La OTAN y el Alcázar de Toledo

Para la política tenía dotes que hoy lo convertirían en una rara avis : fina mente jurídica y sentido de Estado

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Ha contado que apreciaba a Pérez-Llorca porque «él me había montado por primera vez en un coche oficial». Bromeaba. No lo conocía cuando me nombró director general de la OID en Exteriores. Imagino que miembros descollantes de la canallesca periodística, Oneto, Gabilondo, Cernuda, Peñafiel, Gimenez Alemán… le dieron mi nombre. Pronto tuve otras razones para quererlo y admirarlo. Entresaco dos: su sentido de la amistad y su envergadura política.

Detrás de una fachada engañosamente fría, Pérez-Llorca era persona cordial, humana, ocurrente, paciente cuando le pedías que te ayudara a resolver un problema o que te aconsejara en esto o en aquello. Lo fue como todopoderoso ministro, muy apreciado por Suárez y por Calvo-Sotelo, y cuando pasó a la vida privada. Le estoy agradecido por ello.

Para la política tenía dotes que hoy lo convertirían en una rara avis: fina mente jurídica, políglota -hasta hacia pinitos certeros en ruso- utilización envidiable del vocablo, vasta cultura y más amplio aún sentido del Estado: no se amilanaba, algo infrecuente al inicio de la Transición, ante los ataques de le prensa si creía que lo que formulaba era bueno para España.

Lo ví al entrar en la OTAN. Calvo Sotelo, atlantista convencido, delegó en él buena parte de la briega parlamentaria y el ministro resistió con firmeza y habilidad los embates de dos primeros espadas como Felipe González y Manolo Marín, era la época en que el PSOE tenía remilgos con la Alianza y había encrespado a la opinión pública. El argumentario de Pérez-Llorca era tan sólido que sería, no había otro, el que utilizó el PSOE cuando años más tarde Felipe González, valientemente arrepentido, tuvo que convencer a la afición de que la OTAN era una señora decente. Dije a mi antiguo jefe que podía pedir al PSOE derechos de autor..

También fue hábil con las dos grandes potencias. Pérez-Llorca rechazó la protesta de Moscú cuando ingresamos en la Alianza pero Gromyko diría más tarde que pelillos a la mar. Con Estados Unidos el ministro se quejaba de aspectos de nuestro Tratado y de que nos trataran como un aliado de segunda. Fuimos a Washington, el emperador Reagan se dignó a recibirlo, no es normal con ministros. Cuando salió me abalancé sobre él, necesitaba pasto para la tribu periodística. Esponjado, sonreía: Ha sido muy amable, dijo, pero no se lo que vas a contar, se ha pasado TODO el rato hablando de Moscardó, «de ese increíble coronel». Como se había también congratulado de nuestra democracia es lo que conté a los «boys y girls» y lo que salió con la foto en la portada de ABC para envidia de propios y extraños.

Recuerdo aquella sonrisa de José Pedro al dejar el Despacho Oval. Y si hay cielo, ¡ojalá!, y vamos, es con la que me gustaría encontrarlo el día de mañana.

Inocencio F. AriasInocencio F. Arias