Carles Puigdemont, junto a la prisión de Neumünster (Alemania) en marzo de este año - EFE

Puigdemont estudia perpetuar su fuga en un país que no ceda a su extradición

De momento descarta la entrega y baraja los destinos: Tailandia es atractivo para su pareja

En su entorno también le advierten del coste de vivir fuera de la ley y le sugieren que espere a la sentencia

BarcelonaActualizado:

Ante la inminente sentencia del Tribunal Supremo del juicio sobre el proceso independentista, y la presunción de que será condenatoria, la Fiscalía prevé reactivar la euroorden de extradición contra Carles Puigdemont y los demás procesados rebeldes, fugados como él a Bélgica y a otros países europeos.

La Fiscalía entiende que la sentencia justificará con mucha más precisión los delitos por los que Puigdemont será nuevamente reclamado y cree por lo tanto que la justicia belga tendrá mucho más difícil negar su entrega como sucedió hace casi dos años. También lo creen Puigdemont y su abogado, Gonzalo Boye, que barajan abandonar Bélgica antes de que sea demasiado tarde, con destino a algún país que le pueda reconocer el estatus de perseguido político y que por lo tanto no le acabe cediendo en extradición.

Boye, condenado a 14 años de cárcel por colaborar con ETA, es un experto en buscar refugio para forajidos y estaría intentando establecer contacto con alguno de estos hipotéticos países y a la vez pensando en otros destinos donde comprar una identidad falsa para esconderse es más fácil. Tailandia es de un exotismo que no disgusta del todo ni a Puigdemont ni a su esposa. Sería una solución muy drástica, tanto vital como políticamente.

Difícil, remota y cara

El expresidente de la Generalitat aún no ha tomado su decisión, pero ha escuchado también a personas de su entorno que le han hecho la reflexión de lo difícil, remota y cara que sería su adaptación en cualquiera de estos países, y lo complicadas que igualmente serían sus apariciones mediáticas. Estas personas le habrían sugerido que dependiendo de cómo resulte la sentencia, tal vez le saldría más a cuenta poner fin a su aventura y pactar su entrega. Pero aunque es siempre azaroso especular sobre cuál será su decisión final, de momento el líder fugado no baraja esta posibilidad, y en cualquier caso asume que cuando se conozca la sentencia podría ser demasiado tarde para la posibilidad de dejar Bélgica.

Más en el terreno político, el expresidente culpa a Oriol Junqueras de haberle puesto en la agónica situación en la que se encuentra por haber colaborado desde el primer momento con la Justicia. Puigdemont cree que si Junqueras le hubiera acompañado en su fuga, el juicio del Supremo no habría podido juzgar a ninguno de los líderes del levantamiento y que por lo tanto la sería más difícil, y menos creíble, reactivar la euroorden de extradición.

Se estrecha el margen de Puigdemont y la realidad le es cada más severa. Los fracasos de las ocurrencias de Boye en el Congreso y en el Parlamento Europeo, así como la indiferencia y el rechazo de la comunidad internacional a la idea general de romper un Estado democrático como España, y más concretamente a los métodos usados por el independentismo catalán, aíslan al prófugo, enfrentado hasta el desprecio con el primer partido independentista de Cataluña -que ya es Esquerra- y con sus propias filas fuertemente divididas, y buscando pactos con los socialistas para recuperar la centralidad de la política catalana y la normalidad institucional..

Las últimas encuestas sugieren que en las eventuales elecciones autonómicas que tendrán lugar en Cataluña entre el otoño y la primavera, Esquerra será con holgura la primera fuerza política del Parlament, y los convergentes pelearán con Ciudadanos para ser la tercera, siempre por detrás del PSC, que experimentaría una fuerte subida. Se entregue o se fugue, la llama de Puigdemont se está extinguiendo, principalmente, entre los que en 2017 eran sus más fervientes partidarios.

En el independentismo ha cuajado la sensación que lo que se quedó en España podrá tarde o temprano arreglarse, y que lo que se escapó será, para unos y otros, un poco una penitencia y otro poco el recordatorio de que más listo que un Estado no hay absolutamente nadie.