El President de la Generalitat, Quim Torra, junto a los miembros del Gobierno catalán, en la ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova, en motivo de la Diada de Cataluña, este martes
El President de la Generalitat, Quim Torra, junto a los miembros del Gobierno catalán, en la ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova, en motivo de la Diada de Cataluña, este martes - Oriol Campuzano Manobens

No les despiertes, déjales dormir

Si yo fuera Pedro Sánchez patrocinaría la Diada con sus camisetas y bocadillos

BarcelonaActualizado:

No les despiertes, déjales dormir. Así han vivido y así quieren quedarse. El Gobierno tiene que aprender a celebrar sus éxitos. Si yo fuera Pedro Sánchez, patrocinaría la Diada con todas sus camisetas, bocadillos y autocares.

Es una inaudita, abrumadora victoria del Estado que los independentistas, que se han tragado la aplicación del artículo 155 sin armar el menor jaleo y con el más asombroso colaboracionismo de sus líderes políticos, hagan el ridículo con demostraciones como las de ayer, vistiendo camisetas con el lema de que van «directos a la cumbre» cuando han sido derrotados sin oponer ninguna resistencia ni ninguna capacidad de sacrificio.

El presidente del Gobierno tendría que pagar lo que cuesta el atrezzo de cada Diada porque ni en las comunidades que gobierna el PSOE encontrará mejores vasallos que los que creen que la independencia es venirse del pueblo en autocar a ensuciar los parterres de la ciudad, mientras los dirigentes a los que han votado en nombre de la libertad de Cataluña, y que prometieron desobediencia, mantienen encerrados a los que llaman «presos políticos» en sus propias cárceles.

La principal garantía de la unidad de España, que el Gobierno tendría que cuidar como si se tratara de un tesoro, son estos supuestos líderes de la secesión incapaces de articular su mayoría parlamentaria, que se odian entre ellos mucho más que a España y que nos convidan cada día al espectáculo de ver cómo se destrozan en su guerra africana y fratricida por retener o alcanzar el poder autonómico que tanto desprecian pero que ha sido desde siempre su único modo de vivir.

Ni volver a aplicar el artículo 155 sería más eficaz que los que gritan que «somos república» y luego aceptan y participan del folclore de camiseta y táper, como cada Diada desde hace 6 años, en lo que ya parece una parodia que ellos mismos se hicieran para ahorrarles a sus adversarios el chiste fácil.

Además, los manifestantes de ayer -bastantes menos que en los años anteriores- no entendieron las instrucciones de la performance, que pretendió sin éxito ser una «gran ola sonora». Pocos callaron cuando tocaba guardar silencio y gritaron escasamente llegado el momento de hacerse oír. Si no entienden la diferencia entre callar y hablar es normal que tampoco sepan ver lo que va de una república independiente al fraude con que les han estafado desde el mes de octubre del año pasado.

Los animadores del acto gritaban de un modo demencial las más absurdas proclamas. Una de ellas dijo «lo hemos vuelto a hacer», pero sin aclarar qué, tal vez porque le hubiera resultado demasiado duro. El escenario donde los parlamentos y las actuaciones musicales tuvieron lugar resultó ser un camión con las barandillas mal colocadas, lo que subrayaba el aire venezolano de la fiesta. Una buena metáfora del independentismo es que al final del recorrido de la manifestación levantó unos muros de mentira para poderlos derribar.

No les despiertes, déjales dormir. Así han vivido todos estos años, y así quieren quedarse, inventando muros de cartón piedra para humedecerse con la falsa épica de jugar a demolerlos; banalizando la idea de la democracia y de la libertad para tratar de ahorrarse el precio que siempre hay que pagar por lo que quieres.

La vergonzosa y humillante cola de autocares pagados por la ANC que ayer llegaron a Barcelona desde los distintos pueblos de Cataluña, embutidos de paleto entusiasmo por tirar de la cinta de la piñata, creyendo que es así como se logra hacer saltar por los aires un Estado como España, era el retrato de un público vencido por su inanidad intelectual, por su gregarismo, por la acrítica veneración de unos líderes que se hacen los patriotas con sus exaltaciones imposibles mientras por detrás negocian con el Gobierno una solución personal para fugados y encarcelados -el indulto- a cambio de renunciar a la independencia y conformarse con una reforma constitucional que solo Dios sabe cuándo y cómo acabará.

Igual de lejos

Hoy Cataluña continúa exactamente igual de lejos que el sábado de su independencia, los partidos políticos separatistas continúan igual de enfrentados, sin ser capaces de hallar, ni juntos ni cada cual por su lado, una estrategia que les lleve a la tan prometida constitución de un Estado para los catalanes. Una Diada más de cenefas y serpentinas para gente de autocar que se regodeaba comiendo en el suelo y jugando al fútbol en los parterres de la Diagonal con las bolas que hacían con el papel de plata con el que habían envuelto sus bocatas.

Tercermundismo físico, tercermundismo moral. El independentismo ha servido de tren de enganche de muchísimos hombres y mujeres que habían perdido el protagonismo de sus vidas y el mismo gusto por vivir. Como cualquier populismo, les ha dado vínculo y abrigo, y por eso no quieren despertar: no tanto por la desilusión de tener que admitir que Cataluña no es independiente, sino para no tener que volverse a mirar al espejo y ver solo a un perdedor cuya vida no tiene objeto ni sentido.