Jaime Mayor Oreja cree que con el fortalecimiento del Estado de Derecho y la ley de Partidos se puede derrotar la estrategia de la «ruptura a plazos» del PNV. Javier Prieto

Mayor Oreja: «Vivimos en una trampa, pero sin tregua, y ETA se ha impuesto al PNV»

Jaime Mayor Oreja ha hecho de la resistencia un programa electoral, un hábito vital y un método para transformar la realidad en esperanza. Esa resistencia hace que contemple el «exilio interior» de Llera, Azurmendi, Juaristi y muchos miles como una manifestación de la «rebelión de las víctimas», algo que hace diez era una utopía.

MADRID. PABLO PLANAS
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Con el gesto tranquilo, apresado por unas maneras exquisitas, el vicesecretario general del PP, diputado en el Parlamento de Vitoria y uno de los nombres con más posibilidades de suceder a Aznar, desgrana un discurso duro, contradictorio con la aparente frialdad con la que cartografía el territorio político vasco. Envueltas en un suave sonido, sus palabras reflejan las heridas abiertas en una sociedad que, a su juicio, está inmersa en un «ambiente perverso». Fruto de ese ambiente, «se produce una metamorfosis en la que la víctima parece el verdugo, el verdugo es la víctima, el valiente aparece como un intransigente, el defensor de la libertad es un radical y el cobarde acaba por representar la inteligencia política».

Como si asistiera a algo previsible, no le sorprende lo que ha pasado en Maruri, población vizcaína de alrededor de setecientos habitantes en la que el cura, Jaime Larrinaga, ha sido acusado por la corporación municipal (encabezada por el PNV) de ser un «nostálgico del franquismo». «Es que ese ambiente -comenta Mayor- es el aliado principal del nacionalismo y es lo que provoca que lo que ha pasado en Maruri no sea un escándalo y que las muestras de solidaridad con el párroco sean anónimas. Y la Iglesia vasca no es una excepción, sino que en su seno hay una prolongación de esa perversión». Sin embargo, tiene datos y una fórmula para ser optimista.

La sentencia que ha restituido en su cátedra de Ciencias Políticas a Edurne Uriarte o la propia actitud de Jaime Larrinaga constituyen para él una «rebelión democrática de las víctimas» que le anima a destacar que «esto era mucho peor hace diez años porque antes, ser víctima era igual a ser mudo, mudo y víctima. Ahora, al menos, hay actitudes ejemplares, que no tienen mucho respaldo social, pero que se producen cada día».

En su opinión, la sentencia de un juzgado de Bilbao a favor de Uriarte tiene «una enorme importancia para la fortaleza moral que necesita el País Vasco y para apoyar muchas actitudes personales ejemplares, como la de Paco Llera (el director del «Euskobarómetro», que ha decidido aceptar una oferta académica en Estados Unidos) o Jaime Larrinaga». Para Mayor Oreja, esa noticia tiene que ver con la fórmula para «ganar la batalla» a los intransigentes. «Se trata de fortalecer el Estado de Derecho -a lo que, obviamente, contribuye la resolución judicial- y de que los políticos no desistamos. Hoy hay mucho más ánimo, mucho más estímulo que hace un año, después del trece de mayo», fecha de las últimas elecciones autonómicas en el País Vasco.

La ley de Partidos

Pese al análisis optimista, se niega a valorar el «descenso de actividad» de ETA como un elemento clave en el actual escenario. El «Estado de Derecho» se convierte en un dogma de fe que debe hilvanar cualquier lectura en clave presente y futura. Así, ni el cese momentáneo de la violencia ni el dictamen de autogobierno impulsado por el PNV son elementos de gran calado, ni, sobre todo, se debe establecer una relación de causa-efecto. «La única causa de fondo de todo lo que está pasando es que se han tomado iniciativas como la ley de Partidos y esas iniciativas han sido contestadas por lo que constituyen las falsas iniciativas del nacionalismo vasco». De igual modo que en 1997, cuando la sociedad se movilizó  -y «derrotó políticamente a ETA»- por el asesinato de Miguel Angel Blanco, el espíritu de Ermua fue respondido con el pacto de Estella, la tesis de Mayor Oreja es que a la ley de Partidos se ha constestado desde el PNV con lo que define como un «Estella 2» o un «sucedáneo de Estella». Sin embargo, entre una y otra situación, el presidente del grupo popular en el Parlamento de Vitoria establece diferencias que no son precisamente de matiz. En 1997, la «falsa iniciativa» partió de ETA mientras que ahora, «ha sido el PNV quien ha movido ficha y ha asumido todos los planteamientos de ETA, porque en términos de principios y afirmaciones el dictamen de autogobierno es la asunción de la alternativa KAS», base en la que ETA definía el «ámbito vasco» con la inclusión de Navarra y las provincias vasco-francesas, entre otras peticiones de máximos. Sin embargo, insiste en que lo fundamental ha sido la ley de Partidos, que por el momento ha tenido el balsámico efecto de limitar la dialéctica apologética del terrorismo de Batasuna. Además, considera que la estrategia de ETA es independiente de la aplicación de la lógica: «Si yo fuera del PNV no me fiaría nada de ETA porque en el camino de la ruptura darán el salto cuando quieran. Con ETA nos equivocaremos en todos los diagnósticos, pronósticos y explicaciones como nos hemos equivocado siempre porque en la estrategia de la ruptura en la que se ha involucrado el PNV son los terroristas los que tienen la sartén por el mango».

La victoria «pírrica» de ETA

¿Y qué explicación tiene la asunción por parte del nacionalismo vasco de las tesis de ETA? Mayor Oreja parte del principio de que las líneas de actuación de ambos elementos han confluido en la ruptura, es decir que se ha impuesto la idea en el seno del PNV de que la derrota de los terroristas era igual a la derrota del nacionalismo. «Esto -alega- constituye un error histórico porque se produce cuando ETA ha sido derrotada política y socialmente a partir de Ermua; entonces lo que no tiene ninguna explicación es que a una organización derrotada el PNV le dé semejante oportunidad, la posibilidad de obtener una victoria pírrica al lograr que sus planteamientos impregnen al PNV y le conduzcan a la ilegalidad. Es que además de un error de dimensiones históricas es una enorme estupidez».Pese a la resolución aprobada por el Parlamento vasco y a lo que Jon Juaristi definió como el «exilio interior» de miles de personas que han abandonado el País Vasco en los últimos tiempos por la presión de los violentos y la actitud del Gobierno del PNV, Jaime Mayor Oreja -diríase que incapaz de perder la compostura- asegura que no hay ningún retroceso respecto a los años anteriores. Habla con el conocimiento de causa que da el haber enterrado a muchos compañeros y haber estado permanentemente en el punto de mira de ETA. Ya en 1982, un 16 de octubre, salvó la vida gracias a que una farola se cruzó en la granada que un comando disparó contra su despacho de delegado del Gobierno en el País Vasco. Antes y después, el ex ministro del Interior y uno de los políticos de primera hora en la escena vasca, se ha erigido en uno de los muros en los que ha chocado ETA y el nacionalismo radical.

Proceso de clarificación

Con esa perspectiva, afirma que «vivimos un proceso de clarificación y en esos procesos, las situaciones nunca son lo que nos gustaría que fuesen. Cuando se produce la derrota política y social de ETA -otra vez se refiere a la movilización que siguió al asesinato de Miguel Angel Blanco- a mí me hubiera gustado que el nacionalismo vasco hubiese contribuido, pero lo que ha confirmado esta etapa es que el nacionalismo, cuando ve que se va a derrotar a ETA, se resiste porque cree que la derrota de ETA es la del nacionalismo. Pero esto no es un retroceso, sino una clarificación, un retrato del escenario más claro que nunca». Así, considera que «a día de hoy vivimos una reedición de Estella que es una trampa, pero sin tregua. El nacionalismo vasco ha dejado de ser lo que algunos decían que era y no es lo que nos gustaría que fuese. Eso está confirmado. La Autonomía ha dado de sí todo lo que tenía que dar para ellos, para su particular construcción de la «nación vasca». Ahora lo que pasa está perfectamente previsto en sus dogmas». No obstante, las convicciones de Mayor Oreja le llevan a insistir, una y otra vez a lo largo de la conversación, en un mensaje optimista y esperanzador. Recurre constantemente a los ejemplos recientes de Edurne Uriarte, de Francisco Llera o del párroco de Maruri para ejemplificar cómo se debe hacer frente a la intransigencia y al intento de instaurar el «viejo régimen» contra una sociedad que «quiere ser abierta».