«Hay que meterse en los charcos»

Juan Pérez Marín_Presidente de Promi

TEXTO: ARISTÓTELES MORENO
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Cuando Juan Pérez Marín empezó a ejercer de médico de pueblo, los deficientes mentales vivían en cochineras y comían amarrados a las camas como perros. Un día la Guardia Civil lo llamó porque no se atrevía a entrar en una vivienda. Un joven con síndrome de Down gritaba en su interior y los agentes lo temían como se teme a un animal desbocado. Pérez Marín descendió del vehículo y entró a la casa con una bolsa de caramelos. A los cinco minutos, salió de la guarida, lo metió en el coche y se largó. Hoy, unos cuantos años después, aquel joven arrumbado y herido es oficial de jardinería en Cabra.

—¿El mundo le hace perder la fe?

—Yo soy seguidor de Jesús de las alpargatas. Y cuando se montó en el burro cometió un error. El Vaticano y todo eso es mentira. Yo voy detrás de los que se comprometen.

Y bien que se ha comprometido. Juan Pérez Marín (Carcabuey, 1938) es el artífice de un milagro prodigioso que se palpa a diario en Cabra. Más de 170 deficientes mentales viven perfectamente integrados y son ciudadanos de pleno derecho. Trabajan, han formado familias y cumplen escrupulosamente con sus obligaciones ciudadanas. Pero el camino ha sido largo y tortuoso. Nació en el seno de una familia modesta en plena Guerra Civil y vivió los años del racionamiento y la fraternidad ante la penuria. Su madre influyó en él decisivamente. «Era una persona muy solidaria y tenía siempre las puertas abiertas a todo el mundo». Se crió en Cádiz, con su tía Asunción, y allí completó el bachillerato. Luego, se trasladó a Madrid y ya regresó como cardiólogo. Y en Cabra inició una carrera de fondo que le ha llevado a dejarse la piel en defensa de los discapacitados mentales. «Promi nació en 1976 y ha sido el promotor del cambio radical en España a favor de los deficientes mentales. Entonces, estaban escondidos en las casas, ocultos por la vergüenza. No iban ni a los colegios. No se imagina usted la lucha tan fuerte que hemos librado».

En los albores de la democracia, Promi organizó una concentración en el Arcángel. Más de 10.000 familiares de toda Andalucía se reunieron para reclamar dignidad para los que entonces eran estigmatizados como subnormales. Fueron invitados todos los parlamentarios autonómicos preconstituyentes, a quienes se reservó su asiento. Sólo asistió uno. «Pero aquello se extendió como la pólvora por toda España. La historia de la defensa de los deficientes se ha escrito en Andalucía. Lo de Cabra no existe en toda Europa, y ésa es una realidad que a mí me emociona».

A sus 71 años mantiene un vigor admirable. Quizás por la descomunal batalla que libra, más de 40 años después, en defensa de los olvidados. Cuando ABC se puso en contacto con él para proponerle la entrevista, Pérez Marín conducía camino a Cabra. Detuvo el coche, dio la vuelta y se presentó en el Bar Playa esa misma tarde. La causa merece cualquier sacrificio. «Hay quien me ve como un loco, pero yo soy feliz ayudando a los demás», declara delante de un Nestea.

Promi lideró la integración laboral de los deficientes. Llegó a tener más de 270 trabajadores empleados, media docena de empresas y ha acogido a disminuidos psíquicos de todos los psiquiátricos del país. «Tengo a mi cargo a más de 800 personas sin familia que hemos sacado de los manicomios. Me llegan de toda España. Hasta por Seur. Yo los lavo, les doy de comer y no sé ni cómo se llaman». Juan Pérez Marín, según se ve, no es un hombre común. Pero es un tipo necesario en este mundo endiablado.

—Por lo que parece, tiene usted una debilidad incorregible a meterse en los charcos.

—Y seguiré teniéndola toda mi vida. Hemos hecho un hospital en Perú para erradicar la mortalidad infantil. Hay que ir donde haga falta.

—¿Y en qué charco no debió de meterse nunca?

—El fracaso de Promi con sus empresas no ha sido un fracaso. Promi no quería hacer una empresa sino utilizarla para demostrar que es factible la mano de obra de deficientes mentales. Hoy ya tenemos jubilados deficientes. Y para eso ha sido necesario meterse en el charco de la empresa y enfrentarse con los sindicatos.

—Si uno examina el patio, esto de la solidaridad es un gen extraviado, ¿no?

—Primero: el liberalismo ha llevado a la gente a la codicia y al consumo. Y eso hay que corregirlo. Segundo: un enfermo mental con medicación puede tener una vida normal. Hay dos premios Nobel con esquizofrenia. Tercero: el hombre no puede prescindir de tres cosas: el equilibrio afectivo, el trabajo para conquistar la propia autoestima y la seguridad personal. En Promi hay 170 deficientes viviendo en pisos y no pasa nada.

—Como empresario ha sido usted un poco camicace, ¿no le parece?

—He sido un empresario creativo para un tipo de beneficio social, no para dar una cuenta de resultados positiva. ¿Por qué he creado el Buomo? La empresa se llama movilidad y autonomía. ¿Por qué? Porque sin movilidad y autonomía nadie puede ser feliz. ¿Qué necesita quien está en una silla de ruedas para hacer él solo? Subirse en un coche sin ayuda de nadie.

—¿Qué le entra por el cuerpo cuando escucha todas estas cifras disparatadas de bonus, stocks options y plusvalías?

—Cuando veo todo lo que hemos necesitado para poner en marcha el Buomo, el hotel escuela o la lavandería pienso que hacen falta empresarios locos como yo.

—A mí me da que Jesucristo hoy tendría mucho trabajo expulsando a mercaderes del templo. ¿Usted piensa lo mismo?

—No había dejado ni uno. El espectáculo del consumo, del egoísmo, de «tengo que ser el primero» y los pobres muriéndose a tu lado, eso no lo permitiría Jesús. Y yo eso no lo acepto.

—Por lo que se deduce de la declaración de principios de Promi, usted se pondría el lacito blanco todo el año, ¿no?

—Yo he luchado contra el aborto y seguiré luchando. Pero esto hay que entenderlo. Promi reúne a los mejores expertos de bioética todos los años. No se puede matar a nadie. No al aborto, pero hay que saber qué es el aborto.

—¿Qué hay detrás de su descomunal esfuerzo solidario?

—Hay un convencimiento personal y la suerte enorme de tener cinco hermanos y cuatro hijos que me apoyan. Y mi mujer parece que está viuda, porque estoy todo el día ayudando a los demás.

—¿Veremos a una mujer obispo?

—Sí. Jesucristo no habló nunca de eso. Ni fue misógino. Los problemas de cintura para abajo son mucho menos pecado que los de cintura para arriba. La soberbia, la altanería... Eso sí es pecado. La sexualidad es una necesidad hormonal.

—¿Ha tenido la tentación de dejarlo todo y volver a casa?

—Antes me muero.

—¿Le asusta la soledad?

—Mucho. No sé estar solo.

—¿Cree en el paraíso?

—El paraíso es morirse en paz. Lo que venga después será siempre bueno porque no vamos a sufrir.

—¿Y en el infierno?

—El infierno no ha existido nunca.

—Si la verdad existe, ilumínenos.

—La verdad es darse a los demás aunque no recibas nada a cambio. Ahí está la felicidad.