Pilimilismo

El coche que sí importaHay discusiones que no se deben tener en la mesa pero habiendo confianza se suelta uno. Ya sabíamos que un masaje en los pies sí tiene importancia, según los argumentos de Jules

ROSA BELMONTE
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

El coche que sí importa

Hay discusiones que no se deben tener en la mesa pero habiendo confianza se suelta uno. Ya sabíamos que un masaje en los pies sí tiene importancia, según los argumentos de Jules y Vincent en «Pulp Fiction» (no hay reglas de urbanidad sobre las discusiones que dos gansters pueden tener en un coche). Y sí es razón para matar a un tío. Aunque siendo los pies de Uma Thurman los más feos de la historia del cine, lo que sí sería motivo para matar a alguien (a un director de cine) es esa exhibición pinrélica en «Kill Bill». Son pelín desagradables. Una cosa es ser fetichista de pies y otra ser un guarro. Pero mi discusión de sobremesa iba sobre coches fúnebres. Sobre si alguien que trabaja conduciendo uno puede ir a comer a casa de su suegra y aparcar el coche de la empresa en la puerta de la vivienda unifamiliar para pasmo del personal y del vecindario. Aunque esté vacío. No es lo mismo que una furgoneta de Seur. Y tampoco estamos hablando de Herman Munster, que gastaba el mismo automóvil para el trabajo y como vehículo familiar. Ni del buga de Claire Fisher, la hija de «A dos metros bajo tierra». Que sí, iba al instituto con un coche fúnebre, pero había cambiado de uso y era verde pistacho. Conclusión: un coche de muertos en la puerta de una casa sí es importante. También hubo quien apuntó que era el vehículo ideal para ir a Ikea.

Parecidos razonables

Cuando Glenn Close empezó a hacerse famosa (aproximadamente por el 82 y 83, con «El mundo según Garp» y «Reencuentro») todos decíamos lo mismo como pega: se parece demasiado a Meryl Streep, que era una estrella desde «Kramer contra Kramer» (1979) y a la que llevábamos admirando desde «Julia», «La decisión de Sophie» o «Manhattan». A contra corriente iban Truman Capote («tiene nariz de pollo, me da grima») o Katherine Hepburn («demasiado cerebral, depende mucho de la técnica»). Con el tiempo dejamos de prestar atención al pilimilismo. Aun así, la única gracia de «La casa de los espíritus» era la coincidencia de ambas actrices (incluso con la caracterización de Glenn Close como Férula, se daban ese aire de estar permanentemente hervidas). En «El atardecer» no coinciden porque no tienen escenas juntas pero volvemos a ver lo que se parecen. Tanto que Mamie Gummer, la hija de de verdad de Meryl Streep, más parece hija de Glenn Close (lo es sólo en la ficción) que de ella. Ni Natasha Richardson (ni Joely) se parecen tanto a Vanesa Redgrave como Mamie a Glenn Close. Vale, también a Meryl Streep. ¿La película? Un coñazo. Supongo que siendo «A payicas film» (o un serrallo de actrices jóvenes y mayores) se puede calificar así con toda propiedad. Ahora, las estrellotas están enormes, sobre todo la Redgrave y la Streep (tiempo ha pasado desde «Julia»). Es un coñazo pero de lujo.

Testigos inhábiles

Según un teletipo de Associated Press con origen en Roma, los lumbreras de un juzgado de Nápoles pretendían que ayer prestaran declaración Piolín, Mickey, el pato Donald y Daisy. Parece un argumento propio de «¿Quién engañó a Roger Rabbit?», donde los dibus se mezclaban con las personas, pero se trata de un pleito por falsificación de productos de Disney y Warner Bros. en el que está implicado un chino («What else?», que diría George Clooney). Los funcionarios citaron a los dibus como partes afectadas. Al cierre de esta edición desconozco si los testigos han acudido al tribunal y si, en caso contrario, se tomarán medidas contra el pájaro, el ratón y los dos patos.