El Plan Badajoz, que transformó la economía regional, cumplió 50 años

JOSÉ ENRIQUE PARDO
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MÉRIDA. Unas 5.000 familias llegaron a partir del mes de abril de 1952 a los «pueblos blancos» que el franquismo había construido para ellos a la vera del río Guadiana con la promesa de «redimir a estos magníficos y sufridos labradores de las pardas tierras extremeñas» (Franco, 1945).

Era el famoso Plan Badajoz, que el pasado 5 de abril cumplió 50 años en medio de la más absoluta indiferencia oficial. Aquellos colonos, que hace medio siglo llegaron casi con lo puesto al oasis de la España seca, dejando atrás la miseria y el paro, son hoy los padres y abuelos de una generación de jóvenes con más oportunidades que ellos pero también con muchas más necesidades. Lo cierto es que viven en una de las zonas más prósperas de la región extremeña y quizá también con más futuro si se consolida al fin lo que a juicio de los expertos fue la gran carencia del Plan Badajoz: el desarrollo de una industria capaz de comercializar y dejar en estas tierras el valor añadido de cada producto agrario.

Sirva como ejemplo que hoy en día buena parte del tomate transformado que se vende en los comercios de medio mundo se cultiva en estos campos: 130.000 hectáreas de fértiles tierras de regadío que en 1952 eran estériles campos de secano.

El plan Badajoz supuso la construcción de los principales embalses que tiene Extremadura, como el pantano de Orellana, Cíjara, García Sola o Puerto Peña y Montijo. Miles y miles de kilómetros de canales de riego y más de 100 pueblos nuevos.

Pero los recuerdos, como casi siempre, son agridulces y tras los nombres de estas localidades, Guadiana del Caudillo, Hernán Cortés, Valdelacalzada, Conquista, Villafranco del Guadiana, y tantos otros, se esconden bonitas historias de convivencia y superación pero también de sufrimiento, sudor y hasta decepción.

«Lo pasamos muy mal, y lo seguimos pasando muy mal», nos cuenta Remedios, una anciana natural de Zafra que en 1952 llegó con su marido, recién casados, a un pueblo sin estrenar llamado Valdelacalzada para empezar una nueva vida. El comienzo de esa nueva etapa fue una fría luna de miel «en un pequeño barracón sin luz junto a mis suegros».

Remedios reconoce que no tenían nada y les dieron una buena parcela de tierra, vacas, y semillas para sembrar maíz y patatas. También reconoce que sus condiciones de vida han mejorado mucho pero cree que no ha merecido la pena.

«Estaría bueno que no hubiésemos mejorado en 50 años -dice desafiante-, claro que hemos mejorado, pero yo tengo dos hijos y uno de ellos ya se ha tenido que ir al extranjero a buscar trabajo porque estaba en el paro». «Nos hubiera ido mejor si hubiésemos emigrado a Alemania», asegura.

Otros colonos creen que el Plan Badajoz fue la oportunidad de su vida. «Nosotros en Sevilla no teníamos futuro», nos cuenta Antonio, «y aquí, aunque con más dolor que gloria, hemos conseguido sacar adelante una familia».

Antonio cree que el proyecto franquista hubiera salido mejor si los regadíos se hubieran complementado con fábricas transformadoras.

Su hijo explota ahora la parcela que le dieron a él en 1952 y cuando le acompaña al campo, se le llena la cabeza de recuerdos. «Una mezcla entre nostalgia y felicidad», dice mientras mira una foto de su nieto en la escuela a la que él no pudo ir nunca.