Rehenes de lo políticamente correcto

Por BLANCA TORQUEMADA
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¡Todos y todas al autocar! Alicia, veinte años, ha seguido un curso de monitora de campamentos infantiles del Ayuntamiento de Madrid. Primera lección: al dirigirse a los padres y, cómo no, a las criaturas (y criaturos), ha de evitar el lenguaje sexista. No sólo en los carteles electorales socialistas anidan los excesos de la corrección política, hoy generosamente amamantada por las Administraciones de todo signo. De ahí el seísmo originado por «Todas putas», el libro coeditado por Miriam Tey, directora del Instituto de la Mujer. Su corrosivo título es, en sólo dos palabras, la antítesis de buena parte de los principios promovidos por este organismo dependiente del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, bajo cuyo auspicio se difunde de forma gratuita todo un corpus de convenciones lingüísticas para no «herir» a las mujeres. Pásense por la sede de esta institución en la calle Condesa de Venadito de Madrid y pidan, por ejemplo, el cuadernillo titulado: «Elige bien: un libro sexista no tiene calidad».

En suma, el Instituto de la Mujer repudia de forma tajante obras como las que edita su directora, funambulista entre las osadas vanguardias de la narrativa y la poltrona de la Administración.

María Rosario Martín Ruano, autora del libro «A propósito de lo políticamente correcto», ha estudiado este fenómeno de los almohadones sociales y verbales de la corrección política, que, según el criterio de intelectuales de la talla de Luis Goytisolo o Antonio Muñoz Molina, son el nuevo antifaz de la censura. A partir de su dilatada experiencia como traductora, Martín Ruano explica que aunque cunde la idea de que esta trinchera verbal procede de los Estados Unidos «el eufemismo ha existido siempre y es un mecanismo de todas las lenguas para eludir las palabras ofensivas. Sí es cierto, sin embargo, que lo «políticamente correcto» se articula y cobra fuerza en Norteamérica a partir de las reivindicaciones y la presión de las minorías. El problema llega cuando esos resortes se desmadran y rebasan el esperpento».

España es diferente

En su análisis ha detectado diferencias sustanciales entre el fenómeno de la corrección política en España y en Estados Unidos: «Allí es un impulso de abajo a arriba. Nace en los grupos minoritarios y esos grupos son los que presionan para ser denominados como ellos desean. Afroamericanos o como fuere. Sin embargo, aquí el empuje es inverso, viene de arriba, de las instituciones, y no da tanto respuesta a las demandas de las minorías como a otros aspectos. Yo diría que en España lo políticamente correcto viene marcado, en buena parte, por el Estado de las Autonomías. Se ha alentado que decir «Generalidad» por «Generalitat» hablando en castellano llegue a considerarse ofensivo. Este es un ejemplo de uso, injustificado en principio pero políticamente correcto, que ya está a casi universalmente aceptado».

Sin embargo, Rosario Martín rechaza el apriorismo de considerar negativa toda manifestación de lo que llamamos corrección política: «Los cambios en el lenguaje no arraigan si no hay base social que los recoja. Si se generalizan, es que responden de algún modo a un sentimiento colectivo». Asimismo, hace notar que «igual que lo políticamente correcto tal y como lo entendemos últimamente se ha importado de los Estados Unidos, de allí nos hemos traído también, a la vez, la corriente crítica. La corrección política ha llegado a España con los detractores puestos...». «Con anécdotas de casos exacerbados -añade- se fabuló el mito de que atenta contra la libertad de expresión. Sin embargo, los defensores de estos usos lingüísticos creen que la realidad de las cosas puede cambiar a partir de los nombres que reciben, y que la sensibilidad social también se modifica. Es un hecho que al hablar, en cualquier contexto, tenemos en cuenta al interlocutor».

«Los violentos»

«Los violentos». Ante esta muletilla blandengue y ya casi vacía de contenido de puro sobada con que se moteja constantemente a los etarras y batasunos, Martín admite que la corrección política puede funcionar como un pernicioso anestésico, pero recuerda que, a diferencia de lo que ocurre con los calificativos de grupo establecidos los Estados Unidos, «no han sido ellos los que han elegido ser denominados de esta forma. La sinonimia nos indica a todos con claridad quién está detrás. Pero sí es un eufemismo, desde luego».

A los eufemismos se refiere también Gregorio Salvador, el vicedirector de la Real Academia Española, cuando se le menciona el lenguaje políticamente correcto, porque nada nuevo hay bajo el sol. «Insultos a la gramática y a la economía del lenguaje como el de «todos y todas» ya los denunció Molière en el siglo XVIII en «Las preciosas ridículas», donde las protagonistas llamaban a los pies, para no mencionarlos, «los queridos sufrientes». Ahora los términos que tienen connotaciones turbias o peyorativas se sustituyen por otros de forma inútil, porque la nueva palabra tiende a llenarse del mismo significado negativo que se atribuía a la anterior. Que en español el genérico sea masculino es más bien un privilegio del femenino, que es el que el idioma nos ofrece marcado y diferenciado, no en forma neutralizante». «Y sé -agrega con ironía- de unos cuantos que no han votado al PSOE sólo por el dislate de los carteles».

Para el filósofo Alfonso López Quintás, catedrático de la Universidad Complutense, lo políticamente correcto es muy a menudo un señuelo de los manipuladores, «y la manipulación es un fenómeno gravísimo en las sociedades contemporáneas. En democracia tenemos más libertad de maniobra que en una dictadura, pero eso no significa que disfrutemos de libertad creativa, la que nace en el interior de cada uno de nosotros. En política, se abusa de la manipulación, de los trucos de seducción, y lo más grave no es que pueda llegar a gobernar un inepto, aun siendo esto lamentable, sino que se intenta enturbiar la capacidad de discernimiento del ciudadano». «Por ejemplo -aduce- el lenguaje político cambia a su antojo el significado originario de las palabras y las convierte en «términos talismán». Como «progreso», que simplemente significa ir hacia delante, para bien o para mal, o «cambio» otro vocablo vacío que no tiene por qué ser positivo, pero que se mitifica en Francia en la campaña electoral de Miterrand y después se importa en España con Felipe González». Para López Quintás, un colmo de lenguaje manipulador, afín a los dictados de la corrección política, es interrupción voluntaria del embarazo: «Interrupción denota algo pasajero, no definitivo, y voluntaria se vincula a la libertad, con lo que se difumina el hecho en un supuesto valor superior».

Los hechos corroboran que en España la correción política se impone de arriba a abajo. Lo comprobamos al entrar en contacto con la Unión Romaní, organización que defiende los intereses de los 600.000 gitanos censados en nuestro país. Juan de Dios Ramírez Heredia, presidente de la entidad, ríe cuando le preguntamos si se definiría a sí mismo como ciudadano «de etnia gitana»: «Ja, ja. Bueno, lo de la etnia está bien para el lenguaje científico, pero yo prefiero ser considerado como un gitano y nada más. Cuando los medios de comunicación utilizan constantemente esta muletilla, lo hacen quizá porque arrastran un sentimiento de culpabilidad. No nos puede ofender que nos llamen gitanos, siempre que no se utilice la palabra en un contexto o un tono despectivos».

Indago después si la campaña que la Unión Romaní está promoviendo para que la Real Academia acepte que «jitano» se escriba con jota no podría ser considerada un deseo de despojarla del lastre peyorativo del vocablo convencional, con ge: «No, no se trata de eso, ni mucho menos. Es que hay razones históricas, fundadas en documentos muy serios, como antiguas pragmáticas, para que «jitano» se escriba con jota... Y, sobre todo, lo que pretendemos es ser noticia cultural, y no de las páginas de sucesos. Yo me puedo entender casi perfectamente con un rumano en un semáforo, hablando en romaní, y eso no le llama la atención a nadie, cuando es un hecho que demuestra la vitalidad de nuestra cultura». «En todo caso -apostilla- si fuéramos los gitanos los que escogiésemos un nombre para nuestro colectivo, elegiríamos el de «romá», que es el que utilizamos cuando hablamos de nosotros mismos».

Útil como llamada de atención

La catedrática de Ética Victoria Camps sí ve fundamento en una utilización condicionada de las palabras y argumenta que «en situaciones injustas, es necesario empezar a cambiar las cosas por el lenguaje, porque el lenguaje es lo que materialmente nos llega más. Al decir niños y niñas, por ejemplo, estamos llamando la atención sobre la desigualdad, aunque el genérico incluya a las mujeres. En política, por ejemplo, el matiz ha sido importante, porque ese genérico de hecho no las estaba incluyendo hasta hace muy pocos años. Pero es cierto que una vez superada la utilidad social de llamar la atención sobre un hecho, ese reclamo no se debe exagerar, porque o se cae en el ridículo y puede incluso llegar a servir de coartada de «lo estoy haciendo bien» para no avanzar». Al margen del «lenguaje no sexista», considera más delicada la utilización de términos que atañen a grupos raciales: «En un suceso de un niño atropellado, por ejemplo, no añade nada indicar de qué raza es, y debería evitarse».

La escritora Josefina Aldecoa (también pedagoga y fundadora del Colegio Estilo) asiste impasible a este fenómeno «que responde, en mi opinión, a una moda bienintencionada. No creo que una terminología concreta contribuya a arreglar situaciones, pero tampoco lo considero preocupante. Ni es positivo ni es negativo. Es neutro».