Fotografía del atentado anarquista contra la monarquia en la Plaza Mayor, en Madrid, en 1906
Fotografía del atentado anarquista contra la monarquia en la Plaza Mayor, en Madrid, en 1906 - Eugenio Mesonero Romanos

Un pasado turbulento: 100 años de enfrentamientos

Hasta 1978 la historia de nuestro país fue la de media España contra la otra media. Ese año, los españoles rompieron con lo peor de su pasado y sustituyeron la violencia y la muerte por la palabra y el voto

MadridActualizado:

Si algo unió a la inmensa mayoría de los españoles de hace cuarenta años fue la voluntad de no volver al enfrentamiento y a la violencia. Porque desde 1812 hasta 1977 la historia política de nuestro país había sido la de media España contra la otra media o, en el mejor de los casos, la de media España ignorada por la otra media. El resultado fue una inestabilidad política sistémica, fruto de un enfrentamiento civil casi permanente.

Los datos son demoledores: en 119 años –entre 1812 y 1931– hubo en España seis Constituciones –las de 1812, 1837, 1845, 1869, 1876 y 1931– a las que hay que añadir el Estatuto Real de 1834, las Constituciones de 1856 y 1873, que no llegaron a entrar en vigor, y las reformas parciales de de O’Donnell en 1856, de Narváez en 1857 y de Mon en 1864. Y en 102 años, entre 1834 y 1936, hubo cuatro guerras civiles: las tres guerras carlistas de 1833, 1846 y 1872, más la guerra civil de 1936. Pero el mar de fondo que zarandeó la vida política en ese tiempo lo refleja una frase que es común entre los historiadores: «Cien años, cien pronunciamientos».

El trasfondo social de ese enfrentamiento fue el de un país en el que la revolución industrial no traspasó la epidermis de la sociedad española en el siglo XIX. Ese fracaso impidió la aparición de unas clases medias urbanas e ilustradas que vieran ligados sus intereses al nuevo régimen de libertades y le dieran una amplia base social. Esta debilidad de la sociedad española la incapacitó, en palabras de Joaquín Varela, para sostener un sistema estable de partidos, articulados en torno a unos dirigentes con capacidad de liderazgo.

Los duros enfrentamientos que sacudieron nuestro país en el siglo XIX tuvieron un frente doble. Porque al tiempo que luchaban absolutistas y liberales en el campo de batalla, los liberales, divididos entre conservadores y progresistas, fueron incapaces de encontrar un punto de acuerdo sobre el que construir el nuevo Estado liberal. Ambos grupos buscaron el apoyo de los militares para alcanzar el poder y permanecer en él. La Constitución progresista de 1837 se aprobó tras la sublevación de los sargentos en La Granja; la de 1845, tras el golpe del general Narváez; la de 1869, tras la llamada Revolución Gloriosa que protagonizaron los generales Prim y Serrano y el almirante Topete; y la de 1876 se aprobó tras el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto. La inestabilidad fue tal que en 41 años, entre 1833 y 1874, hubo 72 presidentes del Consejo de Ministros.

La crisis del sistema de la Restauración se acentuó con la extrema debilidad de los gobiernos, apoyados en frágiles coaliciones.

La Constitución de 1876 fue un armisticio entre la burguesía conservadora y la progresista, lideradas por Cánovas y Sagasta. Pero el espejismo solo duró hasta principios del siglo XX. En esos 25 años surgió el movimiento obrero organizado –socialistas y anarquistas– que en 1876 no existía. Ambos dieron pocas muestras de querer integrarse en el sistema constitucional –el anarquismo, ninguna– y los dos grandes partidos, conservador y liberal, no mostraron el mas mínimo interés en incorporarlos.

El panorama político y social que surgió con la llegada del siglo XX fue aún más tenso. Víctimas de la violencia anarquista, fueron asesinados tres presidentes del Gobierno: Cánovas en 1897, Canalejas en 1914 y Dato en 1920. Alfonso XIII salió ileso en tres ocasiones. Barcelona vivió atentados terribles a finales del XIX, en 1909 la sacudió la Semana Trágica y fue escenario a comienzos de la década de 1920 de un enfrentamiento durísimo entre pistoleros anarquistas y matones contratados por empresarios. Esa violencia, con diferente intensidad, azotó a toda España.

La crisis del sistema de la Restauración se acentuó con la extrema debilidad de los gobiernos, apoyados en frágiles coaliciones en unos Parlamentos fragmentados hasta la atomización. Valga como ejemplo que entre 1902, fecha de la mayoría de edad de Alfonso XIII, y 1923, fecha del golpe de Estado de Primo de Rivera, hubo 33 gobiernos.

Asustada por el embate anarquista y por la honda inestabilidad social, la burguesía española y sus escasas clases medias acogieron en 1923 la dictadura de Primo de Rivera como un salvavidas, que acabó convertido en lastre para hundirla.

Y llegó la II República

La proclamación de la II República fue para algunos una esperanza. Las dos ideologías que inspiraron la Constitución de 1931 fueron el liberalismo radical y el socialismo democrático, que excluyeron a la derecha -difícil de incluir, reconozcámoslo- en el nuevo orden institucional. Pero la voluntad de pacto y consenso no estuvo presente en el nuevo régimen, como lo demuestran estos dos ejemplos. Luis Jiménez de Asúa, dirigente socialista, gran penalista y presidente de la comisión que elaboró el proyecto constitucional, afirmó el 27 de agosto de 1931 en el Congreso: «Ésta es una Constitución de izquierda [....] para que no nos digan que hemos defraudado las ansias del pueblo».

El 13 de octubre Manuel Azaña, líder de la burguesía de izquierdas, afirmó en la Cámara: «Si yo perteneciera a un partido que tuviera en esta Cámara la mitad más uno de los diputados [...] en ningún momento habría vacilado [...] en echar sobre la votación el peso de mi partido para sacar una Constitución hecha a su imagen y semejanza». Ambas afirmaciones reflejan el viejo talante jacobino de la media España que ignora o se impone a la otra media.

Además, el nuevo régimen no consiguió acabar con el mal endémico de la atomización parlamentaria y de los gobiernos inestables. De las elecciones de 1933 salieron 32 grupos parlamentarios y de las de 1936, 33. Entre 1931 y 1936 hubo 19 gobiernos, con una duración media de tres meses y medio. La Guerra Civil fue el mayor y más dramático fracaso de convivencia entre los españoles, que tiñó de sangre y dolor a nuestro país. Además de las decenas de miles de muertos en los frentes, en las retaguardia franquista se asesinaron a unas 90.000 personas y en la republicana a 55.000.

Por ese motivo, cuando en 1975 murió Franco, tras 36 años de dictadura militar, el pasado fue un ejemplo a no seguir. El 6 de diciembre de 1978 los españoles decidieron que la democracia y la libertad sustituyeran a la violencia y al sectarismo con una Constitución aceptada por todos. La primera después de siglo y medio; la única.