El día del orgullo

Los detalles de la moción de censura que ha llevado a Sánchez a La Moncloa

Rosa Belmonte
MadridActualizado:

Begoña Gómez, la mujer de Pedro Sánchez, entró de manera normal en la tribuna de invitados, pero yo veía a Elizabeth Taylor como Cleopatra llegando a Roma. Sin cuádrigas, arqueros y saltimbanquis. Pero en aquí estoy yo. Ya no sé si Pedro Sánchez es Richard Burton o Rex Harrison. Se sentó en primera fila con la mamá del artista, con la madre del nuevo presidente del Gobierno. Este había aparecido por el patio del Congreso flanqueado por Lastra y Robles, que dicho así parece el nombre de una agencia de detectives privados. Rajoy no estuvo durante gran parte de la mañana. También es verdad que el día anterior echó una peonada de ocho horas en Arahy. Carmen Martínez Castro había pedido que no hiciéramos sangre con su jefe. Pero si lo de atrincherarse en un restaurante con Rioja y whisky Jura a algunos nos parece lo mejor que ha hecho. Además, en ese restaurante debe de flotar el espíritu de Encarna Sánchez gritando «¡Temblad, pedazo de sinvergüenzas!» (cuando era el Club 31 iba mucho porque era caro y estaba cerca de la COPE).

En el escaño de Rajoy no se sentaba ni el bolso de Soraya (lo tenía a su derecha, donde Dastis, que llegó un poco más tarde). Podían haber puesto un lazo negro. Ada Colau acudió para el gran día, así como Francina Armengol y Fernández Vara. También José Ramón Bauzá y Xavier Domènech, lejos de los besos de Pablo Iglesias. Y los fijos padre Ángel, madre de Pablo Iglesias y Monedero. Al acabar todo, este, vestido entre revolucionario ruso y chupatintas, agarró de los hombros a Soraya Sáenz de Santamaría, puso sus manos en la chaqueta blanca de la vicepresidenta y le dijo lo que se alegraba de que se fueran. «Es la democracia», replicó la vicepresidenta. Me habría gustado más el «Quita tus sucias manos de mí, mono asqueroso» de Charlton Heston en «El planeta de los simios». Aunque lo mismo le habría pasado lo que a Roseanne.

María Dolores de Cospedal llevaba unos pantalones de rayas como de sans-culottes en tiempos de la guillotina. Con Rajoy ausente, merecía la pena mirar la dignidad con la que Ana Pastor, Soraya Sáenz de Santamaría y Cospedal (la que se come todos los marrones) se hundían con el barco, los zapatos clavados en la cubierta y la cabeza muy alta. Rajoy llegó a las 10.24, justo para su intervención en la tribuna. Hizo un discurso gettysburgiano (por lo corto). «Ha sido un honor haber sido presidente del Gobierno de España». Y volvió a decir «seorías». Porque Rajoy es como un teclado extranjero que viene sin eñe. Un discurso corto, humilde y de agradecimiento. El aplauso posterior fue cortado inmediatamente cuando tiró del brazo de Soraya para que lo dejaran y se sentaran. Así que la mayor ovación fue para Rafael Hernando, que había intervenido antes. «Estoy orgulloso de ser del Partido Popular». Y ahí todos sus compañeros aplaudieron y se levantaron. No se acababa nunca. Era el día del orgullo pepero. Hernando hizo de Hernando. O sea, de Horrendo. ¿Pero y lo bien que lo pasamos con él? Ayer sus bravatas representaban un desahogo del shock en el que estaban todos. Como coro de hooligans, esas diputadas del PP pegadas a la pared, las Pujaltes femeninas, que no paran de gritar.

Se llevó mandobles el PNV, se llevó mandobles Pedro Sánchez (lo llamó parásito) pero, sobre todo, se los llevó Rivera: «Usted ha sido cooperador necesario de esta moción de censura». Y el aplauso en la bancada popular fue mayor que cuando criticaba a Sánchez. «A usted los españoles no le quieren», dijo al que iba a ser presidente. Claro, los españoles a quien queremos es a Rafael Hernando. Entre Hernando y Sánchez se apropiaron de la democracia. La mía es la buena. No, la mía. Margallo llegó para la votación. Mejor para Teófila Martínez (la pobre está sentada entre Jorge Fernández Díaz y José Manuel Margallo). Cuando se votó la moción de censura, con algunos noes que retumbaban, y Ana Pastor leyó el resultado, los de Podemos se pusieron a gritar «Sí se puede». A Irene Montero se le oyó un «Nos ha costado. Pero ya está». Adriana Lastra saludó al tendido puño izquierdo en alto. Faltó que sonara el himno de Riego.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte