Nostalgia y miedo por lo dilapidado

«Lástima que en eso sí que iremos juntos de la mano hasta el precipicio, sin muro al que agarrarnos, sin líderes a los que admirar»

Agustín Pery
Actualizado:

Mi romance con la democracia arranca con un cartel de Felipe González en el muro de una finca en la carretera que une el Puerto de Santa María y Rota. Luego una pegatina en Gerona, «Nucleares no, gracias»; una bola de cristal que para mí siempre será mágica e irrompible porque esa bola de adivina ponía música divina y sin plato ni amplificador sonaba igual que en la televisión; y claro, Alaska y los Pegamoides, Loquillo con o sin Trogloditas, Radio Futura; los debates de La Clave, tratando de auscultar el rostro de mi padre para saber de quién éramos nosotros: los bares de Malasaña, tapas y cigarros, muchos cigarros. El subidón de votar, sin saber, ni ganas, quién coño fue Franco o aquellos tricornios que tenían a mi familia pendiente de la radio por si nos jodían eso que llamaban libertad.

Mi final es el que les cuento. Un tipo encabronado, acojonado, maldiciendo el día en que se nos rompió el amor democrático de tanto malearlo.

Hoy sigo fumando pero ya no celebro porque si la nostalgia es cosa de viejos, el presente lo es de locos y el futuro me parece un túnel oscuro e incierto.

Quizá todos hemos madurado, cosa de la biología, pero, ay, la democracia no. Nació como un torrente y se estancó en cuanto los políticos aprendieron lo que ya no dejaría de ser su mantra: servirse del Estado antes que servirlo. Tristemente, nada que ver con aquellos hombres y mujeres que dejaron la empresa privada para acometer la gran obra pública que ahora algunos, muchos, se empeñan en demoler.

Claro que hemos mejorado pero sigue acechando lo peor de nosotros por mor de esa hornada de progresía insustancial que lleva cosida a su alma mitinera un eslogan de mala pancarta: ¡que muera España! Y así hasta la derrota final. Lástima que en eso sí que iremos juntos de la mano hasta el precipicio, sin muro al que agarrarnos, sin líderes a los que admirar. Con el mismo pueblo al que compadecer. El mío.

Agustín PeryAgustín PeryDirector AdjuntoAgustín Pery