Rusia despierta la bestia

Este ha sido el año en el que el nacionalismo xenófobo se ha entronizado en la nueva Rusia. Nunca antes habían proliferado con tanto ímpetu las organizaciones ultras. Los ataques racistas se han

Rafael Mañueco
Actualizado:

Este ha sido el año en el que el nacionalismo xenófobo se ha entronizado en la nueva Rusia. Nunca antes habían proliferado con tanto ímpetu las organizaciones ultras. Los ataques racistas se han convertido en un fenómeno cotidiano, que si sigue creciendo puede convertir al gran país eslavo en una gigantesca versión de la Alemania de los años 30. Un fenómeno ante el que el presidente Putin se mueve entre dos aguas: alienta el nacionalismo para desviar la atención de problemas como el paro, la carestía y la pobreza en la que aún vive parte de la población, pero, al mismo tiempo, teme que esa ola de intolerancia neofascista termine barriéndole también a él.

«Nuestro presidente juega con fuego. Por un lado, persigue a las organizaciones neonazis, pero, por otro, les indica el camino a seguir al exhibir en las televisiones detenciones en masa de ciudadanos del Cáucaso y su posterior deportación o encarcelamiento», señala el diputado Vladímir Rizhkov, uno de los pocos reformistas que aún quedan en la Duma (Cámara Baja del Parlamento). Explica Rizhkov: «Consciente o inconscientemente, las autoridades fomentan un nacionalismo racista y beligerante, sin reparar en las graves consecuencias que terminará acarreando».

Por su parte, Svetlana Gannúshkina, dirigente de la organización de derechos humanos «Memorial», cree que el terrorismo y la delincuencia «han provocado que la sociedad extraiga sus propias conclusiones y que asocie a menudo ambos fenómenos con los chechenos y con otros pueblos del Cáucaso Norte». «La guerra en Chechenia, el terrorismo y el control que las mafias del Cáucaso ejercen sobre los mercados de abastos han disparado los sentimientos racistas. Como en todas partes, los terroristas y los delincuentes son una exigua minoría, que además actúa gracias a la corrupción reinante en Rusia, pero se ha demonizado a todo el que tiene la piel oscura», afirma Gannúshkina.

Rusia es una sociedad mestiza. Aquí conviven 150 nacionalidades. De los 145 millones de habitantes que tiene el país, el 20 por ciento no son étnicamente rusos, y más de 20 millones son musulmanes. Incluso el 80 por ciento de los considerados «rusos» no lo son al cien por ciento. «La mezcla de razas en nuestro país es enorme», asegura la responsable de «Memorial». Rusia es un país mestizo. Pero, en el lado salvaje de la trinchera, Alexánder Belov, líder del Movimiento en contra de la Inmigración Ilegal (DPNI), quizá el más influyente y numeroso de los grupos ultras que operan en el país, define así a los rusos: «El criterio no es sólo étnico: consideramos rusos a aquellos que, aunque no lo sean de origen, lo sean culturalmente».

Los sentimientos «patrióticos» que el Kremlin fomenta se han expresado de muy distintas maneras. La Unión Nacional Rusa, cuyo símbolo es una especie de esvástica con puntas en forma de machete, apela a la superioridad de la raza eslava. Un credo parecido profesa la llamada Unión Eslava. La lista de grupúsculos neonazis es inmensa y formada por una variopinta amalgama. Signo distintivo de la mayoría de sus militantes es el pelo casi al cero, de ahí que se les asimile a todos con los «skinheads», grupo también presente en el zoológico ultra del país. Aunque lo suyo sea algo diferente, más articulado e ideologizado. La consigna que les une es «Rusia para los rusos», aunque después cada uno la entiende a su manera.

Crímenes abominables

Algunos creen que la mejor forma de servir a la causa es matando niños. Cabezas rapadas asesinaron en San Petersburgo a una niña tayika hace dos años y medio. Los caucasianos y los llegados de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central (Kazajstán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán) suelen ser las víctimas predilectas de la violencia racista, que se ceba también con todo lo extranjero. Estudiantes africanos, iberoamericanos, árabes y asiáticos son blanco permanente de este fascismo de nuevo cuño. El año pasado en la ciudad de Voronezh murió apuñalado un peruano y un español resultó herido. Y este pasado mes de junio un estadounidense negro fue apaleado en Moscú.

En lo que va de año el número de personas muertas en agresiones racistas en Rusia se acerca ya al medio centenar y el de heridos supera los 200. «Palizas en lugares públicos, quema de mezquitas y sinagogas, ataques a galerías de arte, disturbios callejeros y profanación de cementerios son las actividades preferidas de la horda parda», explica Gannúshkina.

Entre las acciones más espectaculares llevadas a cabo por militantes del DPNI están los pogromos del pasado mes de septiembre en la localidad de Kóndopoga (región de Karelia). Tras una reyerta en un bar de un checheno, los ultras aterrorizaron durante varias noches a todos los caucasianos residentes en la ciudad, quemaron sus comercios y vehículos e intentaron desalojarlos por la fuerza de sus viviendas.

Desórdenes similares, en los que se exigía la deportación de todos los habitantes de «piel oscura», han tenido lugar en las últimas semanas en las regiones de Samara, Yaroslavl, Oremburg y Tiumen. En agosto, tres jóvenes racistas colocaron una bomba casera en un mercado de Moscú en un atentado que causó diez muertos y decenas de heridos. Las víctimas fueron azerbaiyanos, tayikos, uzbecos, chinos y vietnamitas. «Pusimos la bomba por que había demasiados asiáticos en ese mercado», admitieron los asesinos.

La justicia no actúa

Las organizaciones rusas de derechos humanos han denunciado a menudo la connivencia con los ultranacionalistas de las fuerzas del orden y de los servicios de Justicia. Según Gannúshkina, «los culpables de horribles crímenes xenófobos suelen ser acusados de gamberrismo y las penas a las que son condenados nunca superan los dos años de cárcel». El 17 de octubre, un jurado popular absolvió a cinco cabezas rapadas que mataron hace dos años a un estudiante vietnamita en San Petersburgo. La víctima recibió 40 puñaladas, pero el jurado no vio motivo alguno para condenar a los acusados, pese a las numerosas pruebas presentadas por el fiscal.

Putin, lejos de calmar lo ánimos, a veces da la impresión de que se propone inflamarlos. La campaña lanzada a principios de octubre contra Georgia por la detención de cuatro militares rusos acusados de espionaje, ha dado un nuevo impulso al delirio. Moscú sigue sin levantar el bloqueo a que somete a Georgia y sin suavizar el embargo económico. Desde el comienzo de la crisis, Rusia ha deportado ya a 5.000 ciudadanos georgianos, según cifras del Servicio Federal de Migración.

Timur Joshtaria, uno de los expulsados, describía la semana pasada las condiciones de detención previa a la deportación: «Nos hacinan en calabozos durante días con escasa comida y agua. Había entre nosotros niños y mujeres embarazadas». Hace dos semanas, Tenguiz Togonidze, uno de los detenidos, falleció por un ataque de asma en el aeropuerto de Domodiédovo, minutos antes de emprender el vuelo hacia Georgia. Según comentó el cónsul georgiano en Moscú, Zurab Pataradze, a Togonidze se le negó asistencia médica en la prisión.

La campaña de odio racista a veces atizada por medios oficiales ha tenido otros efectos secundarios. Policías corruptos han hecho su agosto extorsionando a ciudadanos del Cáucaso, a quienes les quitan el permiso de residencia para convertirlos en ilegales.Algunas librerías han retirado de sus estantes las obras de escritores georgianos. Y la galería de arte de Marat Guelman era atacada la semana pasada por un grupo de vándalos. La sala exponía obras del pintor georgiano Alexánder Dzhikia. Fueron destruidos unos veinte cuadros, en los que aparecían retratados Putin, Bush y Bin Laden. El propio Guelman fue también agredido.

El asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya, según Vitali Yaroshevski, subdirector de la revista en la que trabajaba, también «hay que enmarcarlo en esta situación de intolerancia y odio furibundo hacia los extranjeros y hacia los propios rusos de otras etnias o religiones». «Politkóvskaya estaba en un lista negra elaborada por organizaciones neonazis, y en cuya confección tomaron parte incluso algún diputado de la Duma», sostiene.

Ultras que van de liberales

Yaroshevski se refiere a Nikolái Kurianóvich, diputado del Partido Liberal Democrático (LDPR), formación que nada tiene de democrática ni de liberal, y que está dirigida por el histriónico ultranacionalista Vladímir Yirinovski. Kurianóvich fue también el promotor de una ley que pretendía privar de la nacionalidad rusa y expulsar del país a los ciudadanos casados con extranjeros, pero que afortunadamente no progresó.

Y el mismo diputado es uno de los organizadores de la «Marcha Rusa», concentración de marcado carácter nacionalista que tendrá lugar en Moscú y en San Petersburgo el próximo 4 de noviembre. Este año será la segunda vez que se organice el evento, lo que ha provocado no pocas protestas de las organizaciones de derechos humanos. Gannúshkina ha solicitado a las autoridades la prohibición de la manifestación, al igual que Vladímir Rizhkov y Liudmila Alexeéva, responsable de la sección moscovita del Grupo de Helsinki.

El Defensor del Pueblo ruso, Vladímir Lukín, ha pedido que, si la «Marcha Rusa» fuese autorizada, «la Policía impida al menos la exhibición de consignas racistas y parafernalia neofascista». El comité organizador de la concentración cuenta también entre sus miembros con Dimitri Rogozin, antiguo amigo de Putin y ex líder del partido «Ródina» (Patria), cuya lista de candidatos fue retirada el año pasado en las municipales moscovitas por el contenido xenófobo de uno de sus videos de propaganda electoral.

Este ha sido el año en el que el nacionalismo xenófobo se ha entronizado en la nueva Rusia. Nunca antes habían proliferado con tanto ímpetu las organizaciones ultras. Los ataques racistas se han convertido en un fenómeno cotidiano, que si sigue creciendo puede convertir al gran país eslavo en una gigantesca versión de la Alemania de los años 30. Un fenómeno ante el que el presidente Putin se mueve entre dos aguas: alienta el nacionalismo para desviar la atención de problemas como el paro, la carestía y la pobreza en la que aún vive parte de la población, pero, al mismo tiempo, teme que esa ola de intolerancia neofascista termine barriéndole también a él.

«Nuestro presidente juega con fuego. Por un lado, persigue a las organizaciones neonazis, pero, por otro, les indica el camino a seguir al exhibir en las televisiones detenciones en masa de ciudadanos del Cáucaso y su posterior deportación o encarcelamiento», señala el diputado Vladímir Rizhkov, uno de los pocos reformistas que aún quedan en la Duma (Cámara Baja del Parlamento). Explica Rizhkov: «Consciente o inconscientemente, las autoridades fomentan un nacionalismo racista y beligerante, sin reparar en las graves consecuencias que terminará acarreando».

Por su parte, Svetlana Gannúshkina, dirigente de la organización de derechos humanos «Memorial», cree que el terrorismo y la delincuencia «han provocado que la sociedad extraiga sus propias conclusiones y que asocie a menudo ambos fenómenos con los chechenos y con otros pueblos del Cáucaso Norte». «La guerra en Chechenia, el terrorismo y el control que las mafias del Cáucaso ejercen sobre los mercados de abastos han disparado los sentimientos racistas. Como en todas partes, los terroristas y los delincuentes son una exigua minoría, que además actúa gracias a la corrupción reinante en Rusia, pero se ha demonizado a todo el que tiene la piel oscura», afirma Gannúshkina.

Rusia es una sociedad mestiza. Aquí conviven 150 nacionalidades. De los 145 millones de habitantes que tiene el país, el 20 por ciento no son étnicamente rusos, y más de 20 millones son musulmanes. Incluso el 80 por ciento de los considerados «rusos» no lo son al cien por ciento. «La mezcla de razas en nuestro país es enorme», asegura la responsable de «Memorial». Rusia es un país mestizo. Pero, en el lado salvaje de la trinchera, Alexánder Belov, líder del Movimiento en contra de la Inmigración Ilegal (DPNI), quizá el más influyente y numeroso de los grupos ultras que operan en el país, define así a los rusos: «El criterio no es sólo étnico: consideramos rusos a aquellos que, aunque no lo sean de origen, lo sean culturalmente».

Los sentimientos «patrióticos» que el Kremlin fomenta se han expresado de muy distintas maneras. La Unión Nacional Rusa, cuyo símbolo es una especie de esvástica con puntas en forma de machete, apela a la superioridad de la raza eslava. Un credo parecido profesa la llamada Unión Eslava. La lista de grupúsculos neonazis es inmensa y formada por una variopinta amalgama. Signo distintivo de la mayoría de sus militantes es el pelo casi al cero, de ahí que se les asimile a todos con los «skinheads», grupo también presente en el zoológico ultra del país. Aunque lo suyo sea algo diferente, más articulado e ideologizado. La consigna que les une es «Rusia para los rusos», aunque después cada uno la entiende a su manera.

Crímenes abominables

Algunos creen que la mejor forma de servir a la causa es matando niños. Cabezas rapadas asesinaron en San Petersburgo a una niña tayika hace dos años y medio. Los caucasianos y los llegados de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central (Kazajstán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán) suelen ser las víctimas predilectas de la violencia racista, que se ceba también con todo lo extranjero. Estudiantes africanos, iberoamericanos, árabes y asiáticos son blanco permanente de este fascismo de nuevo cuño. El año pasado en la ciudad de Voronezh murió apuñalado un peruano y un español resultó herido. Y este pasado mes de junio un estadounidense negro fue apaleado en Moscú.

En lo que va de año el número de personas muertas en agresiones racistas en Rusia se acerca ya al medio centenar y el de heridos supera los 200. «Palizas en lugares públicos, quema de mezquitas y sinagogas, ataques a galerías de arte, disturbios callejeros y profanación de cementerios son las actividades preferidas de la horda parda», explica Gannúshkina.

Entre las acciones más espectaculares llevadas a cabo por militantes del DPNI están los pogromos del pasado mes de septiembre en la localidad de Kóndopoga (región de Karelia). Tras una reyerta en un bar de un checheno, los ultras aterrorizaron durante varias noches a todos los caucasianos residentes en la ciudad, quemaron sus comercios y vehículos e intentaron desalojarlos por la fuerza de sus viviendas.

Desórdenes similares, en los que se exigía la deportación de todos los habitantes de «piel oscura», han tenido lugar en las últimas semanas en las regiones de Samara, Yaroslavl, Oremburg y Tiumen. En agosto, tres jóvenes racistas colocaron una bomba casera en un mercado de Moscú en un atentado que causó diez muertos y decenas de heridos. Las víctimas fueron azerbaiyanos, tayikos, uzbecos, chinos y vietnamitas. «Pusimos la bomba por que había demasiados asiáticos en ese mercado», admitieron los asesinos.

La justicia no actúa

Las organizaciones rusas de derechos humanos han denunciado a menudo la connivencia con los ultranacionalistas de las fuerzas del orden y de los servicios de Justicia. Según Gannúshkina, «los culpables de horribles crímenes xenófobos suelen ser acusados de gamberrismo y las penas a las que son condenados nunca superan los dos años de cárcel». El 17 de octubre, un jurado popular absolvió a cinco cabezas rapadas que mataron hace dos años a un estudiante vietnamita en San Petersburgo. La víctima recibió 40 puñaladas, pero el jurado no vio motivo alguno para condenar a los acusados, pese a las numerosas pruebas presentadas por el fiscal.

Putin, lejos de calmar lo ánimos, a veces da la impresión de que se propone inflamarlos. La campaña lanzada a principios de octubre contra Georgia por la detención de cuatro militares rusos acusados de espionaje, ha dado un nuevo impulso al delirio. Moscú sigue sin levantar el bloqueo a que somete a Georgia y sin suavizar el embargo económico. Desde el comienzo de la crisis, Rusia ha deportado ya a 5.000 ciudadanos georgianos, según cifras del Servicio Federal de Migración.

Timur Joshtaria, uno de los expulsados, describía la semana pasada las condiciones de detención previa a la deportación: «Nos hacinan en calabozos durante días con escasa comida y agua. Había entre nosotros niños y mujeres embarazadas». Hace dos semanas, Tenguiz Togonidze, uno de los detenidos, falleció por un ataque de asma en el aeropuerto de Domodiédovo, minutos antes de emprender el vuelo hacia Georgia. Según comentó el cónsul georgiano en Moscú, Zurab Pataradze, a Togonidze se le negó asistencia médica en la prisión.

La campaña de odio racista a veces atizada por medios oficiales ha tenido otros efectos secundarios. Policías corruptos han hecho su agosto extorsionando a ciudadanos del Cáucaso, a quienes les quitan el permiso de residencia para convertirlos en ilegales.Algunas librerías han retirado de sus estantes las obras de escritores georgianos. Y la galería de arte de Marat Guelman era atacada la semana pasada por un grupo de vándalos. La sala exponía obras del pintor georgiano Alexánder Dzhikia. Fueron destruidos unos veinte cuadros, en los que aparecían retratados Putin, Bush y Bin Laden. El propio Guelman fue también agredido.

El asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya, según Vitali Yaroshevski, subdirector de la revista en la que trabajaba, también «hay que enmarcarlo en esta situación de intolerancia y odio furibundo hacia los extranjeros y hacia los propios rusos de otras etnias o religiones». «Politkóvskaya estaba en un lista negra elaborada por organizaciones neonazis, y en cuya confección tomaron parte incluso algún diputado de la Duma», sostiene.

Ultras que van de liberales

Yaroshevski se refiere a Nikolái Kurianóvich, diputado del Partido Liberal Democrático (LDPR), formación que nada tiene de democrática ni de liberal, y que está dirigida por el histriónico ultranacionalista Vladímir Yirinovski. Kurianóvich fue también el promotor de una ley que pretendía privar de la nacionalidad rusa y expulsar del país a los ciudadanos casados con extranjeros, pero que afortunadamente no progresó.

Y el mismo diputado es uno de los organizadores de la «Marcha Rusa», concentración de marcado carácter nacionalista que tendrá lugar en Moscú y en San Petersburgo el próximo 4 de noviembre. Este año será la segunda vez que se organice el evento, lo que ha provocado no pocas protestas de las organizaciones de derechos humanos. Gannúshkina ha solicitado a las autoridades la prohibición de la manifestación, al igual que Vladímir Rizhkov y Liudmila Alexeéva, responsable de la sección moscovita del Grupo de Helsinki.

El Defensor del Pueblo ruso, Vladímir Lukín, ha pedido que, si la «Marcha Rusa» fuese autorizada, «la Policía impida al menos la exhibición de consignas racistas y parafernalia neofascista». El comité organizador de la concentración cuenta también entre sus miembros con Dimitri Rogozin, antiguo amigo de Putin y ex líder del partido «Ródina» (Patria), cuya lista de candidatos fue retirada el año pasado en las municipales moscovitas por el contenido xenófobo de uno de sus videos de propaganda electoral.

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