Belén de La Moncloa, en una imagen de archivo - ABC

Sánchez destierra el Belén de La Moncloa

ABC visitó la sede del Gobierno mientras el presidente reunía a sus ministros en Barcelona

MadridActualizado:

La Moncloa ha despojado la Navidad de su espíritu cristiano. Pedro Sánchez, como Zapatero, ha dado orden de no colocar el Belén en la sede del Gobierno. El valioso Nacimiento que Rajoy pidió prestado en los últimos siete años a Patrimonio para el recinto presidencial ha sido desterrado. En estas fechas navideñas, en el corazón del poder ejecutivo de España solo germinarán dos árboles decorados y una flor de Pascua roja.

Nos hallamos en el centro del Salón de Tapices, donde se organizan las recepciones oficiales como la última cena con el presidente chino entre 150 invitados. Unas costureras acaban de remendar la imponente alfombra que pisamos. Los valiosos tejidos de la Real Fábrica de Tapices que cuelgan de las paredes de la estancia también van a ser retirados, nos anuncian. Demasiado valiosos para soportar la fuerte calefacción que calienta al equipo del presidente.

Se cambiarán por cuadros, explica un miembro de Protocolo, que desvela la otra gran intervención de Sánchez en el decorado de Moncloa. Nada más acceder al poder en junio pasado, el líder socialista recayó en que la obra exhibida en los salones presidenciales era solo de hombres. Y Patrimonio reclamó mano femenina al Reina Sofía, que nutre al Palacio. Al final, Sánchez ha incorporado a la sala del Consejo de Ministros el cuadro «Pueblo Vasco» de la artista irunesa Menchu Gal. Y en el Salón Tàpies, donde recibe a sus invitados, luce ahora una pieza de la pintora barcelonesa Teresa Condeminas. Los creadores catalanes ganan por goleada en la sede del Gobierno de España.

Un semillero de ideas

ABC participó por sorteo el viernes junto a una docena de ciudadanos en una de las visitas guiadas de «Moncloa abierta». Casi mil personas han tomado parte de esta iniciativa estrenada en octubre por el Ejecutivo socialista, que permite conocer algunos de los secretos del complejo presidencial. Visto el éxito, se abrirá otra ronda de suscripciones en enero.

Hoy no se celebrará el Consejo de Ministros, de gira en Barcelona, así que apenas se ve actividad entre edificios gubernamentales. Ni siquiera en «Semillas», que es como se llama el edificio que aloja a las mentes pensantes del Ejecutivo, lideradas por el jefe de gabinete de Sánchez, Iván Redondo. El semillero de ideas lo fue en los años cincuenta almacén de granos del Ministerio de Agricultura.

La comitiva se ha dado cita en la dársena 14 del intercambiador de Moncloa, donde espera un autobús de servicio especial. La entrada es por donde acceden las autoridades, aunque los ciudadanos, algunos muy emocionados, no podrán presumir de ello porque ni móviles ni cámaras están permitidos. Para su consuelo, dentro les explicarán que tampoco los ministros pueden acceder a la reunión del Consejo con sus teléfonos. «Solo el presidente y la vicepresidenta llevan el suyo, por si ocurre alguna emergencia», explica una funcionaria. Sánchez tiene en su sitio un timbre para llamar a su asistente personal, el único que puede interrumpir las reuniones del Gobierno.

Secretismo

La Moncloa es sede oficial de la Presidencia del Gobierno y residencia del presidente desde que en 1977 Suárez la trasladó allí. También la habitó Gutiérrez Mellado, pero ningún vicepresidente más se ha mudado al edificio que es de oficinas. En tiempos de la Guerra Civil, estos dos palacios quedaron divididos en zona nacional (presidencia) y republicana (vicepresidencia, junto a la autopista A-6). En el complejo gubernamental trabajan hoy 2.300 personas.

El momento de mayor interés de la visita tiene lugar alrededor de la mesa ovalada que reúne a Sánchez y sus consejeros. Una señora repara en el colchón abultado de la butaca del presidente, que ya tenía Rajoy. También en el reposapiés de la vicepresidenta Calvo. «Será que no llega al suelo porque es pequeña, como yo», razona. La mesa está desnuda. El habitual «ajuar» de plata se ha traslado hoy a Barcelona. No hay wifi en la estancia. Las reuniones son secretas, se insiste tras una breve explicación del porqué de los índices rojo, verde y negro del Consejo.

Jaime, un subinspector de la Policía que se jubilará mañana tras 30 años adscrito a La Moncloa, se suma al «tour» de hora y media. Tampoco él ha conocido algunas de las estancias que se visitan. En la Sala Mompó dos grandes lienzos del artista valenciano le dan nombre, aunque se ha rebautizado como la «sala de las tortillas», pues es donde los ministros picotean algo antes y después del cónclave semanal con el presidente. Josevi, de Protocolo, lo aclara así: «Se dice que la última discusión del Consejo de Ministros es aquí: ¿la tortilla, mejor con o sin cebolla?»

Fuera del edificio del Consejo el guía propone la foto de familia. Una muesca en la piedra de la escalinata donde el presidente recibe a sus huéspedes le indica donde esperar. Cerca sobrevuela el halcón que vigila para que el helicóptero, tan usado estos meses, no tenga problemas con otras aves. Incluida la superpoblación de cotorras argentinas, que obligaron a retirar los toldos del edificio de la Vicepresidencia, por las manchas.

El paseo por los jardines, que Ana Botella pidió cerrar para mayor intimidad de la familia, ofrece una vista a lo lejos de la residencia del presidente, que como el búnker o el centro de seguridad nacional no se muestra al público. Allí dentro está la famosa «bodeguilla» donde en tiempos de Felipe González e firmaron los pactos de La Moncloa. «Aznar también lo usó mucho para reuniones, Rajoy no», desliza uno de los funcionarios. Detrás del terraplén, aclara el hombre de Protocolo, está la famosa fuente del amor que unió a Antonio Machado y su «Guiomar», testigo también de la primera cita entre Sánchez y Quim Torra, en verano.

En el recinto de La Moncloa reinan los árboles de hoja caduca, como lo son sus moradores. Desde Zapatero, todos aprovecharon sus rincones para correr y soltar tensiones. A Sánchez, nos indican, se le queda pequeña la parcela y suele entrenar por la Casa de Campo, por donde cada mañana sigue andando Rajoy, aunque más temprano.