Sánchez acelera el «síndrome de La Moncloa»

Los presidentes del Gobierno se blindan de los problemas con una distorsión de la realidad. El único antídoto es el sentido instrumental del poder

Manuel Marín
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Antes o después durante su mandato, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero o Mariano Rajoy han sido víctimas del «síndrome de La Moncloa», esa afección propia de los presidentes del Gobierno que se blindan de los problemas con una suerte de aislamiento vital, la negación de la evidencia y una distorsión de la realidad capaz de aumentar progresivamente su ceguera y su capacidad objetiva de discernimiento político.

El único antídoto conocido para combatir ese síndrome es el sentido instrumental del poder, que convierte la presidencia del Gobierno en un ejercicio extremo de supervivencia, en una burbuja inmune a todo y a todos, y que permite a un presidente construir una realidad paralela con la que manejarse a base de huir de las críticas y los malos augurios.

Pedro Sánchez, el primer jefe de un Ejecutivo en democracia que accedió al poder a través de una moción de censura y solo 84 escaños propios, dispone de una legislatura máxima de dos años. Proporcionalmente, el «síndrome de La Moncloa» le ha sobrevenido en solo tres meses, y ese diagnóstico empieza a ser común a izquierda y derecha, e incluso entre miembros críticos de su partido.

No es una crisis pasajera

La encuesta que publica hoy ABC es reveladora en ese sentido, porque nunca un presidente del Gobierno sufrió mayor desgaste en menos tiempo. La mitad de los españoles cree que es insostenible que Sánchez continúe habiendo plagiado su tesis, y concede más credibilidad a la empresa Plagscam, que ha elevado hasta un 21 por ciento el grado de plagio del trabajo universitario de Sánchez, que a Moncloa, que con esa misma herramienta detectó menos del uno por ciento. Además, casi seis de cada diez consultados creen que Sánchez mintió en el Congreso.

Las informaciones de ABC demuestran que no será una crisis política pasajera. Afecta de lleno a su credibilidad personal como presidente del Gobierno, a lo que se une el inminente –es más que probable– archivo de la causa penal contra Pablo Casado, que formalmente nunca habrá sido imputado por las supuestas irregularidades de su trabajo fin de máster. Esta semana que concluye permitirá recolocar algunas piezas del tablero y el replanteamiento de estrategias políticas.

El PP varía su estrategia

En el PP empieza a extenderse la tesis de que ya no interesa una convocatoria urgente de elecciones generales. Cuando oficialmente deje de ser un imputado virtual ante la opinión pública, Pablo Casado necesitará más tiempo para consolidarse y reordenar el PP. Tomar velocidad de crucero. El temor inicial de Génova a que el poder que concede La Moncloa fuese reafirmando la figura institucional de Sánchez, para convertir al PSOE en un valor electoral seguro al frente de las encuestas, se disipa por semanas. Hoy, empiezan a no convenir las elecciones al PP porque cada mes que siga Sánchez al frente de un Ejecutivo contradictorio, descoordinado y carente de sincronía, será un mes perdido para al PSOE. La percepción de debilidad de Sánchez irá creciendo y desmotivando a un elector de la izquierda decepcionado. Si a estos factores de crisis interna se unen la evidencia de una desaceleración económica y una subida de impuestos que necesariamente recaerá sobre la clase media, la capacidad de resistencia y la imagen pública de Sánchez tenderán a hundirse.

«Murmullos» internos contra Sánchez

De momento, no existe en el PSOE un movimiento crítico, público y organizado contra Sánchez. Pero sí murmullos incipientes. Por tanto, la estrategia del PP pasará en los próximos meses por el debilitamiento segmentado de objetivos puntuales: destituidos ya dos ministros en cien días, se trata de ejercer más presión sobre otros que ofrecen síntomas de severo deterioro, como las titulares de Justicia y Defensa, la portavoz y titular de Educación, o el responsable de Interior, del que amigos suyos de la judicatura sostienen en privado que «no se siente nada cómodo y empieza a pensar que se equivocó dando el sí a Sánchez…»

Por el contrario, y frente a un PP que quería elecciones urgentes y ahora duda, en el PSOE hay hace llegar a Sánchez el mensaje de que sería razonable convocarlas antes de que el desgaste resulte irreversible. No obstante, Sánchez cuenta con una ventaja. Su electorado está interpretando que las revelaciones de su tesis corresponden a una cacería de la derecha política y mediática. Solo así se entienden los datos que hoy ofrece ABC, según los cuales solo uno de cada diez votantes socialistas cree que Sánchez debe dimitir, y tres de cada cuatro considera que sus explicaciones han sido convincentes o que en ningún caso ha mentido.

La conclusión es elocuente. La izquierda siempre es más permisiva e indulgente con los abusos y errores de sus políticos que los de la derecha con los suyos. Esa suerte de convicción ideológica y militante, inamovible en la tormenta, es precisamente lo que eleva el listón de su superioridad moral frente a un electorado de la derecha que no perdona ni a unos ni a otros. Por eso Sánchez confía en su contrastada capacidad de resistencia.

Hacia un Gobierno de coalición

Más cambios en el tablero. La regla no escrita de que gobierna quien gana las elecciones se rompió en la moción de censura. Y es evidente que no habrá mayorías absolutas en mucho tiempo. Por eso, la probabilidad de que el próximo Gobierno sea de coalición crece exponencialmente y lo empieza a condicionar todo. La prioridad del PP será que PSOE y Ciudadanos, o PSOE y Podemos, no sumen, más allá de que algo personal entre Sánchez y Albert Rivera se haya roto. Sin embargo en política nunca hay nada definitivo. Y la prioridad del PSOE no reside tanto en consolidar un «Gobierno bonito» agrietado por la cuaderna, sino en revertir la percepción creciente de inconsistencia, desorganización y frivolidad.

El cambio táctico será notable. El efectismo empieza a dejar de sostener a un Gobierno acuciado por las prisas y por una flagrante descoordinación… Y en manos de Podemos, que aún no ha decidido si acortará la legislatura empujando a Sánchez a convocar comicios o si le resulta más rentable mantener a la derecha alejada del poder. Hoy, la tenaza de Podemos y el separatismo que aprisiona a Sánchez les convierte en socios virtuales, pero de dudosa eficacia real. Si fuera así, ya habría Presupuestos y no habrían cegado la vía de la reforma de los aforamientos, con la Familia Real como rehén.

¿Por qué Casado sí, y Puigdemont no?

Sánchez se sostiene de modo artificial por los errores propios, pero sobre todo por voluntad ajena. Aunque para ello haya que anular al Senado, rectificar insinuando ahora –la ministra de Hacienda lo hace– que no se ha descartado prorrogar los presupuestos generales del PP, y seguir con guiños sistemáticos hacia la Generalitat catalana en busca de árnica contra el artículo 155 de la Constitución. Desde esta perspectiva, el separatismo se pregunta ya por qué una fiscal general designada por el PSOE exime a Casado de delito y se niega a modificar la acusación de rebelión contra los políticos presos y huidos. Empieza a resultar lógico que Sánchez se enclaustre en sí mismo… Es lo que tiene el «síndrome de La Moncloa».

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín