Piquer y Jurado, la eterna cantinela

La primera vez que se vieron Concha Piquer y Rocío Jurado fue en la casa que la primera tenía en Madrid. Doña Concha Piquer era toda una celebridad y no había nadie que le tosiera en su mundo ni en su

BEATRIZ CORTÁZAR
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La primera vez que se vieron Concha Piquer y Rocío Jurado fue en la casa que la primera tenía en Madrid. Doña Concha Piquer era toda una celebridad y no había nadie que le tosiera en su mundo ni en su arte. Fue una de las amigas que por las tardes se reunían en su salón para echar una partida de póker, Concha «la del Johny» (él era un banderillero de Antonio Ordóñez) quien, en una de esas citas, le habló de una chica de Chipiona que cantaba muy bien. Concha, la del Johny, solía echar las cartas a quien le pedía conocer su futuro, y está claro que la visión no le falló con el porvenir más que prometedor de aquella jovencita que cantaba tan bien. La Piquer aceptó la sugerencia, llamó al maestro Posadas, y la citó para el día siguiente.

De ese primer encuentro insisto que circulan muchas leyendas. Rocío Jurado nunca guardó buen recuerdo, puesto que en algunas de las entrevistas que dio cuando ya era una cantante conocida siempre dejó entrever que no había ningún cariño hacia quien había sido su ídolo de juventud. Como Doña Concha era muy suya y nunca aclaraba nada ha sido ahora su hija Concha Márquez Piquer quien me insiste en que la historia no es como se cuenta, sino como ella la recuerda, puesto que asegura que esa tarde estaba en la casa y que ella misma abrió la puerta para recibir a la Jurado, quien llegó en compañía de su madre, Rosario, y Concha, «la del Johny».

«Mi madre nunca quiso aclarar algunas cosas que dijeron de ella, como que fue quien echó a Miguel de Molina de España. Era muy suya y solía repetir que no le importa lo que la gente pensara de ella puesto que quienes la conocían sabían la verdad y quienes sólo querían criticarla lo iban a seguir haciendo dijera lo que dijera. «Si quieren decir, que digan», repetía. Por eso nunca contestó a cuantos la acusaron de lo de Molina. Menos mal que, muchos años después, Carlos Herrera entrevistó al cantante en Buenos Aires y le preguntó si era cierto que fue por culpa de la Piquer que saliera de España. Molina no sólo lo negó, sino que aseguró que era muy amigo de mi madre y un gran admirador de su talento. Cuando le puse esta cinta a mi madre en casa lo único que comentó fue «a buenas horas, con el daño que me ha hecho», y se fue a dormir la siesta. Así era ella. Con la visita de Rocío a nuestra casa pasa lo mismo. Fue en el año 56 o 57. Yo estaba de vacaciones del internado en Suiza y por eso pude verla. Llegaron a las cuatro. Las pasé al salón donde las esperaba al piano el maestro Posadas a quien mi madre invitó a comer un arroz con mariscos. Venían muy nerviosas. Rocío comentó que traía la voz «rozaíta» y mi madre le dijo que se relajara y que cantara. Creo que empezó con «Mañana sale», una canción de mi madre. Me miró y por su mirada supe que le gustaba cómo lo hacía. No es verdad que le gritara porque se apoyara en su piano. Lo que le indicó fue que para cantar esas canciones había que echarse hacia adelante, que las líricas son las que se apoyan en el piano pero que para esos temas había que andar, abrir los brazos. «Avanza y empieza a cantar», le indicó. Después de varias canciones Rocío le dijo que también cantaba flamenco y de ahí que esa noche a mi madre se le ocurriera recomendársela a Pastora Imperio para que la llevara a su tablado de «El Duende». Y así empezó a trabajar». Con estas palabras Concha Márquez Piquer quiere acabar de una vez con las leyendas que rodean a su madre y su mal carácter. «No era amiga de aclarar las cosas. No lo hizo con Molina ni con Rocío».

Volviendo a la actualidad mucho arte fue el que se vio en la presentación del disco de Manuel Lombo en Madrid. Desde Jaime de Marichalar a la condesa de Romanones pasando por Finito de Córdoba y Arancha del Sol, muchos fueron los que le aplaudieron y animaron en su puesta de largo. Otro tipo de arte mostró la actriz Elsa Pataki en la entrega del premio de Diseño Venus de Gillette. Los diseñadores Modesto Lomba, Andrés Sardá, Nuria Sardá, Angel Schlesser, Roberto Torreta, Guillermina Baeza y Belén Larruy eligieron el mejor traje de baño del concurso que presentó la actriz Carolina Cerezuela y trajo, por unas horas, a una Pataki que está mucho más precavida pero igual de encantada con su novio Adrian Brody, quien la semana que viene también tendrá su minuto de gloria en Madrid. Los dos son de anuncio. n