Del portazo al desplome

El triunfo de Casado surge de la necesidad de un revulsivo precipitado por la destemplada descomposición del marianismo

Ignacio Camacho
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Su cara lo decía todo. La expresión de Mariano Rajoy el sábado, tras anunciarse el resultado que proclamaba presidente del PP a Pablo Casado, era la de alguien que se sabía derrotado sin haber comparecido oficialmente en la batalla. Ni un ápice de entusiasmo ni de confianza en su actitud siempre educada: mera cortesía ante el inesperado vencedor de las primarias. Para los tres mil compromisarios y el resto de invitados no existía la menor duda de que, pese a la observancia de su anunciada neutralidad, su favorita en el proceso electoral interno era Soraya Sáenz de Santamaría, su ahijada política, su albacea testamentaria, y de que el triunfo del outsider Casado representaba el desplome definitivo, abrupto, de una larga etapa.

Rajoy no vio venir a Casado. Lo desdeñó como había desdeñado a otros fenómenos emergentes: a Podemos, a Ciudadanos, al mismo Pedro Sánchez hasta un minuto antes de su golpe de mano. Como minusvaloró la eclosión separatista hasta que estuvo a punto de desintegrar el Estado. Todas sus decisiones de los últimos tiempos parecen inspiradas por una suerte de estoico cansancio, como si él mismo se supiese al término de un ciclo agotado. El epítome de ese espíritu derrotista fue el escapismo de la célebre tarde del restaurante Arahy, cuando dejó que se consumase la moción de censura mientras Santamaría posaba el bolso en su escaño. Pocos días después se desentendió de su sucesión, del método, hasta del calendario; renunció a dirigir el partido y se fue a Santa Pola dando un portazo. Con elegancia y desprendimiento pero con la inevitable sensación de un final ingrato.

Las últimas decisiones de Rajoy parecen inspiradas por una suerte de estoico cansancio, como si él mismo se supiese al término de un ciclo agotado

Tampoco valoró que las primarias, un procedimiento que detesta, podían alumbrar un cambio, un revulsivo que fuese más allá de un simple relevo. Confiaba en la cooptación de Feijóo y se quedó –como todo el partido—descolocado por la espantada del presidente gallego. Pensó que el liderazgo se disputaría entre Cospedal y Santamaría como una continuación natural de su mandato aunque fuese mediante el último asalto de un viejo duelo. Pero en el seno del PP, vapuleado por la frustración y el desconcierto, surgió un espíritu inconformista que reclamaba una catarsis, una sacudida de los cimientos. Un liderazgo distinto y más fresco para afrontar la imprescindible travesía del desierto.

El marianismo ha caído porque se había convertido en una maquinaria enmohecida, arrastrada por el desgaste del Gobierno, de tal modo que la salida destemplada del poder, seguida del estruendoso portazo del jefe, precipitó su hundimiento. El PP ha perdido el voto joven –sólo tiene mayoría entre electores por encima de los 65 años–, la imagen, la reputación, el crédito. La corrupción, asociada al marianismo aunque proviene de le época de Aznar, ha acabado con su predicamento. Por eso muchos de sus afiliados han entendido mejor que su ya ex líder la necesidad de un rumbo nuevo, de una dirección más acorde con los tiempos. Rajoy era en cierto modo consciente de ello pero pensaba terminar la legislatura para consolidar lo único que de veras le ha importado: la gestión del crecimiento. Después se hubiese ido con el legado de una economía en cifras de récord. En vez de eso, ha salido con cierto oprobio, desplazado de mala manera y sin reconocimiento a sus méritos. Y le ha costado entenderlo.

Rajoy no vio venir a Casado. Lo desdeñó como antes a otros fenómenos emergentes: a Podemos, a Cs, a Pedro Sánchez hasta un minuto antes de su golpe de mano

La derrota de Soraya es el último de sus fracasos interpuestos. Su antigua mano derecha en el Gabinete desarrolló la campaña en tono soberbio; despreció el debate confiando en los manejos del veterano Javier Arenas, del aparatchik Maillo –enfrentado a Cospedal– y de exministros sin influencia real en el proceso. Casado hizo un equipo de jóvenes, nucleado en torno al llamado «grupo del Luarqués», y se lanzó con audacia a conquistar su propio terreno. Planteó su apuesta con énfasis ideológico y emocional, el reverso de una Santamaría apegada al indisimulado pragmatismo burocrático, al desprecio de la política característico de la etapa de Gobierno. Y entendió que el factor generacional, biológico, iba a ser clave en la definición del marco mental del enfrentamiento. Que el PP era el único partido pendiente de afrontar el verdadero debate de la política actual en España, el que se desarrolla en torno al eje entre lo nuevo y lo viejo.

Quizá lo que más irrite a los tardomarianistas es que su fracaso representa una vendetta indirecta del Congreso de Valencia de 2008, cuando Rajoy se decidió a liquidar al aznarismo. El triunfador ha recuperado los conceptos de Aznar y de Aguirre, los valores orillados del liberalismo de la mayoría social, y se ha impuesto moldeándolos con su propio estilo, directo, elocuente, emotivo. Sólo que ahora el PP ya no es, como hasta hace un lustro, un partido atrapalotodo capaz de abarcar desde la derecha al centro porque la herencia involuntaria del expresidente deja el bloque del centro-derecha dividido, bifurcado en el declive del bipartidismo. Ése es el reto principal, el núcleo del desafío: recuperar el voto escapado hacia Cs por el implacable deterioro de un liderazgo envejecido.

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