EE.UU. Ricos y famosos en la carrera electoral

Si eres rico y famoso en Estados Unidos, te conviene ser apolítico. Todo lo demás implica rascarse el bolsillo, y rascárselo a fondo. La voracidad recaudatoria de las campañas electorales es feroz. En

TEXTO: ANNA GRAU (NUEVA YORK)
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Si eres rico y famoso en Estados Unidos, te conviene ser apolítico. Todo lo demás implica rascarse el bolsillo, y rascárselo a fondo. La voracidad recaudatoria de las campañas electorales es feroz. En Hollywood es casi un impuesto revolucionario.

Según datos citados por Associated Press, la industria del entretenimiento donó en su conjunto 33,1 millones de dólares (22,5 millones de euros) a los candidatos presidenciales en el año 2004. Un poquito menos que lo donado en el año 2000, cuando aportaron 38,6 millones de dólares (26,29 millones de euros). Este año, con una campaña más dramática y disputada que nunca, muñidores y «cobradores» de los distintos partidos se disponen a alcanzar nuevas cimas históricas.

No hay límite para recaudar, sólo para gastar, aunque esta última condición rige sólo para los candidatos que aceptan fondos públicos. Para los que no, como es el caso de Hillary Clinton y Barack Obama -ambos ya por encima de los 100 millones de dólares en caja, y siguen sumando-, la imaginación es su único techo.

Esta imaginación es fértil a la hora de lograr donaciones de famosos, especialmente apetecibles por dos razones: porque los famosos suelen ser ricos, y no van a hacer el ridículo de donar cincuenta dólares, y porque los famosos suelen ser admirados, es decir, que su apoyo tiene un efecto dominó y llama al ejemplo y la emulación. Esa es la clave de que ningún cobrador electoral haya sido visto llamando a la puerta de personas millonarias pero apestadas como Britney Spears o Paris Hilton.

A todos los demás el dinero se les pide con muy poquita sutileza. En Hollywood se organizan periódicamente eventos para la recaudación de fondos, por lo común comidas o cenas a miles de dólares el cubierto a los que quedaría fatal no asistir. Ahí es donde empieza el duelo, que se libra sobre todo entre los demócratas, que son los favoritos tradicionales de la industria del espectáculo. Este partido se llevó el 69 por ciento de las donaciones de Hollywood en el año 2004 y el 64 por ciento de las del año 2000.

Pocos presidentes norteamericanos han sido tan queridos y respetados por la farándula como Bill Clinton. En principio, ese capital de simpatía del ex presidente hacía presagiar una oleada de dólares con glamour para su esposa Hillary que, sin embargo, se encontró desde el principio con que Barack Obama era hueso duro de roer.

Del lado de Obama se pusieron casi todas las estrellas afroamericanas (de raza negra), como Sidney Poitier, Halle Berry, Morgan Freeman o Eddie Murphy. Pero también entre los blancos cundió el entusiasmo: George Clooney le apoyó desde el principio, y lo mismo hicieron Jennifer Aniston, Rosanna Arquette o Tom Hanks, entre otros.

Dudas y bandazos

Hanks rectificó y decidió aportar también su respectiva donación a Hillary. Algo parecido le pasó a Barbara Streisand, una de las musas históricas de Bill Clinton, quien, tras un coqueteo inicial con Obama, volvió al redil e incluso llamó en público a Hillary «madame the president».

Estos bandazos dan idea de lo hamletiana que empieza a ser esta campaña. El electorado nunca había tenido menos claro no ya qué va a ocurrir, sino qué quiere que ocurra. De ahí que abunde la figura del donante en serie: el que pone unos cuantos huevos en cada cesto. Hay quienes han llegado a dar dinero hasta a cuatro o cinco candidatos distintos, como Michael Douglas o Paul Newman. Pero, en general, los que juegan a dos barajas se «limitan» a dudar entre Obama y Hillary.

A veces al donante le importa un pimiento quién va a ganar, y lo único que le interesa es quedar bien y proteger sus intereses. Steven Spielberg ha dado dinero a Hillary -entre otros- pero no sin asegurarse de que su socio en Dreamworks, David Geffen, está apuntado entre los donantes a Obama.

Estas «triangulaciones» son aun más frecuentes fuera de Hollywood, entre las personalidades de las finanzas o los medios de comunicación. Aunque aquí también hay cierta extorsión directa, se pone un poco más de esmero en las formas. Y se sabe apreciar el poder de una foto o de un apoyo estratégico, que puede ser más decisivo que un puñado de dólares.

Hillary y Obama se han retratado junto al multimillonario y megafilántropo Warren Buffett, que ha prestado su apoyo por igual a ambos líderes demócratas. Un apoyo que ha consistido no tanto en darles dinero como en dirigirles hacia el manantial de otras donaciones. Allanarles el camino de la fortuna.

Un papel similar ha intentado jugar en algunos momentos de esta campaña el magnate de la comunicación Rupert Murdoch, que también tiene un ojo puesto en el actual alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, por si éste finalmente se decidiera a dar el paso.

Bloomberg es tan inmensa, tan apabullantemente rico, que no necesita pedir ni un real a nadie para ir a la Casa Blanca y volver. Pero el proceso de recogida de fondos en las campañas norteamericanas no se hace sólo por dinero. Es una liturgia de captación de complicidades, una demostración de la capacidad de compaginar diversos intereses. Es casi un simulacro de buen gobierno. Dar dinero a un candidato, poco o mucho, es darle confianza.

Claro que hay otras maneras de otorgar confianza. Cuando la archicomunicadora Oprah Winfrey participó en un mitin de Obama y le presentó como «su» caballo en esta carrera, le dio un espaldarazo equivalente a millones de dólares, sin poner uno solo de su bolsillo. Pero pocas personas disponen de ese poder. Para la mayoría de los mortales apoyar gratis es como hacer un brindis al sol... que, por cierto, alguno ha habido.

Obama ha sido acusado de «exagerar» los apoyos recibidos en su página web, donde aparece una lista de personalidades que le señalan como favorito. Algunas de esas personalidades se han quejado de que ellas se limitaron a hacer un comentario elogioso del candidato, lo que no excluía elogiar también a los demás. Y más cuando la pregunta se planteaba en vivo y bajo los focos.

Campaña republicana

De todo lo dicho podría deducirse que mientras los demócratas pasan su cepillo triunfal por toda América, a los republicanos nadie les da una perra y su campaña la hace el Espíritu Santo. Cuando ahí está ese pedazo de Chuck Norris apoyando con entusiasmo la candidatura de Mike Huckabee, y casi robándole el protagonismo en sus mítines.

Aunque hay tan pocas estrellas abiertamente republicanas que las pocas que hay van muy solicitadas. Durante años se han rifado a Charlton Heston y, con matices, a Clint Eastwood que, últimamente, parece desaparecido en combate.

De los aspirantes republicanos que siguen «vivos», el ex alcalde de Nueva York Rudy Giuliani es el que puede presumir de tener mayor pegada entre los artistas. Le apoyan comentaristas y estrellas de la televisión, como Adam Sandler, Kelsey Grammer o Ben Stein. Este último tuvo como compañero de colegio a Sylvester Stallone y, en el presente, es uno de los pilares de la teoría del «diseño inteligente», cuyos partidarios se oponen a enseñar las teorías de Darwin enlas escuelas.

Pero en el campo republicano por lo común no cuenta tanto el donante célebre aislado como una gran mayoría de ricos silenciosos, menos glamourosos y menos visibles. Lo que no quiere decir que estén menos forrados o tengan menos fuerza.

Dicen que esta vez podrían volver a donar más dinero que nunca, y a sacudirse cierta tacañería acumulada tras ciertos desmanes del presidente George W. Bush. Sobre todo si por el lado demócrata triunfa Hillary Clinton, paradójicamente la verdadera «bestia negra» de los ultraconservadores.