La soledad de la oposición patriótica

MADRID. ÁNGEL COLLADO
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A la militancia del Partido Popular le cuesta digerir la derrota electoral. El acto de ayer se convocó el lunes 15 para encauzar la indignación de las bases convencidas de que les habían robado la victoria con malas artes. Y en el pabellón de Vistalegre los 15.000 militantes y simpatizantes se desahogaron con insultos al adversario político -Rubalcaba se llevó la palma- y mediático -«Prisa, España no se pisa»-, pero también con elogios y frases de desagravio para sus líderes. A Aznar le gritaron que siempre será su presidente, a Rajoy que pronto llegará al poder y el «cumpleaños feliz» (49), a Acebes que «ese sí es un ministro», y cuando se citaban los logros de la política económica coreaban el nombre del vicepresidente primero: «Rato, Rato, Rato».

Miles de banderas blancas del PP, muchas europeas y algunas nacionales en las gradas. Entusiasmo a raudales, carteles de agradecimiento a la labor del Gobierno del PP y a su jefe de filas. «El mejor presidente desde las Cortes de Cádiz», rezaba una pancarta. En las filas de autoridades, caras largas, y en el «corralito» para la Prensa, las únicas sillas vacías. Ausencia total de los tertulianos y columnistas habituales. Tampoco estaban los asesores y profesionales merodeadores del poder que desde el día 15 han recuperado el título de independientes. Ha empezado el tránsito del PP hacia a la oposición.

El propio Aznar ya decía que ahora tocaba estar solos, solos en la oposición, y reclamaba a los medios de comunicación que el mensaje del PP «llegue limpio y claro a los oídos de España». Una hora después el telediario de TVE relegaba a la categoría de tercera noticia política el acto del PP. Cosas del cambio, del botafumeiro a la marginación.

Pero también sirvió la reunión para consuelo de dirigentes. Aznar, Rajoy, todos los ministros, el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, subieron a la tribuna para besarse y abrazarse, para dejar constancia de su unidad. Los militantes no dejaron a los dos oradores hilar más de dos frases seguidas. O prorrumpían en gritos contra los socialistas, socios y aliados, o a favor de sus dirigentes. Contrastaba el ímpetu y el ánimo de las bases y los intervinientes con la seriedad de los altos cargos a punto de dejar de serlo. Luisa Fernanda Rudi, Juan José Lucas y Federico Trillo eran los más cariacontecidos, aplaudían forzados. Por contra, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, y Loyola de Palacio, parecían más dispuestas a levantar el espíritu.

También fue un acto de fidelidades y adhesiones. Cuando se recordó los miles de altas que registra la organización estos días, el entrenador deportivo de Aznar, Bernardino Lombao, presente en primera línea, se señalaba a sí mismo. Y no faltó casi nadie. Estaba todo el Gobierno, diputados, senadores, alcaldes y la mayoría de los presidentes de Comunidades autónomas. Hasta los jubilados como Álvaro la Puerta o los retirados a la vida privada como Isabel Tocino, acudieron a Vistalegre.

«Quien gana gobierna y no hay nada que discutir», tuvo que recordar Aznar ante sus bases, que respondieron con un abucheo de varios minutos dirigido a los socialistas. «A mí me gusta exactamente igual, pero debemos asumir la realidad y nuestras responsabilidades», añadió el presidente del Gobierno cuando le dejaron.

Pero el mensaje quería ser de optimismo. «No pasa nada», proclamaba Rajoy. «En peores situaciones nos hemos visto», decía Aznar. Al final, de la emoción y el desahogo se pasó incluso a las lágrimas al ver irse a Aznar y todo su Gobierno. Y para la próxima etapa que empieza una consigna clara: «Oposición patriótica» frente a Zapatero y sus compromisos con nacionalistas e independentistas. Aznar cerró el acto con un «viva el Partido Popular» y un «viva España» que hizo volverse a casi todos muy reconfortados a casa, a preparar las elecciones europeas.