POLITICA EXTERIOR Y CONSENSO

GERMÁN YANKE
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Antes y después del acuerdo de Bruselas sobre la futura Constitución europea se ha reclamado «consenso» en la política exterior española. Lo del consenso es una murga que se repite, poniendo como ejemplo lo que sólo sirvió para una particular e irrepetible etapa de la política española, desde la transición del franquismo a la democracia. A veces la utiliza el poder para reclamar un apoyo al Gobierno por el mero hecho de serlo; a veces la oposición para colar de esa manera lo que no ha logrado con las urnas. La democracia, sin embargo, es confrontación y la confrontación no es necesariamente una batalla, sino las saludables divergencias que la democracia, precisamente, en vez de eliminar, somete a reglas.

Los consensos verdaderos, aquellos que establecen modelos duraderos más allá de los vaivenes de la política, no se fuerzan ni se negocian coyunturalmente. Se sostienen más bien en criterios previamente admitidos por todos que no es necesario pactar y sujetar con alfileres tras unas cuantas noches interminables de intercambios entre distintos representantes políticos. Lo que sabemos que no va a cambiar gane las elecciones de Estados Unidos Bush o Kerry es el consenso norteamericano sobre el papel de su país en el mundo. La posición del Reino Unido ante la guerra de Irak es, asimismo, parte de consenso sobre política exterior británico y no un acuerdo urgente entre conservadores y laboristas ante lo que se avecinaba. Del mismo modo, el particular -y a veces paradójico- concepto de la «multilateralidad» en Francia pertenece al desideratum de la historia de nuestro vecino, aceptado por unos y otros, y no a la incapacidad de los socialistas a proponer una alternativa a las posiciones de Chirac en asuntos exteriores.

Pretender un consenso español en política internacional es un vano intento si se quiere conseguir por desistimiento del adversario político o por un acuerdo estrafalario y temporal como los que protagonizaron, sobre diversos aspectos de la Constitución española, Guerra y Abril Martorell, con más café que calma, más presionados por el momento político que por las ideas sedimentadas en los partidos que representaban. Aznar, ante la intervención internacional en Irak, pidió consenso aduciendo que había que creerle, que su decisión era la que más convenía a España. La oposición le exigía que hiciera lo contrario argumentando la necesidad de consenso. Rodríguez Zapatero, ante la cumbre europea de la pasada semana, solicitaba consenso y el PP le pedía que no hiciese lo que anunciaba porque debía consensuar con ese partido la postura española ante la Constitución europea. El consenso tiende, cuando se plantea así, al absurdo.

En Estados Unidos hay un consenso básico sobre política exterior, pero no lo hay sobre la organización interna del Estado del Bienestar. En el Reino Unido lo hay sobre las relaciones atlánticas, pero falla sobre Europa. Son todas ellas realidades que se basan en la historia de esos países y no en intercambios fugaces entre sus diferentes opciones políticas.

No es por ello fácil conseguir el consenso que se reclama en España sin una reflexión más serena sobre el papel de un país que ha estado cerrado sobre si mismo, acomplejado en el damero internacional y sin una opinión pública interesada por esas cuestiones. Quizá sea mejor, por eso, abrir el debate entre nosotros sin la limitación absurda de aventar el consenso como arma política. Quizá terminemos por enterarnos de algo y podamos elegir.