Virginia Martínez, una de los testigos de las defensas que ha expresado una versión dantesca del referéndum ilegal, durante su declaración en el juicio celebrado en el Tribunal Supremo
Virginia Martínez, una de los testigos de las defensas que ha expresado una versión dantesca del referéndum ilegal, durante su declaración en el juicio celebrado en el Tribunal Supremo - EFE

Juicio a los líderes del «procés»El relato esperpéntico del 1-O desacredita a los testigos de parte

Los votantes secesionistas denuncian que la Policía les cogía por los testículos y las orejas

MadridActualizado:

La veintena de testigos que comparecieron ayer ante el tribunal del «procés» tenían en común algo más que un lazo amarillo en la solapa de sus chaquetas: un relato tan similar como exagerado sobre la intervención policial el 1-O, una hipérbole que acabó restándoles la credibilidad que las defensas buscaban para convencer a los magistrados de que la jornada del referéndum fue lo pacífica y festiva que el independentismo quiere hacer creer.

Los ciudadanos que fueron a votar ese día –ingenieros, amas de casa, estudiantes universitarios, investigadores...– pusieron el acento en la actuación desproporcionada de las fuerzas de seguridad, en algunos momentos más propia de una película de Álex de la Iglesia que de una intervención que, de no ser por la resistencia encontrada, no tenía gran complejidad: se trataba de entrar en el centro e impedir la votación incautando el material.

Pero el relato que las defensas llevaron ayer al juicio fue dantesco: policías nacionales y guardias civiles que, porra en mano, arrasan con todo lo que encuentran a su paso, ancianos fuera de sus sillas de ruedas, gente con muletas en el suelo, niños gritando e incluso hombres a los que la Policía Nacional levantaba del suelo cogiéndolos «por los testículos o por las orejas». A ellos, que estaban participando con sus familias en una jornada festiva en la que no faltaron chocolatadas, paellas o un campeonato de butifarra.

Ni uno de los testigos mentó por iniciativa propia el «pequeño» detalle de que se trataba de una consulta suspendida por el Tribunal Constitucional y tampoco que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) había prohibido la apertura de los colegios para celebrar la votación. Pere Font, ingeniero jubilado, relató cómo le «tiraron como si fuera un paquete a la calle»; Virginia Martínez, profesora también jubilada, contó cómo dos guardias civiles la tiraron al suelo sin mediar palabra y le patearon llamándole «subnormal» y acusándola de hacer el ridículo.

Otro denominador común fue el capote lanzado por este grupo de testigos de la sesión cuatrigésima a los Mossos d’Esquadra. Todos los testigos se esforzaron en explicar que los agentes autonómicos, siempre nada más que una pareja, trataron de acceder sin éxito los centros. Así lo defendió el testigo Jordi Cuyás, que explicó que en el colegio al que acudió en la localidad de Pacs del Penedés (Barcelona), un centenar de personas impidió el paso a los agentes.

Como en otras sesiones, el presidente del tribunal tuvo que intervenir para controlar el tono de los interrogatorios. En esta ocasión, el juez Manuel Marchena frenó al fiscal Fidel Cadena por reprochar a una testigo haber ido a votar el uno de octubre. «Vamos a ver señor fiscal. Ella en principio es libre de decidir si vota, no vota, si lo considera legal, si lo considera ilegal. No puede usted en la pregunta formularle un reproche por haber ido a votar», precisó el magistrado, siempre atento a las valoraciones impertinentes.

Más allá de las exageraciones, si se quita el envoltorio parcial de las declaraciones de los testigos, todos los relatos de lo que sucedió en el referéndum ilegal dibujan un día de enfrentamientos entre los votantes secesionistas y los agentes policiales que debían evitar el 1-O según lo que les había ordenado la Justicia. Justo el escenario del que fueron advertidos los miembros del Govern si seguían adelante.