La realidad que subyace

El independentismo ha empobrecido, entristecido, desprestigiado y aislado a Barcelona

Salvador Sostres
BarcelonaActualizado:

Alguien dirá mañana que esto no tiene nada que ver con el proceso independentista y que es el Estado que quiere perjudicar a Cataluña.

Pero lo cierto es que este tremendo fraude de la independencia -el fraude que el independentismo se comete a sí mismo- ha sido letal para cualquier expresión de catalanidad relevante y exportable. El independentismo ha sido el asesino de Barcelona y la primera consecuencia del «procés» es que Ada Colau llegara a alcaldesa, cuando este indigente político, moral e intelectual en el que se ha convertido Xavier Trias decidió en 2015 rechazar el apoyo que le ofrecían PP, PSC y Ciudadanos para continuar siendo alcalde, y abandonó a Barcelona al populismo para preservar la estrategia de Artur Mas de pactar con Esquerrra la candidatura unitaria para las elecciones del mes de septiembre de aquel año.

Ahí empezó el espanto y lo que desde entonces el independentismo ha ido degenerando nos ha acabado de arrastrar. La derrota de ayer es la realidad que subyace bajo las chaladuras de un soberanismo que cree que negando los hechos podrá hacer como si no existieran.

El independentismo ha empobrecido, entristecido, desprestigiado y aislado a Barcelona. Si los independentistas fueran inteligentes, y no este colosal museo de la fatuidad provinciana, aprenderían de sus errores, los corregirían y tal vez algún día estarían en disposición de ganar. Pero están tan resentidos y desorientados, tan desesperados en todos sus naufragios, que no sólo no se dan cuenta de su calamidad sino que insisten en ella mientras nos sumen a todos en la depresión y en la derrota.

Es un clásico en Cataluña, desde Macià y Companys, que los que más dicen obrar en nombre de su amor y más acusan de traidores a los demás, son los que más miseria y desolación nos acaban causando. Hay una arrogancia de cateto cantonal que convierte cualquier buen propósito en folclore y al mundo le sobran ciudades quizá no tan agradables ni con tan buenos restaurantes como Barcelona, pero mucho más dispuestas a competir por lo que realmente importa. Cataluña, como Venezuela hace unos años, está a punto de descubrir lo bajo que se puede caer cuando falla la inteligencia y no entiendes el mecanismo de lo que te permite vivir bien ni eres capaz de distinguir tus fantasmas de lo que realmente te hace feliz.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres