Vídeo: Registros en varios de los pisos de Ripoll donde vivían los presuntos terroristas

Ripoll, un pueblo en estado de «shock»

La localidad catalana, hogar de buena parte de la célula yihadista, sigue intentando digerir lo ocurrido

Ripoll (Gerona) Actualizado: Guardar
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Mira, ese de ahí trabajaba en un restaurante», exclama Hassan mientras la televisión muestra una imagen de la llegada a la Audiencia Nacional de Salh El Karib, uno de los cuatro detenidos por su presunta pertenencia a la célula terrorista que atentó el pasado jueves en Barcelona y Cambrils. A su lado, el resto de parroquianos de la Cafetería Esperanza, uno de los puntos de encuentro de la comunidad marroquí de Ripoll, tampoco pierde detalle y sigue atentamente las novedades que arroja el informativo del mediodía. Murmuran entre ellos y niegan con la cabeza.

Porque Salh El Karib, igual que Younes Abouyaaqoub, autor material del brutal atropello que causó 13 muertos en Las Ramblas, e igual que buena parte de los detenidos y fallecidos por su implicación en el atentado, vivía en Ripoll, localidad que intentaba ayer sacudirse de encima la conmoción de los últimos días. Es más: en esa misma cafetería se podía ver a los jóvenes terroristas apiñados en una esquina cuando daban algún partido por la tele. «¿Cómo les habrán lavado el cerebro?», se pregunta Hassan, llegado a Ripoll hace diez años desde Nador.

Se lo pregunta Hassan y se lo preguntan también el resto de habitantes de esta pequeña localidad de 11.000 habitantes cuyo acceso aún vela un control policial y custodian cuatro agentes de los Mossos d’Esquadra. Un nuevo registro, esta vez en un locutorio, se suma a la decena de actuaciones que la policía ha realizado en la ciudad en los últimos días, por lo que la normalidad sigue lejos de instalarse en Ripoll. «¡Es que es muy gordo esto que ha pasado! Estoy jubilado y no salgo mucho de casa, así que no los conocía, pero todo el mundo dice lo buenos que eran… Pues sí, ¡mira que buenos!», explica un vecino que interrumpe su paseo a pleno sol para indicar a los periodistas cómo se llega a uno de los campos de fútbol sala en el que, al parecer, jugaban los terroristas.

En la cancha, ni un alma, ni un balón rodando. Silencio absoluto. En el otro extremo del pueblo, un par de cámaras de televisión hacen guardia ante un edificio de la plaza Europa. Ahí se trasladó la familia de Younes el lunes por la tarde tras conocer que los Mossos finalmente lo habían abatido en un viñedo de Subirats. Horas antes, su padre aseguró que aún tenía esperanzas de que su hijo se entregase a las fuerzas policiales.

Este martes, sale de casa sin mediar palabra. ¿Qué decir? ¿Cómo explicar que su hijo, señalado por unos y otros como un chaval tímido, educado, amante de los coches y el fútbol y aparente ejemplo de integración pudo perpetrar semejante atrocidad? Tampoco se lo explican los parroquianos de la Cafetería Esperanza, que esperan que las declaraciones de los detenidos puedan arrojar un poco de luz a tan drástica transformación. «Veremos si por encima del imán había alguien más o no», señala uno de los clientes.

Difícil de digerir

En pleno agosto y con un calor sofocante que invita a cualquier cosa menos a echarse a la calle, Ripoll es una localidad que funciona a medio gas. A la hora de comer, solo periodistas y un par de turistas repostan en las cafeterías que hay frente al espléndido monasterio románico, joya de la población y uno de los principales reclamos de la comarca. A media tarde, la acción se traslada a la plaza de la Libertad, donde medio centenar de vecinos improvisan una reunión. «Estamos en estado de shock, no podíamos llegar a pensar que algo así podría pasar en nuestra comunidad. Hay gente que había compartido clase con ellos o que había jugado a fútbol… Es muy difícil para alguien que los ha conocido digerir algo así», señala María Dolores Villalta, tercera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Ripoll. «Lo que tenemos que hacer es evitar que haya brotes racistas», interviene uno de los participantes.

A su lado, otro vecino habla por teléfono e informa de que los representantes de la comunidad marroquí que debían acudir al encuentro se retrasarán un poco: en ese mismo momento se encuentran reunidos con el cónsul de Marruecos para trasladarle la petición de que sea el Gobierno marroquí el que se encargue de designar a los imanes y de reforzar los controles de los mismos. Ya en el Ayuntamiento, entidades y gobierno municipal empiezan a preparar los detalles de la concentración contra los atentados terroristas que, como la de Barcelona, se celebrará el próximo sábado. Otro paso más para acercarse a esa normalidad que, por el momento, sigue aún lejos. «Los veíamos por aquí como a gente normal», insiste uno de los clientes de la Pastelería Costa, situada a pocos pasos de la casa del imán Abdelbaki Es Satty, que habría radicalizado a los jóvenes uno a uno, lejos de las miradas de los vecinos y lejos también de la mezquita de la calle Sant Bartomeu, en la que este martes aún podía verse el comunicado de condena de los atentados de Barcelona y Cambrils que la Comunidad Islámica Annour de Ripoll colgó el jueves.

También en la puerta de la Cafetería Esperanza, escrito en dos cartulinas, puede leerse en catalán: «Todos somos Barcelona. Unidos contra el terrorismo». En su interior siguen las dudas y las preguntas. «¿Cómo puede ser que nadie se extrañase de que un hombre de 45 años fuese por ahí con unos chicos tan jóvenes? Nosotros cuando los veíamos por aquí no les decíamos nada por la diferencia de edad», se pregunta Hassan. «¿Cómo es posible que alguien cambie tan rápido? ¿Que alguien que fumaba, bebía y salía de fiesta de repente se transforme en esto?», interviene otra voz desde la mesa vecina.