El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez - IGNACIO GIL

Pedro Sánchez: Un impulso constitucional para el cambio de época

En su corazón late una verdad sobre España que conviene reforzar y asumir entre todos: que en la complejidad de nuestro país reside su riqueza

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Hoy, como hace cuarenta años, vivimos un cambio de época. El mundo se ha transformado velozmente en la última década y, al igual que sucedió durante la Transición, nuestro país se pone a prueba. La Constitución de 1978 fue entonces la respuesta. Su hoja de servicios es, desde cualquier punto de vista, un éxito sin precedentes en nuestra historia. Uno de los pocos proyectos realmente compartidos de nuestros últimos siglos. Esa, la de recuperar la convivencia, el diálogo y el acuerdo entre españoles, es su gran contribución, de la que nacen todas las demás.

Al igual que hace cuarenta años, estamos hoy ante retos relacionados con Europa, el bienestar social o la estabilidad territorial. Pero también afrontamos otros nuevos, como el cambio climático, la preparación de nuestra sociedad para la revolución digital, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres o el nuevo equilibrio global tras una crisis que dejó muy dañada la confianza ciudadana en sus representantes.

En el Gobierno creemos que este cambio de época requiere que privilegiemos la mirada sobre cinco grandes asuntos que engloban todos estos retos: la educación, el mercado de trabajo, la financiación del Estado del bienestar, la transición ecológica y una reforma constitucional que amplíe derechos y cohesione España. La Constitución fue entonces la respuesta, y una reforma de nuestra Carta Magna que amplíe su perímetro y cohesione social y territorialmente al país debe serlo ahora. Porque, como dijo Ortega y Gasset, «regimos nuestra vida no por lo que fuimos en el pasado, sino en base a lo que queremos lograr y cómo queremos llegar a ser».

Es importante volver a conectar a los ciudadanos y las ciudadanas con sus instituciones. No será posible enfrentar los desafíos colectivos sin una relación de confianza, amparada además en una Constitución que está plenamente vigente y debe reforzarse a través de una reforma bajo el espíritu del 78. Entonces se pudo, en circunstancias incluso más difíciles que las actuales, y debe ser posible hoy.

Los españoles y las españolas así lo piden. El barómetro del CIS del pasado septiembre indicaba que casi un 70% de los ciudadanos creía que era necesaria una reforma de nuestra Constitución. No porque los españoles descrean de ella, sino por todo lo contrario: para impulsarla y que nos proporcione otra etapa de progreso como la que nos ha dado en estas últimas cuatro décadas. La sociedad española, como ocurrió entonces, va por delante de sus representantes. Y, al igual que ocurrió en 1978, las fuerzas políticas deben ser capaces de estar a su altura.

El progreso conseguido bajo el amparo de nuestra Constitución ha sido enorme. Parte esencial de su éxito reside en ser, como he mencionado, un proyecto compartido, a diferencia de la tradición secular española de constituciones de parte. Pero también se debe a que en su corazón late una verdad sobre España que conviene reforzar y asumir entre todos: que en la complejidad de nuestro país reside su riqueza.

Desde que la Constitución nos consagrara como monarquía parlamentaria, España ha multiplicado su riqueza, ha vuelto al corazón político de Europa y ha creado un digno Estado de bienestar que es necesario proteger constitucionalmente. Somos una de las democracias más valoradas por su calidad en todas las mediciones internacionales, y gracias a esta Carta Magna recuperamos el orgullo de ser españoles.

Reformar la Constitución es reforzarla. Es apostar por el camino que iniciamos en 1978 y con las mismas herramientas: diálogo, acuerdo, cohesión y progreso. Un nuevo impulso para un proyecto compartido que nos permita afrontar un cambio de época que nos llama a ser ambiciosos.