Subastas reales. El collar de María Antonieta

TEXTO: CARMEN FUENTES FOTOS: AP/ABC

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Una ráfaga de esperanza debió de pasar por la cabeza de María Antonieta cuando, meses antes de subir a la guillotina, entregó un saquito con un buen puñado de perlas grises, brillantes y rubíes, además de otras joyas ya montadas, a su amiga del alma, lady Elizabeth, condesa de Sutherland y esposa del embajador británico Lord George Leveson-Gower a quien nadie registraría por su inmunidad diplomática. La intención de la Reina era recuperar aquel pequeño tesoro cuando pudiera escapar de sus carceleros, junto con su familia. Un ulterior capítulo de esa historia se abrirá el próximo miércoles, a golpe de mazo, en la sala de subastas Christie´s de Londres cuando se adjudique al mejor postor el último sueño de la desdichada Soberana.

Un día movido

Y es que lady Elizabeth, tras la muerte de María Antonieta, siguió protegiendo aquel saquito de joyas que su amiga le había confiado. Con el tiempo, los diamantes se convirtieron en collar, pero los Sutherland esperaron casi cincuenta años a montar las perlas y los rubíes. Lo hicieron en 1849, con ocasión de la boda de un nieto de lady Sutherland y, desde entonces, la joya siempre ha estado en manos de la familia. Christie's no ha dicho qué miembro de los Sutherland vende el collar, aunque uno de sus directivos, Raymond Sancrolf-Baker, ha comentado que la joya había permanecido todo el tiempo en la caja fuerte de un banco y que había llegado el momento -«excepcional»- de ponerla en circulación. La joya podría alcanzar el medio millón de euros y se sabe que el Museo del Louvre está interesado en su compra.

Curiosamente, el mismo día 12 de diciembre, Sotheby´s de Londres también sacará a subasta ocho piezas de alta joyería que pertenecieron a Anita Delgado, la guapa española que se convirtió en maharaní de Kapurtala. «Las joyas, sobre todo estas piezas con historia, son objeto preferido de coleccionistas y amantes del arte en general», asegura Jaime Matos, de la sala de Subastas española Ansorena, quien añade que este tipo de piezas suelen moverse en mercados como Londres o Ginebra, y que los propietarios ya no se desprenden de ellas por motivos económicos, sino por falta de interés, por reparto de herencias... o por el fisco.

Piezas de ida y vuelta

Lo curioso con muchas joyas regias es que se venden «en círculo». Las subasta un miembro de una familia y las recompra otro de la misma o las adquiere alguien de otra Casa. Así ocurrió con las famosas esmeraldas colombianas que Napoleón III regalara a su esposa Eugenia de Montijo, brevemente lucidas en Madrid por la Reina Doña Victoria Eugenia. Ésta, gran amante de las joyas, recibió en 1920, a la muerte de la Emperatriz y de manos del duque de Alba (sobrino de la Soberana francesa), un estuche con un abanico y un impresionante lote de esmeraldas procedentes de una corona que el gran joyero Fontennay le había realizado en 1858. Doña Victoria Eugenia hizo varias combinaciones con estas piedras; la primera, a cargo de la joyería madrileña Sanz que se las montó en un collar corto de estilo clásico. Diez años más tarde, la Reina entregó las gemas a Cartier que entonces hacía largos collares de «sautoir». Cartier le añadió una cruz con una esmeralda de 45 quilates, que había sido de Isabel II, quien se la había vendido a su vez a Cartier. Nada más acabar el joyero parisino su obra se proclamó en España la República y Doña Victoria Eugenia volvió a vender a Cartier la esmeralda tallada en forma de cruz.

Durante su exilio, las alhajas le solucionaron algunos problemas económicos. Forzada a vender algunas de ellas, pudo adquirir «Villa Fontaine», su casa de Lausana (Suiza) y subvenir a sus necesidades. Por ejemplo, no le quedó más remedio que desprenderse de varios diamantes que formaban el collar de «chatones» que le había regalado Alfonso XIII, quien añadía en cada cumpleaños de su esposa dos piezas más. Cuando la Reina marchó al exilio el collar tenía 83 chatones; en la actualidad, el que heredó Doña Sofía, tiene 23.

En 1961 la Reina Victoria Eugenia subastó en la sala Jürg Stucker, de Berna (Suiza), un collar, un anillo y un broche. El collar lo compró Cartier que se lo vendió al Sha de Persia, quien lo adquirió como regalo para su esposa Farah Diba. La Emperatriz iraní lo lució en numerosas bodas reales, pero no pudo llevárselo consigo al partir para el destierro y hoy es una de las joyas semiescondidas en la Banca Nacional de Teherán, donde sólo unos pocos las admiran de tarde en tarde.

El pasado año, Christie´s de Londres subastó un collar, un brazalete y un broche de diamantes de Eugenia de Montijo que también los vendió en el exilio para sobrevivir. El brazalete era la segunda vez que se subastaba; la primera fue en mayo de 1872.

Cosas del divorcio

Hace unos años, en el hotel Richmond de Ginebra, hubo una subasta de joyas espectacular. Eran de la Begum Shalima quien, tras su divorcio del Aga Khan -imán de los musulmanes ismaelitas, descendiente directo de Mahoma- decidió deshacerse de cualquier objeto que le recordase a su marido. El volumen total de la subasta fue de 3.300 millones de las viejas pesetas, pues sólo por el «begum azul» se pagaron más de 860 millones. Como algunas de estas joyas tenían un valor religioso para los ismaelitas, el Aga Khan intentó que los tribunales impidieran la subasta, pero no lo logró y la colección de joyas -la segunda en importancia de las subastas en Suiza, tras la que protagonizó el legado de la duquesa de Windsor- fue a parar a fortunas anónimas que compraron por medio de «hombres de paja» para no ser reconocidas. Eran fabulosas creaciones firmadas por Bulgary, Tiffany, Harry Winston, Cartier, Van Cleef&Arpels, Buccellati..., además de exquisitas joyas de arte mongol y collares del siglo XVIII. El propio Aga Khan pujó para recuperar los 26 lotes de piezas de carácter religioso. Es lo que se llama vengarse de un ex marido.

A la sombra del Trono

Cuando Wallis Simpson hizo que Eduardo VIII renunciara al Trono por amor -o por lo menos eso quiso pensar-, bien sabía que no iba tener una vida de Reina pero su marido, en cuestión de joyas, la trató como a tal. Su colección constituía un verdadero tesoro formado por los regalos que le hizo su amado a lo largo de sus años de vida en común.

Wallis era caprichosa y el duque visitaba la parisina Rue de la Paix con mucha frecuencia para detenerse en Cartier, Van& Cleef, Boucheron... A la muerte de la duquesa las joyas se subastaron en Sotheby´s y Cartier pujó por todas las que llevaban su firma. Hoy las tiene en depósito y las muestra en exposiciones itinerantes, como la que actualmente se exhibe en la joyería de esta firma en Madrid.

La última de las «grandes» subasta de joyas «royal» fue hace apenas un año, cuando el vizconde Linley y lady Sarah, hijos de la Princesa Margarita de Inglaterra, decidieron sacar a la venta unas doscientas joyas de su madre para hacer frente a los más de cinco millones de euros de impuestos que les pedía el fisco británico por la herencia materna. La subasta fue una locura y estuvo precedida de una polémica familiar, pues Isabel II no quería que sus sobrinos llevasen a Christie´s las joyas de su hermana Margarita. El conflicto se subsanó cuando los hijos donaron un porcentaje de las ganancias a obras benéficas.

La estrella indiscutible de aquella subasta fue la «tiara de Poltimore» (convertible en gargantilla o broche), un tocado de diamantes sobre soporte de oro y plata, creado en 1870 por la joyería londinense Garrards para lady Poltimore, esposa del tesorero de la Reina Victoria. La Princesa lució la tiara en su boda con Anthony Amstrong-Jones y se remató en 1,35 millones de euros, cinco veces el precio estimado. Quien la adquirió bien sabía que se llevaba un pedazo de la historia de la realeza que, para los ingleses, significa mucho. En el lote figuraba también una pulsera rivière de diamantes, de principios del XX, regalo de la Reina Mary.

Un toque de fetichismo

Los Saboya, reinantes en Italia hasta 1946, también tuvieron que servirse de sus joyas para ponerse a bien con las autoridades fiscales. La Princesa María Gabriela de Saboya, hija del último Rey de Italia, Humberto II, subastó en la sala londinense Christie´s las joyas de su madre, la Reina María José para poder pagar el impuesto de sucesión pendiente con el Estado italiano. Entre las joyas destacó una diadema de diamantes, realizada en 1890 y firmada por August Holmström, de la casa Fabergé, montada con seis diamantes de la talla «briolette» que pertenecieron a la Emperatriz Josefina de Francia, quien los recibió de uno de sus admiradores, el Zar Alejandro I de Rusia. María José la había heredado de su familia, así como un aderezo de turquesas, regalo de bodas de sus padres cuando se casó con Humberto II. Eran joyas privadas de la familia Saboya, porque las de la Corona están custodiadas en el Banco de Italia desde que los italianos abolieron, tras la guerra, la Monarquía.

Coleccionistas de joyas, millonarios, caprichosos, amantes del arte en general y fetichistas de una pequeña parte de la Historia en particular, pujarán el miércoles en Londres para llevarse esas piezas «vintage», hoy tan de moda, que llevaron grandes testas, destronadas o no, y que por diversas circunstancias de la vida (a veces tristes) salen a la luz para hacer sentir como un reina a cualquier mujer que, eso sí, disponga de un buen talonario de cheques.