Suspense en el Supremo

Los golpes de efecto y los giros inesperados convirtieron la declaración de Trapero en el guión de una película con un final memorable de Marchena

Pedro García Cuartango
MadridActualizado:

Imposible imaginar los golpes de efecto y los sorprendentes giros de la sesión de ayer en el Supremo, que superó cualquier trama de suspense de maestros del cine como Hitchcock, Wilder, Brian de Palma o Mankiewicz.

Ni los más viejos periodistas que cubren la información de tribunales recordaban una jornada tan dramática y emocionante como la que se vivió en ese salón de Plenos en el que las arañas de cristal iluminan los marmoles y el terciopelo como en un escenario cinematográfico.

Truffaut subrayaba que no hay suspense si no se manipula al público con la expectativa de que tiene que estallar la bomba que hay oculta en la habitación donde se desarrolla la trama. Pues bien, ese fue el clima que se generó durante la comparecencia del mayor Trapero con un final que ni siquiera el más imaginativo de los guionistas sería capaz de concebir. Y ese final fue escrito por Manuel Marchena, que se había enfrentado al fiscal Javier Zaragoza para prohibirle que preguntara por las dos reuniones mantenidas por Puigdemont con la cúpula de los Mossos en los días precedentes a la consulta, alegando un precepto de la ley de Enjuiciamiento Criminal.

Cuando las defensas de los acusados se congratulaban de la decisión del tribunal y Trapero se estaba levantando para abandonar la sala, Marchena tomó la palabra para recordar que el presidente tiene la prerrogativa de preguntar al testigo cuando sea necesario para esclarecer alguna cuestión esencial para el desarrollo del juicio.

Y lo que Marchena le pidió a Trapero es que explicara el contenido de esas dos reuniones con Puigdemont, especialmente la del día 28 de septiembre a la que asistieron Junqueras y Forn. Esta es la respuesta del mayor de los Mossos: «Les emplazamos al cumplimiento de la legalidad y les dijimos que no compartíamos el proyecto independentista. Y también les advertimos del grave riesgo de violencia que suponía la consulta».

Una afirmación letal para quienes se sientan en el banquillo porque el mensaje que transmitieron las palabras de Trapero fue inequívoco: que Puigdemont y Junqueras se empeñaron en celebrar la consulta por razones políticas pese a que habían sido advertidos de que podía haber graves incidentes, como así sucedió.

Un final que recuerda el de «La trama», aquella película de Joseph Mankiewicz de los años 70. En ella, cuando el escritor que encarna Lawrence Olivier se felicita por haber asesinado con total impunidad al personaje que representa Michael Caine, el amante de su mujer, aparece la policía que ha sido avisada por la propia víctima. En el último momento, el espectador se sacude en su butaca cuando los agentes de Scotland Yard tocan el timbre de la puerta y descubren las pruebas que le incriman al asesino, como hizo ayer Marchena.

La realidad superó ayer la ficción en el Supremo con momentos de clímax, como cuando Trapero soltó una frase que dejó perpleja a la audiencia: «El 27 de octubre, el día de la declaración de independencia, me puse a disposición del fiscal y del presidente del Tribunal Superior de Cataluña por si teníamos que detener al presidente y los consellers». Un golpe de efecto con el que el mayor pretendía subrayar lo que constituyó la línea argumental de su testimonio: que siempre acató y cumplió con los mandamientos judiciales hasta el punto de que estaba dispuesto a arrestar a Puigdemont si los jueces se lo ordenaban.

Trapero clavó también una estaca en el corazón de Joaquim Forn, exconsejero de Interior, del que aseguró que sus comentarios «encajaban muy mal con las órdenes judiciales».

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que toda la estrategia del testigo se centró en descargar sobre sus superiores la responsabilidad de lo que sucedió en la jornada de la consulta, mientras él se presentaba como un fiel cumplidor de la ley. Una línea argumental destinada a salvarse del delito de sedición que le imputa la Audiencia Nacional. Y es que Trapero se ha cansado de ser aquel mito que comparecía con pistola en las ruedas de prensa y ha optado por la «aurea mediocritas» de una vida normal con su familia y sus amigos. Entre la tragedia y la nimiedad, ha optado por la segunda opción.

Pero siempre nos quedará Marchena para sacarse un conejo de la chistera cuando decae el espectáculo.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango