Rechazo a permanecer consciente

ROSA BELMONTEAunque no lo sabía entonces, siempre seguí las sugerencias para quinceañeros de Fran Lebowitz, incluso mucho antes de tener quince años y de saber quién demonios era Fran Lebowitz. Una de

ROSA BELMONTE
Actualizado:

Aunque no lo sabía entonces, siempre seguí las sugerencias para quinceañeros de Fran Lebowitz, incluso mucho antes de tener quince años y de saber quién demonios era Fran Lebowitz. Una de esas sugerencias, la última: «Mantente firme en tu rechazo a permanecer consciente durante la clase de álgebra. Estoy en condiciones de asegurarte que el álgebra no existe en la vida real». Comprobado. Es verdad que nosotros no dábamos clases de álgebra (que era cosa de los niños de las series de televisión americanas que, además, no iban a cursos sino a grados). Nosotros teníamos clases de matemáticas en general pero lo mismo da. Tan bien mandada es una que era ver asomar un número y caer en un coma inducido. Por el número o cualquier cosa que se pareciera. Hasta el punto de que tuve que aprobar las matemáticas arrastradas de 1º y 2º de BUP en COU porque de otra manera no podía ir a la universidad.

Los únicos números que me gustan son los de las Rockettes (esa larguísima fila de piernas subiendo y bajando a la vez siempre me deja sin habla, mucho más que Gadafi haciendo camping en Lisboa). Así que si llegan y dicen que los chimpancés tienen mejor memoria fotográfica y numérica que los universitarios me lo creo (me llegan a pillar para participar en el estudio y nombran director de la NASA a alguno de los monos por comparación).

Hay un 39 por ciento de estadounidenses que no cree que el hombre venga del mono. Seguramente están en lo cierto. Yo a veces también dudo que vengamos del mono. Si los monos son tan listos ¿cómo es que hemos salido tan tarugos? El informe Pisa también debería tomar como objeto de estudio a los chimpancés. Todavía se nos subirían más los colores. Seguro que los monos también leen mejor. Pero no sólo mejor que los adolescentes o individuos en edad escolar, mejor que cualquiera. Es verdad que el nivelazo de los chiquillos enfrentados a la lectura y la comprensión de textos es tremendo pero no tengo muy claro que el de los mayores esté a un nivel muy superior.

Los escolares españoles de ahora quizá también siguen a Fran Lebowitz, pero en algo que ella no ha planteado: se han mantenido firmes en su rechazo a permanecer conscientes en cualquier clase. Decía Hitler que todo aquel que va y pinta el cielo verde y los pastos azules debería ser esterilizado. Vale que el sátrapa de Hitler no es un elemento intelectual de referencia pero, sin necesidad de pintar y vulnerar la sacrosanta figuración en el arte, hay gente que lee cielos verdes donde no los hay y pastos azules donde nunca se pretendieron. Gente esterilizada para la lectura y la comprensión. Gente que parece normal.

Es la lectura bárbara de la que habla mi admirado Alejandro Rossi en su «Manual del distraído». Escribió este mexicano nacido en Florencia que la sátira y la ironía se confunden con la ambigüedad y la indefinición y que para esos despistados habría que escribir como en un pentagrama, «indicando con un garabato los momentos paródicos o los pasajes donde se intenta la burla». También señalaba lo sospechoso del humorismo, que sólo se reconoce en los dibujos de las tiras cómicas donde a los ricos se les representa calvos y con monóculo. El lector malacostumbrado está encadenado a la lectura bárbara, al lenguaje reducido a registros mínimos. «Pero un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco», terminaba. Amén. Que hacen el estudio Pisa a los adultos presuntamente educados y el informe les sale igualmente torcido. Si existe el pensamiento único también existe la lectura única. Sólo hay que ver los comentarios que hacen personas sin faltas de ortografía sobre una noticia leída en la edición electrónica de un periódico. O las cartas donde se pone verde a alguien porque ha escrito no sé qué en un artículo. A veces no encuentro de donde sacan según qué cosas. Y se trata de textos sencillitos. No son ni el «Ulises» de Joyce ni el manual de instrucciones de la tele.

«Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar» es otra de las sugerencias para quinceañeros de la Lebowitz. Pero que lean bien. Sirve para todos. Incluso para los que no son tan listos como para descender de los monos. n