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Perfil: Rudolf Augstein, Director de Der Spiegel: Insolente y bien informado

La muerte de Augstein sigue en días a la del monumental editor Siegfried Unselds, que enseñó a leer a la nueva Alemania, y en meses a la de Marion von Dönhoff, que fundó el otro gran semanario alemán: Die Zeit. Sin ellos, y con la nueva república de Berlín, muchos ven cerrarse una era en Alemania.

RAMIRO VILLAPADIERNA
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Rudolf Augstein, probablemente el periodista más importante del último siglo alemán, se jactaba de no haber encontrado nunca dificultad «en estar contra algo». Parecía haber nacido con el propósito de sacudir a Alemania de la cama cada lunes y arrojarla a los ki-

oskos. A su muerte, el canciller ha dicho que «ha guiado y ha acompañado» a los alemanes al través de un doloroso siglo. Con el Spiegel -espejo- casi, en algún momento, como solo faro de luz.

Nacido en Hannover, hijo de fotógrafos católicos renanos, hizo prácticas con 18 años en un periódico local, siendo llamado al frente al año siguiente; prisionero americano, al año siguiente estaba de vuelta en el periodismo, donde su estilo irrespetuoso hacia los nuevos políticos y los propios occidentales llamó la atención a los mandos británicos, que le permitieron abrir un semanario en Hamburgo, en 1947, con 23 años. De 15.000 ejemplares pasó a 720.000 en los momentos del célebre «affaire Spiegel» y a 1,1 millón en los últimos tiempos, con extremos de hasta cinco millones.

En una Alemania desventrada, de huérfanos y cómplices, sin estado, Augstein inició semana a semana una cierta catequesis democrática. Spiegel ha ayudado a formar la cultura política y la toma de conciencia de los alemanes occidentales, reconocían ayer deudos intelectuales. Con los atentados de la RAF en las calles, el propio Augstein fue persuadido para ocupar un escaño con los liberales, pero el experimento lo agotó en tres meses, regresando a su cabecera.

El semanario liberó al noble pero viejo periodismo alemán, que cuenta figuras como Walter Benjamin o Joseph Roth, de su pesadez, imponiendo la frase corta; un estilo de la casa hecho de reportajes escritos y corregidos entre varios, sin firma. El Spiegel descubría y reflejaba los primeros escándalos financieros, las escuchas policiales ilegales, el desvío político de fondos y los primeros delitos de financiación de partidos: el mayor, el caso Flick, que llegó a alcanzar a los socialistas españoles.

Pero su manía favorita era sobresaltar cada lunes a los democristianos. Y pese a su enemistad con el grupo Springer, una de sus mejores semblanzas era ayer la de Die Welt. En realidad sólo Helmut Kohl -que lo odiaba personalmente- ha podido jactarse de no haber «leído nunca» Spiegel, pero incluso a él no le habría venido mal.

El tempestuoso Franz Josef Strauss llegaría a cerrar el semanario y meter a Augstein en la cárcel por alta traición, en 1962, cuando criticó el ramplón estado del nuevo ejército alemán. «Qué son 103 días entre rejas», dijo Augstein, cuando le costó la cabeza a Strauss. Fue el bautismo de fuego del nuevo periodismo alemán. El presidente decía ayer que Alemania «habría sido otra sin él». Hoy Spiegel es un portaviones periodístico, su página de internet tiene más lectores que los mismos diarios y su investigación sobre el 11-S ha tenido repercusión mundial.

Pero Spiegel no es un simple perseguidor de noticias: el tono lo dio Augstein cuando, para explicar a los alemanes el significado de los juicios de Nürenberg, eligió una larga entrevista con Karl Jaspers. Y si tras la guerra denunció a quienes hablaban de futuro para encubrir el pasado, tras 1989 no ha dejado de recordar también sombras occidentales: ejemplo es su última serie sobre la expulsión violenta de los más de diez millones de alemanes del este de Europa.

Histérico, megalómano, incluso «nacionalista» son críticas que se le hicieron. La muerte de Augstein sigue en días a la del monumental editor Siegfried Unselds, que enseñó a leer a la nueva Alemania, y en meses a la de Marion von Dönhoff, la intrépida condesa prusiana que fundó el otro gran semanario: Die Zeit. Sin ellos, y con la nueva república de Berlín, muchos ven cerrarse una era en Alemania.