¿Quo vadis, sindicatos?
El secretario general de UGT, Cándido Méndez (i), y el de CC.OO, Ignacio Fernández Toxo (d), durante la rueda de prensa tras la reunión de la Cumbre Social en Madrid - efe

¿Quo vadis, sindicatos?

Siete meses después del fracaso del 29-M, la huelga convocada para el 14 de noviembre puede volver a evidenciar el descrédito de las principales organizaciones sindicales en España

madrid Actualizado:

El 14 de noviembre puede convertirse en «un hito en el sindicalismo europeo», «algo más que un paro laboral», «una protesta general» como pretenden UGT y CC.OO, o dejar en evidencia la crisis que atraviesan desde hace años las principales organizaciones sindicales en España.

Ni siquiera entre quienes valoran su labor se respalda la posición que han adoptado frente a la difícil coyuntura económica. «Muchos sindicatos de izquierda vienen envolviendo el descontento generalizado de trabajadores y pensionistas no en reivindicaciones concretas y posibles, sino en la petición de un referéndum sobre los recortes (...) ¿Para qué vale ahora ese referéndum sobre los recortes? ¿Qué cambiaría si se gana o si se pierde? Es otro muerto viviente que nos está impidiendo reaccionar de una manera que sea más adecuada a las condiciones económicas y políticas en que hoy nos encontramos», escribía en un artículo de opinión titulado «Los zombis de la izquierda» el pasado 23 de octubre en El País el catedrático de Sociología de la Universidad Complutense Fernando García Selgas.

Su colega en la UCM e investigador de la Sociología de las relaciones laborales, Carlos Prieto Rodríguez, señala a ABC.es que «con que el paro fuera del 50% efectivo» ya le parecería una «huelga exitosa», dadas las dificultades que hoy existen para secundar una protesta masiva, con un 25% de empleo temporal y una diversa sociedad asalariada. La huelga del 29-M fue un «fracaso» para la mayoría de los españoles, según el barómetro del CIS. Solo uno de cada cinco trabajadores secundó el paro convocado por Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez.

«De la crisis de los sindicatos se viene hablando desde hace 20 años y si comparamos su presencia con la que tenían en los años 60 y 70, está claro que no son lo que eran», constata Prieto. Las palabras del profesor de Sociología encuentran su reflejo en la hemeroteca. En 1991, ABC llevaba a su portada e l «Creciente malestar ante el excesivo poder de los sindicatos» en el que los empresarios denunciaban tratos de favor de quienes estaban ligados a las centrales sindicales mayoritarias y apuntaban a la politización, la falta de representatividad y de credibilidad como las causas principales de su desprestigio social, junto con la violencia de los piquetes. Ya entonces la afiliación sindical había sufrido un descenso en España y en los principales países desarrollados.

En crisis, pero no en toda Europa

En el conjunto de la UE, la tasa de trabajadores afiliados ha caído desde un 27,8% en 2000 hasta un 23,4% en 2008, según un estudio publicado el año pasado por la Comisión Europea. «El sindicalismo está en crisis, pero no en todos los países», puntualiza el profesor de la UCM. En Suecia el 70% de los trabajadores está afiliado y en otros países nórdicos como Finlandia, Noruega o Dinamarca aún es muy alta. En el extremo opuesto se sitúa Francia, que con una tasa inferior al 8% es el país con menos afiliados sindicales. En medio se encuentra Alemania, «un país modélico en relaciones laborales en los años 80» y donde hoy la afiliación no llega al 20%, destaca el director de la revista Cuadernos de Relaciones Laborales.

En España, el 16,4% de los trabajadores ocupados -unos 3.000.000 de personas- estaba afiliado en 2010 según la Encuesta de calidad de vida en el trabajo del Ministerio de Trabajo, aunque los sindicatos corrigieron el dato al 19,7%. «Es lógico que la afiliación sea baja porque en España los sindicatos representan a todos los trabajadores en una negociación colectiva, no solo a los afiliados», recuerda el profesor, a diferencia del Reino Unido donde las «trade unions» luchan solo por sus miembros.

La crisis económica no ha menguado alarmantemente el número de afiliados, quizá porque las bajas de parados se han suplido con altas de trabajadores que se han aferrado al sindicato ante la amenaza de un posible despido. Sí ha caído en los últimos años la confianza de los jóvenes en las organizaciones mayoritarias. Si en 2007 el 12,2% de empleados de entre 25 y 29 años estaba adscrito a un sindicato, en 2009 la cifra se reducía solo al 8,1%.

El perfil del sindicalista tradicional no se ajusta a los nuevos tiempos. «En España los sindicatos se han apoyado en trabajadores centrales: varones y adultos para quienes el trabajo es la actividad central de su vida», con años de trayectoria en la misma empresa, explica Prieto. Hoy encuentran dificultades para captar a unos trabajadores con empleos cambiantes y temporales. En ocasiones llegan a recurrir a una cartera de «servicios de afiliación» con ofertas tan variopintas como descuentos en tratamientos de bótox o en depilación láser.

Desde movimientos como el 15-M se les critica además por «haberse vendido» al poder, al recibir subvenciones directas del Estado (que en 2011 se elevaron a 18,3 millones de euros) o indirectas para cursos de formación (175 millones de euros en 2010 repartidos entre UGT, CC.OO, CEOE y Cepyme). El Gobierno ha recortado un 20% estas subvenciones a sindicatos y organizaciones empresariales para ahorrar unos 55 millones de euros.

También son objeto de crítica por sus negocios empresariales con los que UGT y CC.OO ganan más de 10 millones al año.

La crisis ha puesto además en la picota la figura del liberado sindical, que cobra nómina de la empresa o de la administración, pero trabaja a tiempo completo para el sindicato. Madrid, Castilla-La Mancha, La Rioja, Baleares, Comunidad Valenciana, Galicia, Navarra, Murcia y Castilla y León ya han recortado su número para ajustar gastos, un gesto que cuenta con el apoyo de buena parte de la sociedad española que asocia al liberado sindical con un trabajador «que no da ni golpe» equivocadamente, a juicio de Cándido Méndez.

Repensarse como sindicatos

Los sindicatos son conscientes de esta pérdida de respaldo social. El secretario general de CC.OO, Ignacio Fernández Toxo, firmaba un artículo en julio del pasado año titulado «Reivindicarnos y repensarnos: sindicalismo, trabajo y democracia» en el que reflejaba su preocupación y se quejaba del «inusitado ataque al movimiento sindical, desde círculos políticos, económicos y mediáticos».

Toxo invitaba a reflexionar sobre cómo representar a los desempleados y afiliar a los colectivos con mayor precariedad laboral, cómo hacerse presentes en la pequeña y mediana empresa o si su propia estructura sindical es la más adecuada a la realidad actual. «Debemos mirar hacia afuera, pero también mirar más profundo, más hacia nuestro interior para ver cómo estamos haciendo las cosas y cómo debemos hacerlas (...) De que lo hagamos o no depende en gran medida nuestro porvenir y, más que ello, depende que el sindicalismo confederal siga ampliando cuotas de poder contractual o quede como una anécdota histórica».

También el profesor del IESE Antonio Argandoña sostiene que necesitan un revulsivo. «Los sindicatos (...) pueden seguir mirándose el ombligo, defendiendo sus «derechos» y privilegios, a costa de los demás, o pueden plantearse en serio volver a ser una fuerza de renovación social, económica y ética», escribía en su blog, subrayando la oportunidad que se abre para las asociaciones de trabajadores.

«Deben hacerse mucho más presentes en los centros de trabajo, también en los pequeños, para que se respeten los convenios», les recomienda Carlos Prieto, que les advierte además de que «en su política de aproximación a organizaciones de ciudadanos no pierdan su identidad».

Hasta la Real Academia ha enmendado la definición de sindicato y sindicalismo, abreviándola en su vigésima tercera edición aún sin publicar. Los tiempos cambian, ¿y los sindicatos?