Quim Torra con el conseller de Interior Miquel Buch - INÉS BAUCELLS

Torra crea su policía política y espera el momento

Una importante facción de Mossos está dispuesta a saltarse la Ley para servir a la causa política del independentismo

Barcelona Actualizado: Guardar
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El juez Marchena ha suspendido cualquier encuentro social con sus amigos letrados o políticos que pudiera, de saberse, cuestionar su imparcialidad, ponerla en entredicho. Marchena está convencido de que existe «un CNI de la Generalitat», de poca monta y torpe, pero con capacidad para espiar y tomar fotografías que puedan ser malinterpretadas.

Cuando Torra fue investido presidente, lo primero que hizo fue pedirle al ujier las llaves del balcón a Sant Jaume para salir a proclamar la independencia. Lo segundo, los túneles para huir que usó Josep Dencàs, el consejero de Lluís Companys. Dencàs usó esos túneles para escapar de su propia declaración de independencia, el 6 de octubre de 1934. El ujier le advirtió a Torra que aquellos túneles están tapiados.

Hay un gusto por el artefacto, por el truco del más listo de la clase, por los gadgets de la Tienda del Espía que el independentismo siempre ha tenido y que la mayor parte de las veces no va más allá de la fantasmada. Tiene un poco que ver, aunque no del todo, el fiasco de aquellas «estructuras de Estado» que tenían que preceder a la independencia y que a la hora de la verdad constatamos que ni estaban ni se las esperaba. Menos fantasmada, y más preocupante fue que hace algunos, muchos años, Macià Alavedra tuvo que cesar al director general de seguridad ciudadana de la Generalitat, Miquel Sellarés, por espiar a los enemigos que tenía en su propio gobierno.

Mientras Mas fue presidente, su secretario general de la Presidencia, Quico Homs, presumía de haber comprado para los Mossos un sistema de escuchas para controlar los movimientos de la oposición, de la Guardia Civil y de la Policía Nacional en Cataluña, y aunque nunca confió a sus interlocutores ninguna evidencia de que aquello fuera cierto, ofrecía tal cantidad de detalles sobre cómo funcionaba «su» artilugio que todo invitaba a pensar que por lo menos en alguna medida estaba contando la verdad.

Hace pocos días conocimos la noticia de que Quim Torra había creado una nueva unidad de escoltas para protegerle, sacándola del control de los mandos operativos de Mossos, y convirtiéndola a la práctica en una policía política, insólita en cualquier democracia avanzada. El hecho añadido de que el president oculte cuántos agentes la integran y el listado con el número profesional de los admitidos favorece los peores augurios, que se vieron definitivamente agravados el lunes cuando el consejero de Interior, Miquel Buch, anunció el cese del mayor de los Mossos, Miquel Esquius, que se marchó pidiendo «neutralidad política» al frente de la policía autonómica, dando a entender que su destitución tiene que ver con no haber sido suficientemente militante en el independentismo.

Una importante facción de Mossos, como pudimos constatar el 1 de octubre, está dispuesta a saltarse la Ley para servir a la causa política del independentismo. Torra los está intentando reclutar con un propósito que, al margen de que se atreva o no a llevarlo a cabo, es inequívoco en su objetivo. Que la independencia a la fuerza tenga escasísimas posibilidades de prosperar -por no decir ninguna- y que el pelotón de Mossos reclutado por Torra sea muy menor en efectivos a las demás fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, no significa que no sean altamente preocupantes la tensión e incluso el drama que podría organizarse en caso de producirse otra declaración unilateral de independencia, pero esta vez con el presidente encerrándose en el palacio de la Generalitat firmando los decretos constituyentes de la «nueva república» y su guardia personal, junto con los demás mossos rebeldes, debidamente azuzados por su nuevo mayor afín, protegiendo el edificio con la inestimable ayuda de cientos de miles de partidarios concentrados deseosos de batirse con «las fuerzas de ocupación».

Está en la naturaleza de Torra la posibilidad de fantasear con todo ello sin acabar, por miedo, de realmente realizarlo; pero el alarde súbito forma también parte de su inestable carácter y no sería extraño que en su sentimentalismo trasnochado, de mediocre con ganas de por fin ser alguien, del típico exaltado que ha convertido la independencia de Cataluña en la metáfora de la solución de todos los problemas de su vida, nos obsequiara con una nueva intentona como respuesta a la sentencia del Supremo o en el caso de que en las próximas elecciones autonómicas el voto independentista supere, así sea por una décima, al constitucionalista.

De modo que Marchena acierta en su prudencia social y acierta todavía más, cociéndose lo que se está cociendo, con la prisión preventiva de sus procesados.