonisa Lola (pero en traje de baño), y ejemplares masculinos que apuestan por el escueto tipo de bañador de Marc Ostarcevic, algunos adornados con pelos a modo de felpudo en espalda y hombros (casi siempre coincide la calvicie capilar con la sobreabundancia en otras partes). No se preocupen, ya me doy yo los pescozones. El Señor me va a castigar con un novio sin camiseta que me diga en el coche: «No soy de Saturno, soy de Alicante». Me lo temía.