Populares y socialistas, juntos en la defensa de la Carta Magna

J. J. S.
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BILBAO. Ministros y oposición, políticos constitucionalistas, intelectuales, artistas, profesores, pacifistas, víctimas del terror, solidarios con los acosados, con los «sin libertad». Todos ellos se dieron cita en el pabellón de La Casilla, en Bilbao, para homenajear a la Constitución, como el mejor referente de libertad. Todos menos los nacionalistas Juan José Ibarretxe, Xabier Arzalluz, Juan María Atutxa, Joseba Egibar, Joseba Azkárraga... Menos el insolidario alcalde de San Sebastián, Odón Elorza.

Allí estaban los ministros de Justicia e Interior, José María Michavila y Ángel Acebes, respectivamente; los socialistas José Blanco, Alfredo Pérez Rubalcaba, Patxi López, Javier Rojo, Rosa Díez, Mario Onaindía, Carlos Totorica, Nicolás Redondo Terreros, Nicolás Redondo Urbieta. Acudieron también para arropar a la Constitución, allí donde se le ataca, los populares Jaime Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz, Ana Mato, María San Gil, Antonio Basagoiti, Asunción Pastor, Gonzalo Quiroga, Enrique Villar. Populares y socialistas olvidando las discrepancias partidistas, arropando, juntos, la libertad allí donde no existe. Alcaldes y concejales, junteros, parlamentarios autonómicos y nacionales, senadores. Todos ellos constitucionalistas de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Allí, en La Casilla, donde no hace mucho tiempo un lendakari insolidario con los acosados por ETA explicaba su plan soberanista, estaban ayer esas víctimas de la barbarie terrorista, como José Ramón Recalde o Lola Díez-Bada; artistas comprometidos, como Agustín Ibarrola; intelectuales comprometidos, como Edurne Uriarte, Fernando Savater, Carlos Martínez Gorriarán. Algunos de ellos obligados a compartir su docencia académica con profesores que han reunido más méritos para enseñar manuales de terrorismo en una «herriko taberna» que para ejercer en una universidad pública. Allí estaban Jaime Larrínaga, el párroco de Maruri hostigado por el PNV. También, solidarios, «padres» de la Constitución, como Gregorio Peces Barba y Gabriel Cisneros. Pero, sobre todo, estaban muchos ciudadanos anónimos ansiando la libertad.