El renacimiento de los tecnócratas
Desde 1959, a los ministros no les unía solo un apellido, sino sobre todo su origen alejado de la política. En la imagen, Franco rodeado por los llamados «tecnócratas del Opus Dei» - ABC

El renacimiento de los tecnócratas

Franco llenó sus últimos gobiernos de ministros no políticos, pero los inventores fueron muchos siglos antes los romanos y los mandarines. Felipe II y los jacobinos también abrazaron el modelo tecnocrático

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No borres mis círculos». Según cierta tradición oral, esta fue la frase que dedicó a un soldado romano el sabio Arquímedes poco antes de ser traspasado por su espada. El evento aconteció el año 212 antes de Cristo en la localidad siciliana de Siracusa, donde había nacido. Ciertamente, su actitud puede ser calificada como poco de temeraria, si tenemos en cuenta que la ciudad acababa de ser tomada, lo que no pareció importunar a Arquímedes, enfrascado en sus cálculos matemáticos. Cada vez que en las murallas aparecía una polea o una grúa, los asaltantes romanos sabían que otro invento de Arquímedes iba a amargarles la existencia, o a quitársela. Este continuó con sus ecuaciones y ello le costó la vida, pero el trágico episodio devela la incómoda relación, ciertamente histórica, entre aquellos que se dedican al conocimiento teórico o aplicado y los líderes políticos y militares de todos los tiempos y lugares.

Los elementos de esta tensión son muy visibles en China, donde el nacimiento y consolidación de un estamento burocrático, el de los mandarines, explica la continuidad por quince siglos de un eficiente modelo imperial. Los mandarines procedían de clases altas pero también podían ser de origen mediano o modesto, por lo que encarnaban las posibilidades de ascenso social. Lo que los acreditaba eran los durísimos exámenes de acceso, que empezaban con la obtención del estatuto personal de «talento floreciente» y tenían lugar en celdas de aislamiento, para acabar en el caso de los más exitosos en el palacio imperial y ante el propio emperador, ante quien probaban su apariencia, presencia, manera de hablar, caligrafía y buen juicio, entendido este último como capacidad para determinar «el justo medio». La China imperial, aquella que rechaza y mantiene a Europa a raya desde la llegada de españoles y portugueses en el siglo XVI, hasta que en el XIX la revolución industrial cambia las reglas del juego literalmente a cañonazos, es soportada por una multitud de mandarines que cobran impuestos, organizan batallas e incluso poseen una versión propia de la lengua, lo que los hace imprescindibles.

Mao los mandó asesinar

Una de las muchas anécdotas conocidas del líder de la revolución Mao Zedong apunta que tras su triunfo en la guerra civil terminada en 1949 le preguntaron qué hacer con los cien mil mandarines que habían capturado. Sabedor de la obediencia que les prestaba el pueblo, tomó la decisión de mandarlos fusilar a todos. Sesenta años después de aquellos sucesos, no hay más que observar el poder burocrático en el gigante asiático del partido comunista, con sus setenta millones de afiliados, así como la conexión evidente que poseen sus miembros con la tradición confuciana de educación y servicio al emperador, para dudar de la eficacia de aquel crimen.

Lo habitual ha sido que los técnicos hayan estado subordinados al poder político, o en todo caso se las hayan arreglado para convertirse en imprescindibles y en ejecutores, cuando ha habido verdaderos estadistas al mando, de estrategias de largo alcance. En la creación del estado burocrático moderno la guerra ha sido fundamental, y por ello entre sus herencias destacadas cabe contar la existencia de cuerpos técnicos, cuyos cometidos pueden parecernos hoy contradictorios. El rey-planeta, Felipe II de España, no sólo representó a cabalidad el modelo de monarca burócrata, pues su firma aparece al pie de recibos de compra de campanas o reemplazos del suministro de galletas para las galeras. También fue protector de técnicos y sabios. En su imperio, donde no se ponía el sol, los problemas logísticos y estratégicos se resolvían en juntas de expertos y los ingenieros construían fuertes en sitios imposibles, levantaban arsenales o elaboraban mapas que domesticaban la realidad y la hacían previsible. Este fue desde entonces un elemento clave, pues desde el siglo XVIII, con la aparición de la estadística, economía y aritmética política, el ideal del buen gobernante se fundamentó en la transformación de la realidad de acuerdo con un modelo previsible, mensurable, fiable y basado en hechos y números. Si la tarea del ingeniero pasó a ser «remediar con el arte los defectos de la naturaleza», su papel político fue engrandecido y recompensado.

Ni siquiera las transformaciones traídas por la revolución francesa cambiaron la expansión del poder burocrático y técnico, que en el siglo XIX alcanza su edad de oro. Aquella Francia republicana de 1793, en guerra con todas las monarquías que la rodeaban, fue salvada del desastre por el ingenio logístico y organizativo de sus técnicos. No es de extrañar que, tras la fundación al año siguiente de la Escuela politécnica, verdadera alma mater de los tecnócratas a su servicio, fueran egresados de sus filas de extracción burguesa quienes nutrieron las instituciones de servidores públicos eficaces e incorruptos. Todo ello en franco contraste, al menos sobre el papel, con las antiguas elites cortesanas y nobiliarias, ajenas a la meritocracia y el trabajo duro y dedicadas a medrar, o a que les concedieran un estanco —hoy diríamos una subvención—.

De Primo de Rivera a la transición

El caso español es muy claro. Nuestro estado liberal del XIX fue capaz de levantar, tras la catástrofe de la guerra de independencia, un asombroso tejido de cuerpos técnicos. Ingenieros de caminos, canales y puertos, ingenieros de montes, archiveros y bibliotecarios, topógrafos y maestros de primera y segunda enseñanza transformaron la realidad del país y prepararon su definitiva modernización. El punto de inflexión de esta expansión fueron los años veinte, cuando por primera vez hubo una auténtica sociedad de consumo y la dictadura de Primo de Rivera impulsó, muy en el espíritu de la época, desde Italia a Gran Bretaña o poco después EE.UU., un potente programa de obras públicas e integración del territorio nacional. Todo aquel bienestar quedó sepultado por la estupidez de la guerra civil, reflejo si acaso de la prelación de lo político sobre lo pragmático y lo técnico. De ahí que resulte tan paradójico que el ciclo más famoso de gobiernos tecnocráticos reciente, representado por aquellos que implementaron el plan de estabilización de 1959, con figuras tan importantes como Alberto Ullastres, Mariano Navarro Rubio o Laureano López Rodó, reconstruyera la economía política del franquismo, dotándolo de una continuidad y consistencia de las que carecía, encerrado como estaba en un confuso entramado de ideas autárquicas, cuarteleras y corporativas.

El éxito posterior de la transición a partir de cambios por ellos introducidos (recordemos el temprano inicio de negociaciones con lo que será luego UE, el cuidado de la relación con Iberoamérica, o el estudio del futuro de China ya a fines de los años cincuenta) muestra que esos denostados tecnócratas españoles tenían un plan. A diferencia de algunos líderes políticos recientes, incapaces, improvisados, sin oficio, sin idiomas, sin educación, estos tecnócratas sabían dónde querían ir y tenían ideas sobre cómo hacerlo. Cabe pensar que fueron llamados sólo cuando la corrupción institucional y el caos demandaban gente preparada y competente. Igual que ahora. Por supuesto, si cuentan con el apoyo de las urnas resulta mucho mejor, pero es precisamente la excepcionalidad de la coyuntura, lo crítico del momento, lo que vendría a justificar, como en la antigua Roma con las dictaduras de seis meses, una solución excepcional. Ya será suficiente novedad ver que nos gobierna gente que sabe de lo que habla…