El penúltimo fraude

Puigdemont sabe que no tiene nada que ofrecer, que su llama lentamente se apaga, que Esquerra ha empezado a ocupar la centralidad del independentismo y que el cambio de hegemonía en este sector puede darse ya por descontado

Salvador Sostres
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Carles Puigdemont y sus acérrimos saben que no tienen nada que ofrecer, que su llama lentamente se apaga, que Esquerra ha empezado a ocupar la centralidad del independentismo político y que el cambio de hegemonía en este sector de la sociedad catalana puede darse ya por descontado y es sólo cuestión de tiempo que las distintas convocatorias electorales lo vayan confirmando.

La semana pasada, justo antes de que la Junta Electoral suspendiera su candidatura, y en previsión de que Esquerra iba a ganar las elecciones generales en Cataluña, Puigdemont tenía previsto su enésimo truco de magia —es decir, su enésimo engaño— para animar su campaña a las europeas. El enredo habría consistido en publicar la imagen de un billete de avión a su nombre para regresar a España y en anunciar su presencia en el mitin final en el pabellón de Fontajau (Gerona). Evidentemente, Puigdemont no tenía pensado volver, y su idea era decir a última hora que por razones de seguridad el viaje al final no podría realizarse. Para no defraudar del todo a los asistentes, Puigdemont pensó en encomendar a Pep Guardiola que le sustituyera en la presentación del acto, pero Pep declinó amablemente la invitación. Entonces la campaña de Junts per Catalunya pensó en Beatriz Talegón para dar el cambiazo.

El intento de fraude no está aún del todo descartado, pero dos cosas han sucedido que hacen dudar al expresidente de la Generalitat. La primera, los pésimos resultados que su candidatura obtuvo el pasado domingo. Una Convergència que estaba ya en mínimos históricos, perdió todavía un escaño, tras haber confeccionado Puigdemont una lista sólo de intensos partidarios y de la que los discrepantes y moderados fueron purgados. La segunda cosa tiene que ver con la decisión de la JEC de no permitirle presentarse a las elecciones.

Tras su última rueda de prensa, el abogado Jaume-Alonso Cuevillas, candidato de JuntsxCat por Gerona, explicó en un «off the record» con los periodistas que «España quiere blanquearse ante Europa, y prohibir la candidatura de Puigdemont minaría la credibilidad de su sistema judicial. Para hacer ver que son un estado garantista, seguro que el Supremo le permite presentarse. Y además, la Junta Electoral nos habrá hecho media campaña con la prohibición provisional».

De modo que si su candidatura queda finalmente prohibida no tendría ningún sentido que se arriesgara a volver, ni a quedar como un mentiroso prometiéndolo y luego no haciéndolo; y si finalmente el Supremo la autoriza, tal vez le baste con la épica victimista de la «injusta» y «antidemocrática» España como revulsivo de una campaña que ahora mismo está muerta y de unas expectativas que están por los suelos.

El único recurso que le queda a Puigdemont es la épica —y además engañosa— para sus entusiastas más emocionales y menos inteligentes. Le funcionó el 21 de diciembre de 2017, en las elecciones convocadas en virtud del artículo 155, y aunque las ganó Inés Arrimadas, él pudo derrotar a Junqueras, que en el fondo es lo único que le interesaba, para mantener la hegemonía de su partido en el submundo independentista. Pero parece que al aprendiz de brujo se le han agotado los trucos y que los catalanes, incluso los más independentistas, se han dado cuenta de mentiras como la de que existe una supuesta república catalana, y han votado moderación, pragmatismo y pacto, confiando en la Esquerra de Junqueras. Está por ver -y sería la primera vez- si ERC entiende el mensaje y a última hora no acaba cediendo —como hasta ahora siempre ha hecho— a los que luego llama locos, estúpidos, hiperventilados, y nos piden el voto para pararlos.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres