Resistir es perder

Si el Parlamento no sirve para albergar el diálogo entre partidos en una democracia, ¿para qué diablos sirve? Ahora sabemos que Sánchez —o tonto o malo— estaba dispuesto a convertirse en cómplice de la campaña de desprestigio impulsada por la Generalitat contra las instituciones del Estado.

Luis Herrero
MadridActualizado:

No sé si la dizque ruptura de Sánchez con el independentismo catalán está más cerca de ser un expediente X o el guión de un monólogo del club de la comedia. El verdadero motivo de la riña es un misterio. La excusa formal esgrimida por Calvo, un gag que recuerda la reacción del comisario Renault cuando el mayor Strasser le ordena que cierre el Rick´s Café de Casablanca. «¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!». De forma parecida, el Gobierno —¡qué sorpresa!— ha descubierto que los independentistas reclaman el derecho de autodeterminación.

Hacerse el sorprendido a estas alturas es un acto de cinismo tan audaz que, si no fuera porque pretende tomarnos por tontos, merecería un premio a la insolencia. No solo lo sabía, como todo el mundo que escuche la radio o lea los periódicos, sino que le había dado cuartelillo a la reivindicación. En el documento que distribuyó la vicepresidenta antes de la rueda de prensa del viernes se dice textualmente, al hablar de la mesa de diálogo, que «cada uno de los participantes planteará sus propuestas sobre el futuro de Cataluña con total libertad». ¿Qué otra cosa puede significar esa frase?

Sobre todo si tenemos en cuenta que la única cautela restrictiva que establece el documento es el respeto al marco que exige la seguridad jurídica, sea lo que sea que eso signifique. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero es seguro que no significa lo mismo que respeto a la Constitución. ¿De otro modo por qué se evita referirse a ella? Su omisión deliberada —y afrentosa— solo puede interpretarse como una clamorosa bajada de pantalones de quien que estaba dispuesto, y acaso lo esté todavía, a intercambiar dignidad democrática por poder personal.

Y no es esa la única concesión de la que el Gobierno deja constancia fehaciente en el documento de Calvo. Allí se reconocen, negro sobre blanco, por lo menos otras tres. La primera, la de permitir que las conversaciones pudieran celebrarse fuera del ámbito parlamentario. Si el Parlamento no sirve para albergar el diálogo entre partidos en una democracia, ¿para qué diablos sirve? Ahora sabemos que Sánchez —o tonto o malo— estaba dispuesto a convertirse en cómplice de la campaña de desprestigio impulsada por la Generalitat contra las instituciones del Estado.

Las otras dos han sido aceptar la figura del relator independiente —todo un desatino, como ha dicho Alfonso Guerra, que equipara a España con Burkina Faso— y admitir la concurrencia de partidos estatales y catalanes en la misma mesa, como si fueran interlocutores de realidades políticas distintas al mismo nivel. Artadi decía la verdad al darlo por hecho y Calvo mentía al negarlo. Después de eso Sánchez queda con el culo al aire. Su manual de resistencia le ha jugado una mala pasada.

Sin darse cuenta, o a lo peor dándosela, ha convertido su célebre win-win en un temerario lose-lose. Con pacto o sin él, con presupuesto o sin ellos, ya no podrá decir nunca más que ha mantenido los intereses del Estado lejos del chantaje separatista. A veces, resistir es perder. El Gobierno ha reconocido, en un documento que lleva su firma, que estaba firmemente dispuesto a hacer gravosas concesiones al separatismo catalán a cambio de su apoyo a los Presupuestos Generales del Estado. ¿De verdad cree que confesar la traición le suavizará el castigo?

Hay quienes piensan que la dizque ruptura con el independentismo catalán pretende desincentivar la participación en la manifestación convocada por PP y Ciudadanos —y secundada por Vox— para hoy domingo, pero yo creo que se equivocan. ¿Cómo perdonar a un Gobierno que ha levantado acta de su predisposición a un trueque indecente? Hará falta algo bastante más convincente que la teatralización de Calvo en la rueda de prensa del viernes para que la indignación ciudadana se apacigüe. Sobre todo después de que se hayan sumado tantas las voces socialistas a la protesta. Que ERC y PDeCat consumen la derrota de los presupuestos ya no exonera a Sánchez de culpa. Pincho de tortilla y caña a que el clamor de la calle espolea la censura de las urnas. El 26 de mayo será día de difuntos.

Luis HerreroLuis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero