Pilar Elías:«He sido elegida en tres legislaturas y no sé quiénes son mis votantes»

«Si aún no han conseguido echarme de mi pueblo, nadie me va a echar ya». Su autoridad moral la fortalece cuando cada día se topa, junto a su casa, con el asesino de su esposo

TEXTO: BLANCA TORQUEMADA FOTO: IGNACIO GIL/
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La historia de Pilar Elías está atrapada entre dos nombres: el de Ramón Baglietto, su marido, asesinado en 1980, y el de Cándido Azpiazu, el etarra que lo mató: «Hasta hace unos meses no sabía quién era, no lo identificaba. Ahora sí, porque me lo dijeron. Hace ya mucho que Cándido salió de la cárcel, a los doce años del asesinato lo soltaron. Pero cómo iba a reconocerlo, si está muy cambiado. Era un crío cuando lo detuvieron. Guapísimo, por cierto. Luego aprendió el oficio de carpintero, así que si se ha comprado la cristalería que está enfrente de mi casa es sólo para destrozarme. Para aniquilarme. Muchos días lo veo en la puerta de la tienda, desafiante. Así vivo. Con la herida más devastadora, la del tiro que acabó con la vida de mi esposo hace veinticinco años, y también con la de que ahora su asesino forme parte de mi paisaje cotidiano cuando salgo a comprar el pan, cuando voy al pleno del Ayuntamiento, cuando vengo del mercado. No me he ido, no me iré. Cada día me siento más fuerte».

Después del asesinato

«A Ramón lo asesinó porque era muy amigo de Jaime Mayor. A la UCD la exterminaron metódicamente. Mis hijos tenían 13 y 9 años, me tuve que volcar en ellos. Por eso tardé en dedicarme a la política. Los dos se han casado con chicas de Zarauz y aquí viven. Por eso te he citado aquí, vengo los fines de semana para estar con mis nietos y para respirar libertad. Como es un pueblo turístico, más abierto, no tiene nada que ver con el ambiente de Azcoitia. A mis hijos no les gusta volver a casa, tienen ese rechazo grabado en lo más hondo. Tuvieron miedo la primera vez que me presenté a las elecciones, pero ahora son los primeros en animarme, «muy bien, ama», me dicen. Cuando salí concejala la primera vez, ni me lo esperaba. Mi padre estaba pendiente y me recibió pesimista: «fracaso, ¿no?», preguntó. «No, aita, lo he conseguido». Se emocionó».

Campañas a hurtadillas

«Llevo ya tres legislaturas y no sé quiénes son mis votantes, sé sólo de un puñado. Hacemos lo que podemos. Como a veces no llega a todo el mundo el voto por correo, escondo papeletas en un periódico y me voy al mercado. Allí es ver y esperar. Alguien te hace un gesto significativo y te acercas. «¿tienes votos?», murmuran por lo bajo. Y les acercas el periódico para que cojan. Mi sueño es poder hacer campaña en igualdad de condiciones. No todos vivimos en libertad».

«Sí, hemos ganado mucha tranquilidad en el Ayuntamiento sin los de Batasuna. Como la noche y el día. Hay 17 concejales, la gran mayoría del PNV, 4 de un grupo de independientes que se llama Batera, el socialista y yo. Ahora comparto con él un despacho (¡por fin hemos conseguido en esta legislatura que nos pongan despacho!) y nos llevamos estupendamente. Tampoco tengo problemas con el alcalde nacionalista. Conmigo es un sol. Tiene que aguantar lo suyo, porque los de Batasuna andan todo el día detrás. Con eso de que no se pudieron presentar, se atribuyen los concejales que según ellos habrían sacado y le reclaman dinero. Va creciendo la cantidad y le llaman ladrón. Se cuelan en el Ayuntamiento, atosigan, piden la palabra, pero el alcalde les hace callar. Es estricto y se lo agradezco. Ahora, para las autonómicas, ayudo lo que puedo en la campaña, pero no es fácil. Un sistema es intercambiarse con los compañeros de Oñate, de Legazpia, de Zumárraga: yo entrego propaganda donde ellos, donde no me conocen. Pero ninguno viene aquí, a ver si se animan. Es difícil que la gente te acepte los papeles, así que hay que buscar las mañas. Una vez dábamos unos en los que venía el calendario del fútbol europeo y el truco era decir a los señores que eran de deporte, antes de que se dieran cuenta de que además venía lo del PP. No todo el mundo los rechaza, pero sí a casi todos les da miedo significarse en público».

«Estoy muy preocupada. Si gana el nacionalismo tenemos ya en bandeja el plan Ibarretxe y eso es la destrucción del País Vasco. Pero mientras haya esperanza, sigue la lucha, cada pequeña conquista es maravillosa. Acabo de lograr que me traduzcan los escritos municipales al castellano. Hablo euskera, pero el mío de Guipúzcoa, no el batúa, ese otro invento del nacionalismo. Eso sólo se lo oyes a los jóvenes. Para mí, mucho odio ha salido de las ikastolas».

Una bomba en el buzón

«Te tienes que acostumbrar a los escoltas, a la vida vigilada. Soy ama de casa y no puedo ni bajar a tirar la basura ni abrir el correo. En la tregua-trampa me dejaron un paquete-bomba en el buzón. Salí en los telediarios, a mi pesar. Ningún bar de Azcoitia es seguro para mí. Aunque, como soy abierta, me llevo bien con muchos vecinos. A fin de cuentas, es la gente de mi pueblo».

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