Sastrería y confección

Hasta ahora, los debates sobre Irak en el Congreso (guerra, preguerra, entreguerras o posguerra) dejaban la sensación de que Aznar gastaba discursos a medida, como sus trajes. Pero ayer se ejercitó en una nueva modalidad, el dueto monocorde, y el son lo marcó Rajoy

POR BLANCA TORQUEMADA
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En la tribuna de prensa del Congreso ocurre como en las pantallas de televisión estos días, en lo que a la tragedia de Irak se refiere: sólo es posible ver una perspectiva. El reducto de los periodistas únicamente ofrece (salvo intrincadas y peligrosas piruetas) la panorámica derecha de los escaños populares que sustentan al Gobierno, del mismo modo que al asomarse a los informativos impera la señal omnímoda de Televisión Española con su inexplicada exclusiva en funerales de Estado. Así que apenas se alcanzaba a contemplar desde tal punto de oteo la corbata encendida en rojo de Jaime Ignacio del Burgo, la minifalda pizpireta de Ana Mato, la levita azul goyesca de la ministra Pilar del Castillo, los rostros cariacontecidos de Trillo y Palacio o, en escorzo, la raya del pantalón de Zaplana. Más controlables resultaban los movimientos (escalera arriba, peldaños abajo) de un Gustavo de Arístegui con aire sólido de inspirador de los argumentos de su grupo.

El debate político y el luto nacional se solaparon y, como astutamente había previsto el popular Luis de Grandes, la desafortunada coincidencia amortiguó los ganchos dialécticos de la oposición, aunque no en beneficio de un José María Aznar mortecino y monocorde en el discurso de apertura de la sesión.

Buena parte del auditorio esperaba que el presidente se ejercitara en la humildad de la actual situación de incertidumbre, aunque fuera recurriendo a la muletilla verbal de Castelar al reconocer los avances del enemigo carlista: «Digámoslo con varonil entereza». Pero no. Cuando su glosa de la reconstrucción de Irak empezaba a evocar un telemaratón solidario de Navidad, el graderío de la izquierda se removió sin llegar a la trifulca ni al pataleo. No tocaba gresca en una jornada de llanto. Sólo Llamazares rescató la pegatina de «No a la guerra», aunque no se excedió en los aspavientos ni en sus habituales lugares comunes, que ayer fueron los justos: «Crónica de unas muertes anunciadas, señor presidente».

Pero la cuestión era, una vez más (y ya van tantas), la talla de José Luis Rodríguez Zapatero. Si en otras ocasiones le faltó empuje como le sobra tela en sus chaquetas de confección, ayer gozó de un sentido beneplácito de sus filas, gracias a un discurso medido y con los golpes de efecto justos, sin estridencias. Fue de los pocos momentos de la tarde que tuvieron ocasión de apreciar su lugarteniente Caldera, aferrado al teléfono, o María Teresa de Vega, enfrascada en la lectura de «El siglo». Más inquietas andaban Carmen Romero, quien llegó muy abrigada, enfundada en un anorak de montaña, o la portavoz Carme Chacón, que aguanta poco sentada.

Aznar consiguió con una monotonía pétrea (quizá involuntaria manifestación de su pesar y recogimiento por la muerte de los agentes españoles) que sus diputados no interrumpieran con aplausos ni un solo pasaje de su primera intervención y que esta vez su traje dialéctico no pareciera hecho a medida, como los de la pasada primavera. Acompañó al presidente una única ovación controlada de cierre, al guardar sus fieles diputados parte del entusiasmo para el candidato entrante, Mariano Rajoy, a quien ayer se reservó el protagonismo de la portavocía popular. Dueto y bicefalia soportables y aceptablemente acompasados porque expira la legislatura y porque el aspirante ejerció de hombre tranquilo y dialogante, defensor de los valores de la libertad frente al monstruo en paradero desconocido: Sadam.

Entretanto, se consolidó una vez más la tendencia a considerar como recesos, con estampidas a los pasillos (en las que son especialistas aventajados el popular Gabriel Cisneros y el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba), las intervenciones de los grupos minoritarios, que se desarrollaron con pocos sobresaltos. Del desquiciamiento verbal y moral de Anasagasti (delirante) al parlamentarismo tierno y naïf de Labordeta, quien evocó a los niños iraquíes («cómo temblaban aquellas criaturicas»).

Aznar comprendió que la intervención de Zapatero no había sido esta vez inane y se creció en la réplica, ovacionada por sus huestes. La presidenta Luisa Fernanda Rudi apenas tuvo que llamar al orden a tirios ni a troyanos, atados ayer a la sensatez dictada por la tragedia.