José María Aznar y Pablo Casado, en la Convención del PP
José María Aznar y Pablo Casado, en la Convención del PP - Maya Balanya

El pecado y la penitencia

O Casado convence a los suyos de que es capaz de hacer lo que propone Vox, aunque podando sus excesos, o su barco se irá a pique en mayo

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El pecado y la penitencia se han dado cita a la vez en el pabellón del Ifema. La Convención del PP se había concebido como una gran queimada, al estilo de Fraga, para espantar a las meigas que sujetan las amarras del partido. La idea inicial era la de emular, treinta años después, aquella histórica ceremonia, sin tutelas ni tutías, en la que el patrón de la derecha dio un paso atrás para que algo distinto, más moderno y cercano a las demandas sociales, se abriera camino en la España política de finales de siglo. Cambiaron las siglas, los himnos, los programas y los actores. Liberales, nostálgicos, conservadores, oportunistas y democristianos, todos juntos, aceptaron el liderazgo de Aznar, se despidieron de sus viejas rémoras y pusieron rumbo a la conquista de diez millones de votos.

Lo antiguo dio paso a lo moderno. Lo tradicional, a lo renovado. El Congreso de la refundación invitó a los españoles que estaban hartos de la hegemonía de la izquierda, de la tiranía del rodillo y de la corrupción de los gobernantes a sumarse a la aventura de jubilar en las urnas la dictadura del felipismo. Lo que nació en Sevilla en el año 1990 fue un proyecto común de rebelión cívica. Una idea de futuro. Y funcionó. Nadie tuvo la ocurrencia de mirar atrás con nostalgia. Ninguna voz de ultratumba —ni siquiera la de Fraga— reclamó un glorioso epitafio para despedir la etapa que sus seguidores dejaban atrás. Fue un entierro digno. El pasado ha muerto, ¡viva el rey!

Pero Casado no ha tenido la suerte de Aznar. Si la herencia recibida de 1990 —la del techo de hormigón— tuvo la decencia de irse de puntillas de la escena pública, la de 2019 —la del pasotismo cobarde— ha querido hacerlo a lo grande. Todo el mundo sabe a estas horas que la eclosión de Vox se debe a la sistemática negativa de Rajoy a comparecer en el campo de batalla. El PP que estuvo bajo su mando se encogió de hombros mientras la metástasis de la corrupción se apoderaba de sus entrañas, la idea nacional era puesta en duda, la izquierda radical capitalizaba el descontento de la crisis económica y la dictadura de lo políticamente correcto imponía su ley de obligado cumplimiento.

Poco a poco, los votantes que se habían sumado a la aventura de tratar a la izquierda de tú a tú se fueron apeando del carro. El primer boquete lo abrió Ciudadanos al enarbolar la bandera de la defensa de España que el PP había jubilado en Cataluña. El segundo lo ha abierto Abascal al enmendar el silencio cómplice de los populares frente a algunos excesos de los ismos de moda: feminismo, animalismo, laicismo, humanitarismo o in dependentismo. Frente a la quietud sesteante del partido del «no quiero líos», Vox invita a los ciudadanos —como Aznar hace treinta años— a la aventura de ir a la guerra del «no me conformo». Por eso el uno baja y el otro emerge.

Se suponía que la Convención tenía que servir para que la sociedad española se enterara de que el PP se había dado cuenta de su error y proclamara un firme propósito de enmienda. Una de dos: o Casado convence a los suyos a toda velocidad de que está dispuesto a hacer lo mismo que propone Vox —aunque podando sus excesos— o él será el capitán que esté en el puente de mando cuando el barco se vaya a pique en las elecciones de mayo.

Por eso se entiende mal que Moreno Bonilla proclamara que se propone gobernar Andalucía «con el carácter de Rajoy» y que fuera el propio Rajoy, el padre de la herencia recibida, quien se convirtiera por la tarde en la la gran estrella del acto del PP. Presumir del pecado es una extraña forma de cumplir la penitencia. Pincho de tortilla y caña a que Santiago Abascal aplaude con las orejas ese rasgo de originalidad.