ANÁLISIS

Síntomas de debilidad para Sánchez

El triunfo del PSOE el 28–A es tan incontestable como su debilidad para gobernar. Afrontar una legislatura con sólo 123 escaños puede ser un camino tortuoso:las dificultades ya han empezado a aflorar

Manuel Marín
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Mucho de lo ocurrido en las dos últimas semanas demuestra que la fortaleza que exhibe el PSOE desde la misma noche de las elecciones generales tiene mucho de artificial. El socialismo obtuvo un triunfo incontestable en las urnas, pero al hilo de la euforia sobreactuada que se ha instalado en Ferraz han emergido corrientes de opinión que están sobreestimando el poder real de 123 escaños. Si esa cifra se compara con los 66 escaños que obtuvo el segundo partido, el PP, y la crisis en que está inmerso a la espera de los resultados de la «segunda vuelta» en las municipales y autonómicas, es evidente que Sánchez tiene motivos para estar eufórico. Pero si se comparan esos mismos 123 escaños con el total de 350 que hay en el Congreso, es evidente que el PSOE se halla en tal estado de necesidad y dependencia que debilita su margen de actuación.

Así se lo están recordando diariamente los partidos llamados a ser sus socios de legislatura, para los que el «triunfo sobre las derechas» ya está superado como factor puramente emocional, o como coartada común ante las urnas en los comicios generales, y ahora toca lograr el máximo provecho de las cinco debilidades mostradas hasta ahora por Sánchez.

1. Ambiente enrarecido en el «club de la moción»

Nada es igual hoy que en julio de 2018. En aquella fecha, Sánchez era la coartada necesaria en la conjura de la izquierda para forzar la salida de Mariano Rajoy. Sánchez era el vértice de toda la oposición frente al Partido Popular. Pero hoy Sánchez es un presidente reforzado por las urnas al que chantajear. Durante cuatro años, la izquierda no va a vivir de la amenaza política a la derecha, sino de repartirse la cuota de poder obtenida, y ahí surgirán fricciones constantes. Podemos, uno de los instigadores de la moción de censura, ha perdido dos quintas partes de su representación, y sin embargo aspira a alcanzar más poder del que hubiese imaginado en la moción. Ya ha logrado la vicepresidencia del Congreso –con un catalán nacionalista como Pissarello-, y aspira a colocar ministros en el gabinete de Sánchez. La moción fue un regalo para Sánchez. Ahora, su investidura y su Gobierno serán la factura al cobro.

2. ERC actúa por libre y asfixia a Sánchez

La mutua confianza que se habían expresado doce meses atrás el PSOE y ERC está hoy en entredicho. El veto a Miquel Iceta como presidente del Senado ha alterado sustancialmente la perspectiva en el PSOE respecto a ERC, aunque ningún puente se haya roto. Hay mucho de teatralidad en estos movimientos. Pero también Moncloa ha tomado nota. ERC no está por facilitar la gobernabilidad a Sánchez, y lleva meses ofreciendo señales de su nula fiabilidad como socio. El primer indicio lo desveló Íñigo Urkullu cuando declaró ante el Tribunal Supremo sobre el «procés». La noche previa a la declaración unilateral de independencia, convenció a Carles Puigdemont para que rectificara, y fue ERC quien forzó al límite la proclamación de la «república catalana». ERC no es ese partido pragmático y dialogante necesitado de un «blanqueamiento» al que el PSOE ha presentado a la opinión pública como gancho útil para una negociación. El segundo indicio fue el veto a los presupuestos generales de Sánchez, que forzó las elecciones. Y el tercero, el bloqueo a la designación de Iceta. Toda una bofetada que ha obligado a Sánchez a asumir una inesperada derrota sin siquiera esperar a que el TC pudiese dar la razón a Iceta…, que por otro lado contaba con opciones jurídicas. Las reacción de Iceta –ahora presunto ministro con galones- no parecía cínica, sino sincera: «A partir de ahora ya nada va a ser exactamente igual».

3. El Gobierno en solitario está en el aire

En el PSOE nadie quiere gobernar con ministros de Podemos, y desde el primer momento Moncloa y Ferraz se han afanado en sostener que la pretensión de Sánchez es gobernar en solitario. Pero la investidura se encarece por la incierta actitud de ERC. Sin embargo, especular ahora con la formación de un Gobierno en coalición con Podemos carece de sentido. Para lograr la investidura, Sánchez tiene fórmulas alternativas. La primera, si el Tribunal Supremo no permitiese a cuatro diputados electos en prisión provisional acudir a la investidura, posibilitaría al PSOE abaratar el coste de la votación. Necesitaría menos votos favorables, o menos abstenciones en segunda vuelta. Incluso con Podemos y el PNV, junto a la abstención de Bildu o de otros partidos regionalistas, sería suficiente. Pero la formación de gobierno es distinta. Si mantener los Ejecutivos autonómicos de Extremadura, Aragón, Castilla-La Mancha o Baleares, o reconquistar Madrid por ejemplo, depende de Podemos, Iglesias no cederá porque la debilidad de Sánchez habrá quedado expuesta de nuevo. La noche del 26-M no será crucial solo para el PP. Volverá a situar a Sánchez en un estado de dependencia máximo que tendrá repercusiones directas en la formación del Gobierno central.

4. Sánchez se vuelca con el PSOE en Madrid

Tanto la presidencia de la Comunidad de Madrid como la alcaldía de la capital representan algo más que un símbolo. El PSOE lleva apartado de ambas instituciones dos décadas, y por primera vez en unas generales desde hace lustros el socialismo se ha impuesto al PP. La correlación de fuerzas izquierda-derecha está hoy en un aparente empate técnico, y la apuesta personal de Sánchez – el ex seleccionador de baloncesto Pepu Hernández para la capital- no ha fraguado como alternativa. Si el PP logra esas dos plazas, será una derrota anímica para Sánchez. El presidente en funciones es consciente de la complejidad de Madrid para el PSOE, y por eso el único eje de su discurso es el temor a una euforia desmesurada por el resultado de las generales y, por tanto, a una desmovilización. A ello se añade un factor nuevo: es imprevisible saber cómo afectará ahora en Madrid una fragmentación de la izquierda que no existía en las generales. El refuerzo de Sánchez a Ángel Gabilondo y a Pepu Hernández es sintomático de que la incertidumbre y la inseguridad persisten en el PSOE. Más aún, si Vox se desinfla como efecto de un “voto arrepentido” que retorne al PP.

5. La imposible abstención de Ciudadanos y el PP

Nada suena a creíble en Moncloa y en Ferraz cuando dirigentes socialistas han apelado a Pablo Casado y a Albert Rivera a abstenerse en la investidura de Sánchez para que el PSOE no tenga que aceptar los votos de ERC o Bildu. Argumentos como el llamamiento al “patriotismo” o la ”generosidad” suenan a trampa. Resultan inocuos. Es cierto que el PSOE se abstuvo para investir a Rajoy. Pero era “otro” PSOE, no el de Sánchez. De hecho, renunció a su escaño por este motivo. Exigir a Ciudadanos o el PP la abstención no deja de ser una trampa dialéctica para alimentar el victimismo y exponerse de nuevo con debilidades. Y es así. De momento a Sánchez no le cuadran los números. Pero le cuadrarán sin PP y Ciudadanos. Cuestión distinta será la gobernabilidad y la aprobación de leyes. La sintomatología de la debilidad parlamentaria se percibirá en cada votación cuando la legislatura arranque. Lo de ahora son solo juegos florales, puntazos de esgrima, y estrategias de campaña.

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín