La otra mirada desde la sala

Con el manual de Malaparte

Los independentistas fracasaron en su intento de crear estructuras de Estado y carecieron de fuerza para llevar a cabo un golpe mal planificado y peor ejecutado

Pedro García Cuartango
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Todas las mañanas, al cruzar la calle Génova en dirección al Palacio de las Salesas, me topaba con una docena de personas que llevaban lazos amarillos y exhibían unos carteles que decían: «Pueblo, rebelaos». Nadie les miraba ni les hacía el menor caso, por lo que su empeño sucitaba más compasión que rechazo. Ayer habían abandonado la escena, quizás hartos de tanta indiferencia.

Tampoco aparecen los Torra, Artadi, Torrent y demás dirigentes independentistas y hay menos público y muchos menos periodistas. Pero el juicio en el Supremo no ha perdido interés porque, ayer por la mañana, pudimos escuchar el testimonio de un agente de la Guardia Civil que examinó la información incautada en el registro a Lluís Salvadó, exsecretario de Hacienda.

En la documentación requisada había un correo que hacía referencia a un préstamo de 11.000 millones de euros, solicitado por la Generalitat al Gobierno chino, para poner en marcha la independencia. Y también quedaba constancia de un viaje de cuatro altos cargos a Eslovenia para estudiar el modelo que tanto le gusta a Torra. Por último, había una factura de 240.000 euros por un programa informático de IBM para montar la agencia tributaria catalana.

Ello corrobora el intento de los independentistas de crear unas estructuras de Estado paralelas que pudieran sustituir en el momento oportuno a instituciones como Hacienda o la Seguridad Social. El cerebro de este proceso era Carles Viver, presidente del llamado Consejo de Transición Nacional, que tenía que asesorar en la estrategia para desmontar la legalidad española. Una tarea a la altura de un hombre que fue magistrado del Constitucional y que fue distinguido con la Gran Cruz de Isabel La Católica. A eso se llama lealtad. Hoy está imputado en un juzgado de Barcelona, por lo que se negó a declarar la semana pasada.

Viver, como Junqueras, leyó sin duda «Técnica del golpe de Estado», el libro de Curzio Malaparte, publicado en 1931, cuando Mussolini regía los destinos de Italia. La obra se ha convertido en una referencia obligada de la ciencia política y parece haber inspirado la estrategia de quienes se sientan en el banquillo. El Che Guevara era un devoto seguidor de Malaparte.

Entre las diversas modalidades de golpe, los líderes del procés optaron por el bonapartismo

El periodista y agitador que acompañó a «Il Duce» en su marcha de 1922 formula dos observaciones a quienes pretendan dar un golpe de Estado. La primera es elegir bien el momento, un consejo con resonancias maquiavélicas, y concentrar las fuerzas en el punto débil del adversario. La segunda es que las élites pueden hacerse con el poder de forma abrupta si controlan resortes clave como los medios de comunicación o el Ejército. No hace falta –dice Malaparte– un apoyo masivo de las bases.

En su libro, el ideólogo fascista describe la tipología de los diferentes golpes de Estado. Pero, por resumir, distingue tres modalidades: la oportunista de Lenin, la violenta de Trotski y la aparentemente legal de Bonaparte.

En concreto, Malaparte estudia el XVIII Brumario como un modelo de conquista del poder mediante una coacción que crea una nueva legalidad desde las instituciones. Eso fue lo que hizo Napoleón, que primero ocupó el cargo de cónsul, luego se convirtió en dictador y, por último, se elevó a la condición de emperador tras casarse con una ilustre dama de la familia real austriaca.

Bonaparte siempre argumentó que tenía el apoyo masivo del pueblo francés y fue un maestro en el arte de manipular los sentimientos nacionales. Si se elimina la grandeza del personaje y se salvan las distancias históricas, hay mucho de bonapartismo en los líderes de un procés que se jactaban de ostentar la representación del pueblo para intentar dar un golpe de Estado, siguiendo el manual de Malaparte.

Pero al igual que el corso acabó sus días en Santa Elena, Junqueras y sus compañeros pueden ser castigados con una larga pena de cárcel. Y es que eligieron mal el momento, sobrevaloraron sus fuerzas y jamás controlaron los resortes del poder.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango