Un paraíso con vistas a la tragedia

Luis De Vega/
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SIDI KANKUSH (MARRUECOS). El color turquesa del agua, el silencio sólo roto por el bamboleo de las olas, el trinar de los pájaros, el cielo azul, calma y sosiego por doquier... y la costa española, ahí enfrente, a tiro de piedra, a tiro de patera. La diminuta cala de Ahzarara amanecía ayer con la resaca del drama tras haber sido el escenario mudo de una nueva tragedia de la inmigración clandestina. Una playita de apenas veinte metros de ancho en el pueblo de Sidi Kankush que intenta recuperarse a golpe de marea del golpe sufrido en la madrugada del lunes. Pero el oleaje no ha logrado todavía borrar todas las huellas de un asesinato múltiple cometido por el destino. Seis mujeres y seis niños dejaron su pellejo entre estas piedras cuando la barca en la que viajaban casi un centenar de personas zozobró. Doce subsaharianos que nunca llegarán a su paraíso europeo ni serán expulsados de vuelta a su particular infierno africano.

El periodista repite, a plena luz del día, los pasos que siguieron los inmigrantes clandestinos guiados por la correspondiente mafia y el brillo de la media luna. A diecisiete kilómetros de Tánger, hacia Ceuta, el cauce de un torrente seco desciende a lo largo de unos mil metros hacia la costa. Un terreno empinado y abrupto por el que parece imposible que se hayan podido colar un centenar de almas -mucho menos una barca de ocho metros- sin el visto bueno de los militares que controlan desde lo alto día y noche. Cuatro de ellos están detenidos. Sus compañeros salieron ayer raudos de la garita ante la llegada de los informadores al olor del desastre. «Papeles». Todo en regla.

«Pelos de punta»

Campo a través, en veinte minutos, se pasa del reino de los saltamontes al reino de los cangrejos. La llegada a la cala se convierte en un desagradable espectáculo que trae constantemente a la mente lo que debió ser el naufragio. Seis mujeres. Seis niños. Todos muertos. Las pertenencias de los náufragos aparecen esparcidas sobre las rocas, entre las algas, sobre la arena... Said, un marroquí que sirve de guía, se acaricia los brazos. «Tengo los pelos de punta». Bajos sus pies, el bochorno en forma de patucos de ganchillo, un babero, restos de pañales y braguitas y hasta una mochila porta-bebés. Seis niños. Muertos.

El paseo por Ahzarara duele a la vista a pesar del impresionante espectáculo que uno tiene ante sus ojos. La mirada desciende y pasa de ver el sueño de Tarifa y el tráfico del Estrecho de Gibraltar a tener delante la más cruda realidad. Camisetas aún mojadas, pantalones desgarrados, zapatillas de deporte desparejadas, paquetes con dátiles enrollados en cinta adhesiva para aliviar la travesía, envases brick preparados como cantimploras... La lista no termina ahí. Hay papeles del consulado de Ghana en Rabat. Fotos de carné de un joven subsahariano de camisa blanca y americana oscura del 26 de noviembre de 2003. También hay restos de agendas con teléfonos marroquíes y españoles. Pilas unidas a cables para recargar los teléfonos móviles y poder llamar por el camino o al llegar... o no llamar nunca más.

A una veintena de kilómetros, en el puerto de Tánger, descansa la embarcación semirrígida marca «Argo» de ocho metros de eslora en la que intentaron la aventura. Confiscado en las dependencias de la Gendarmería yace el motor «Yamaha» de cuarenta caballos que impulsó a 76 subsaharianos y 15 marroquíes a ninguna parte. Un goteo, el de las pateras, que no cesa. Ya lo advirtieron ayer los pasajeros de una de estas barquillas cuando llegaron a Gran Canaria, éstos sanos y salvos, procedentes del Sahara Occidental: detrás vienen quince expediciones más.