Milagro Potter

Por IGNACIO CAMACHO
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El nuevo libro de Harry Potter pesa un kilo. Para una adolescencia desacostumbrada a leer, desenganchada de la galaxia Gutemberg a base de videojuegos y telebasura, Jane K. Rowling ha fabricado un novelón de más de setecientas páginas y está previsto que venda varios millones de ejemplares. Estos formatos no se estilaban casi desde el conde de Montecristo. Será marketing, pero bendito marketing.

Esta Rowling es un bicho raro. Ha creado un mundo de fantasías bastante clásicas, una mezcla de mitologías de repertorio y ciencia ficción de bolsillo, y le ha añadido el toque kipliniano de un colegio británico con sus estirpes de personalidades en formación, y con todo eso y un estilo nada retorcido, simple, narrativo y directo, ha logrado que los niños de la primera generación completamente audiovisual arrinconen la «play station» hasta que llegan de un tirón a la última página. No es poco mérito; los educadores del mundo entero le deben un homenaje.

Los libros de Harry Potter no son nada del otro mundo, pero son libros. Libros gordos, sin ilustraciones, de un tamaño que normalmente echaría para atrás a la mayoría de los lectores adultos. También son libros de un cierto clasicismo, historias de estructura convencional, aunque discurran dentro de un universo mágico de conjuros, monstruos, grifos alados, ajedreces vivos, basiliscos gigantes y sectas esotéricas. Hay pandillas escolares, misterios ocultos, maestros como gurús filosóficos y familias engorrosas por su odioso pragmatismo. La vieja literatura infantil trufada de aventuras, secretos y fantasías.

A esta generación de niños educada en el ordenador y bombardeada por las secuelas del fenómeno Matrix, Julio Verne le resulta aburrido, Salgari les queda demasiado lejano y a Ridder Haggard lo encuentran superado por Indiana Jones. Los adolescentes necesitaban un mito nuevo y lo han encontrado en el alumno huérfano de un sorprendente colegio de magos de la campiña inglesa. La saga de Harry Potter apenas si representa nada novedoso en el olimpo de los viejos dioses juveniles, pero tiene la virtud de haber hallado un hueco fundamental en medio de un panorama intelectual deshabitado por las letras y consagrado al culto bidimensional de las criaturas electrónicas y el hipertexto como máxima concesión al mundo de la escritura.

El éxito incuestionable de este invento trasciende sus propias claves internas y desborda las interpretaciones simplistas sobre las modas de la cultura de masas o la influencia de las técnicas publicitarias y de mercado. Simplemente, se justifica en la medida en que ha devuelto a los niños la afición por la lectura, en que recupera el placer individual de un libro con el que construir a solas mundos a la medida de la imaginación, en que rescata del olvido la tradición comunicadora del texto escrito. Rowling ha vuelto a construir una estampa olvidada en nuestras rutinas cotidianas: la de un niño encerrado en su cuarto con una novela en las manos. Sin ordenadores, sin videoconsolas, sin teléfonos móviles, sin televisión. Un niño con un libro. La victoria contemporánea contra Fahrenheit 451.

La nueva entrega de Harry Potter, recién aparecida en inglés en medio de una formidable expectación, tiene 768 páginas. Un kilo de papel encuadernado que justifica todos los otros «kilos» que va a ganar la mujer que ha vuelto a poner a leer a una generación destextualizada.

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