Qué pena de agua

La escasa infraestructura ha impedido que el extraordinario caudal registrado durante la crecida, hasta diez veces superior al habitual en algunos puntos, haya servido para calmar la sed en las secas tierras del Valle del Ebro. La construcción de las numerosas obras de regulación comprometidas no llevan el ritmo deseable.

MANUEL TRILLO
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ZARAGOZA. Los cuantiosos daños que la reciente riada ha dejado a su paso por la cuenca del Ebro son sólo parte del drama. Tal vez lo más penoso sea que la escasa infraestructura ha permitido que el ingente volumen de agua que ha arrasado las riberas se haya perdido en el Mediterráneo sin ser aprovechado para irrigar las áridas y sedientas tierras del Valle medio.

Durante la crecida el caudal del río llegó a multiplicarse prácticamente por diez en algunos puntos respecto a los niveles habituales por las mismas fechas. Así, en las proximidades de Logroño llegó a alcanzar el pasado día 5 los 2.160 metros cúbicos por segundo, mientras que esta semana se encontraba en tan sólo 275. Aguas abajo, en la localidad navarra de Castejón, las aportaciones de afluentes como el Ega o el Aragón llevaron el Ebro hasta los 3.210 metros cúbicos frente a los 684 que marcaban una vez superada la riada los datos de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), y la capital zaragozana vio pasar a los pies del Pilar casi 3.000 metros, cuando ahora sólo fluyen poco más de 800. Más llamativa aún es la comparación si se hace con las medias históricas (que incluye los veranos), que en Castejón es de 232 metros y en Zaragoza de 220.

Mil hectómetros cúbicos extra

En suma, entre los días 28 de enero y 10 de febrero, el volumen de agua que pasó por la capital aragonesa fue de unos 1.600 hectómetros cúbicos, mil más de lo habitual, según fuentes del organismo regulador de la cuenca.

Los efectos devastadores de la crecida, para los que el Gobierno ha aprobado ya 55 millones de euros en obras de emergencia, han puesto de nuevo sobre la mesa la necesidad de acometer las actuaciones de regulación pendientes. La Confederación Hidrográfica lo considera imprescindible, tratándose de una cuenca tan irregular, guardar para la escasez del verano el agua que ahora se desperdicia. En la actualidad apenas se retiene en algunos afluentes de la margen izquierda -la que más aporta al Ebro- como el Gállego o el Cinca y es necesario incrementar el almacenamiento en el Aragón, donde la presa de Yesa se ha quedado pequeña.

Sin embargo, distintas razones como procesos judiciales abiertos o una compleja tramitación para cumplir con la legislación medioambiental están haciendo que los proyectos se desarrollen con más lentitud de la deseable, si bien también son frecuentes las críticas a la falta de voluntad para acometerlas, lo que se niega con rotundidad desde la Administración central.

Los Presupuestos del Estado prevén este año 675,3 millones de euros (casi 113.000 millones de pesetas) en inversiones para la cuenca del Ebro. Sólo las obras previstas en el Pacto del Agua suscrito en las Cortes de Aragón en 1992, y recogidas en el Plan Hidrológico Nacional, requerirán en total más de 2.400 millones de euros.

Entre las obras en marcha figuran el recrecimiento de la presa de Yesa -que triplicará su capacidad actual de 470 hectómetros cúbicos- o la construcción de los embalses de Montearagón (51 hectómetros en el río Flumen), La Loteta (96 hectómetros para el abastecimiento de Zaragoza), Biscarrués (192 hectómetros en el Gállego) y Santaliestra (en el Ésera, con 70), este último paralizado por un proceso judicial. Tras más de una década de trabas por parte de los detractores del proyecto, está a punto de comenzar el llenado de la presa de Itoiz, de 418 hectómetros.

También han comenzado las obras de los embalses de Malvecino y Laverné, reguladores internos del sistema de Bardenas; se ha adjudicado la construcción del de Lechago (río Jiloca), y están en tramitación las de Torre del Compte, Mularroya o Susia -alternativa a la presa de Jánovas, desestimada por su impacto ambiental-. Otras obras significativas en ejecución en la cuenca son el Canal de Navarra -que llevará de norte a sur de la Comunidad foral las aguas procedentes de Itoiz- y el Segarra-Garrigues, que arrancará del embalse ilerdense de Rialb.

Los frenos de la avenida

Los efectos de la pasada riada pudieron ser peores de no actuar algunos de los embalses existentes. Los de Urrunaga y Ullivarri en el Zadorra y de Yesa en el Aragón, así como la contribución del de Itoiz en el Irati, aún en obras, redujeron en 500 metros cúbicos los caudales que llegaron a Castejón, por lo que sin esas obras la riada no habría tenido nada que envidiar a la histórica de 1961, que pasó por Zaragoza con 4.130 metros por segundo. El propio presidente de la CHE, José Vicente Lacasa, explica cómo Yesa actuó de freno: «Con el resguardo que habíamos dejado siguiendo las normas de explotación, conseguimos que, con un caudal de entrada que llegó a casi 600 metros cúbicos por segundo, la punta, en los peores momentos, fuera de 100 metros cúbicos por segundo, dejando dentro del embalse unos 500 metros cúbicos que hubieran supuesto un aumento de caudal en Castejón y en Zaragoza». Asimismo, el sistema formado por los embalses de Mequinenza, Ribarroja y Flix, frenó la avenida aguas abajo de Zaragoza, de modo que en la desembocadura del Ebro en Tortosa, los efectos de la riada apenas se apreciaron.