Los siete días del caso Laura Luelmo

Bernardo Montoya la retuvo «poco tiempo» en su casa, donde la golpeó contra el suelo antes de abandonarla en el monte

MadridActualizado:

Laura Luelmo desapareció el miércoles día 12 de diciembre. Salió de su casa en El Campillo (Huelva) para comprar y, al volver del supermercado, Bernardo Montoya la metió en su domicilio a la fuerza. El ticket de la compra que hizo la profesora zamorana, de tan solo 26 años, data de las 17.20 horas y, a las 18.10 horas, unos vecinos del pueblo onubense relataron a los investigadores que vieron el coche de Montoya, un Alfa Romeo negro, con el maletero abierto a las puertas de su vivienda. Esos 50 minutos, antes de ser introducida en la parte de atrás del vehículo, Laura permaneció amordazada y maniatada en casa de su vecino. Horas más tarde, ese día por la noche, murió.

Esta es la hipótesis que, a falta de las conclusiones de la autopsia definitiva, manejan los investigadores de la Benemérita, que ayer ofrecieron una rueda de prensa en Madrid para explicar los últimos detalles del caso. Comparecieron Ezequiel Romero Guijarro, coronel de la Guardia Civil y jefe de la Comandancia de Huelva; y Jesús García Fustel, teniente Coronel de la Unidad Central Operativa (UCO), quienes confirmaron que la profesora fue víctima de una agresión sexual, que sufrió un fuerte golpe en la cabeza y que murió la noche del 12 al 13 de diciembre. Entonces nadie lo sabía, salvo Montoya.

El mismo jueves, 13 de diciembre, la familia de la profesora denunció la desaparición de Laura, quien contactó un día antes a las 16.22 horas por última vez con su novio. Según reveló la Guardia Civil, la joven no salió a correr, algo que su médico no le aconsejaba, pero sí comentó a su pareja que igual daba un paseo. La tarde era ventosa y decidió acudir al supermercado a por huevos, agua y patatas fritas. Las dos primeras cosas de la lista las encontraron los investigadores en casa de Montoya quien, sin escrúpulos, reconoció haberse comido la bolsa de patatas.

Las noticias de la desaparición de Laura no llegan a la comandancia de Huelva hasta el viernes 14 de diciembre, mismo día en que el padre y el novio de Laura se desplazaron hasta El Campillo. Entraron a casa de la joven acompañados por una patrulla y allí no vieron nada raro, salvo que faltaban unas zapatillas y unas mallas. Al salir del registro, los investigadores se toparon con un vecino. «Le preguntaron si conocía a una chica -por Laura- que llevaba unos días viviendo enfrente y él dijo que ni siquiera sabía que allí hubiera alguien», reveló el coronel Romero. El vecino que no sabía nada era Montoya, quien mintió por primera vez apenas día y medio después de tener a Laura retenida en casa.

Sospechoso

Por su condición de vecino, y también con su historial delictivo en la mano, Montoya fue considerado como sospechoso por el Instituto Armado que, sin embargo, no tenía en aquel momento muchas más pruebas contra él para propiciar la detención. «De inicio es un sospechoso, algo que nos daba pie a seguir pendientes de él, pero no sabíamos si la podía tener viva en algún sitio. Además no queríamos que él fuera consciente de que estábamos pendientes de él», justificó Romero. «¿Y si la hubiera retenido en otro sitio?», añadió el teniente coronel de la UCO García Fustel, quien aseguró que la Guardia Civil «nunca se plantea realizar una gestión que ponga en peligro la vida de alguien retenido».

Sábado, día 15. La joven sigue desaparecida y los investigadores afrontan el caso desde dos frentes: búsqueda e investigación. «Por la mañana ya tenemos la geolocalización del teléfono móvil», explicó el jefe de la Comandancia de Huelva, quien indicó que el primer radio de búsqueda delimitado por el Instituto Armado para intentar localizar a la profesora fue de 5 kilómetros en torno a El Campillo, donde se produjeron las primeras batidas. Montoya, por entonces, no era el único sospechoso, aunque sí el principal. «Sabíamos que tenía familia en Cortegana -localidad onubense a 46 kilómetros de El Campillo-, en concreto a su padre y varias hermanas. Las unidades de Cortegana recibieron entonces el encargo de analizar aquella zona y por la tarde noche vieron el vehículo de Bernardo en la zona donde reside su padre», detalló el coronel Romero. Aquella jornada la Benemérita detectó que el sospechoso salió de Cortegana en dirección a Sevilla.

El cerco

Cuarto día desde la muerte de Laura. Es domingo 16, Bernardo sigue libre y se intensifica la búsqueda en El Campillo. El radio se incrementa en 10 kilómetros alrededor del pueblo y cada vez son más los profesionales que se suman a un dispositivo que aquel día peinó, sin éxito, la zona donde Montoya abandonó a Laura. «La zona se batió, pero es normal que pasara desapercibida. Hasta que no estabas a metro y medio, no se veía. Laura estaba en una zona de jaras de una altura de más de un metro», lamentó el jefe de la Comandancia de Huelva. El agresor, por su parte, seguía libre, pero el cerco sobre él se estrechaba. «Supimos que estuvo en el centro de salud de Cortegana porque se quejaba de un golpe en las costillas, que podría haber sido, en caso de que fuera el autor, fruto de un forcejeo con Laura», advirtió Romero, quien confirmó que ese mismo día se le pusieron seguimiento al exconvicto: «Pedimos refuerzos y de Madrid vinieron los mejores».

El lunes a las 12.30 horas apareció el cadáver de Laura. «El cuerpo estaba desnudo de cintura para abajo y cubierto de cintura a la cabeza», recordó Romero, quien sostuvo que la víctima, al menos en el lugar donde yacía, no sufrió: «En ese lugar no tuvo sufrimiento siendo consciente de ello. Si hubiera sufrido, se hubiera encogido. No podría haber adoptado esa posición final». Si cuando Montoya la abandonó Laura estaba inconsciente o muerta lo tendrá que aclarar el informe definitivo del forense. A plena vista, en virtud de la comparecencia de la Benemérita, se podían percibir los golpes propinados el martes anterior por Montoya en su casa, donde el Instituto Armado pidió mandamiento judicial para entrar.

El martes el coche de Montoya estaba ya balizado, lo que facilitó su detención cerca de El Campillo. El agresor notaba que le pisaban los talones e intentó dar esquinazo a los agentes, aunque no pudo. En su casa, los investigadores encontraron sangre y la compra de Laura. Las pruebas contra Montoya eran contundentes y se autoinculpa. Sus mentiras, eso sí, continuaron.

Dijo que no abusó de Laura, pero los agentes no le creyeron. No es para menos. Enfrente tenían a un hombre que ya les había mentido una vez y capaz de asegurar que no conocía a la chica a la que, un día antes, había secuestrado, golpeado y abandonado en el monte.