AFP  Los seguidores de Macri le sacan a hombros, como en sus tiempos en Boca Juniors, tras ganar la Alcaldía de Buenos Aires
AFP Los seguidores de Macri le sacan a hombros, como en sus tiempos en Boca Juniors, tras ganar la Alcaldía de Buenos Aires

Macri La nueva derecha y el viejo fútbol

«Dos vasos de agua. A los diez minutos una cucharada sopera de aceite de bacalao y un sorbito de leche o zumo de naranja para cambiar el gusto... Después hay que esperar media hora para desayunar

POR CARMEN DE CARLOS CORRESPONSAL EN BUENOS AIRES
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«Dos vasos de agua. A los diez minutos una cucharada sopera de aceite de bacalao y un sorbito de leche o zumo de naranja para cambiar el gusto... Después hay que esperar media hora para desayunar». Mauricio Macri repite este ritual todas las mañanas: «Una rareza, ¿no? Pero a mi me curó la artrosis». Lo explica a ABC en el estadio conocido como la Bombonera, después de que el comentario de su primera ingesta del día corriera de boca en boca en media Argentina o entre la mitad más uno de los argentinos, número de seguidores que se atribuye el club de fútbol que ha presidido los últimos doce años.

El hijo de Franco, un emigrante italiano que llegó a la tierra prometida (América) después de la Segunda Guerra Mundial, tardó mucho tiempo en demostrar a su padre que quería viajar sólo, sin la carga del equipaje familiar. Antes de hacerlo superó con éxito la prueba de estudiar en el Colegio Cardenal Newman, y aprobar hasta la última asignatura de Ingeniería Civil en la Universidad Católica de Buenos Aires. «Una pesadilla», sería la expresión con la que confesaría, en alguna ocasión, aquellos años en los que no perdió la fe pero sí, y parece que definitivamente, la práctica de ir a misa.

Disciplinado, el joven Macri acató y cumplió con las misiones encomendadas en el Departamentos de Créditos del Citibank y en los despachos del Grupo Socma que su padre diseñó para él, hasta que un día de 1995 le dio el disgusto: quiero ser candidato a la presidencia de Boca. A partir de entonces la estrella de Mauricio Macri empezaría a brillar con luz propia. Primero, en las gradas del equipo de Diego Armando Maradona. Después, hace tres años, en un escaño del Congreso que, como el resto de los diputados, frecuenta poco, y ahora -a partir de diciembre-, en la Alcaldía de Buenos Aires, un trampolín sobre el que ejercitará la mejor técnica para dar el salto a la Casa Rosada en el futuro.

Adulto prematuro, el primer acto de independencia que se le conoce lo protagonizó con veintidós años: contrajo matrimonio con Ivonne Bordeu. «Él y su mujer eran muy jóvenes. El peso de la responsabilidad era tan grande, que nunca tuvo la experiencia de sentirse libre y disfrutar de la vida de un joven», reflexionaría su padre. Fruto de aquella unión nacieron Agustina, Jimena y Francisco. «Mi mayor logro», repite en las entrevistas. «Mal marido pero buen ex marido», su matrimonio con Isabel de Menditeguy, mujer de gran belleza y licenciada en ciencias políticas, tampoco funcionó. En 2005 la pareja ocupaba las portadas de las revistas del corazón con el anuncio de su divorcio.

Quince días atado a los grilletes

Traumática la ruptura, nada es comparable con los quince días que permaneció secuestrado, a manos de una banda de policías, en un zulo en agosto de 1991. «Fue terrible, sólo había un agujero en el techo por donde me alimentaban, un baño químico y la cadena con la cual estaba encadenado al piso con un grillete en cada pierna», describió tras su liberación.

Las cifras del rescate son un secreto bien guardado. Algunos dicen que Franco -basta pronunciar este nombre en Argentina para que la gente sepa que es Macri- se puso al frente de las negociaciones para su liberación. Dicen que pagó seis millones de dólares, pero otras voces aseguran que la cifra superó los quince. Misterios de la mente, la experiencia terminó con «la claustrofobia» que el hoy prometedor político arrastraba de joven y que había intentado, sin éxito, superar a sus dieciocho años, a base de muchas horas de diván.

Doce años después de su cautiverio, el ingeniero Mauricio recibiría una herencia adelantada y, posiblemente, jamás imaginada: ser el intermediario para lograr la liberación de su díscola medio hermana, Florencia, segunda víctima de un secuestro en la familia. Mauricio, como su padre antes con él, logró que la joven recuperara, sana y sana, la libertad.

Su obsesión por la seguridad en Buenos Aires tiene su punto de arranque en esos dos hechos dramáticos, pero la velocidad en la que la población se ha subido a ese carro de lucha contra la delincuencia está en su propia experiencia. «Se comete un delito por minuto. La gente tiene miedo», insiste.

Si no fuera porque es hijo de su padre, Mauricio Macri sería un hombre común y corriente en Argentina. Su comida favorita es la milanesa (escalope) con patatas, la última película que le ha impresionado fue «La vida de los otros», no tiene una canción favorita y está un poco trasnochado en gustos musicales, «me identifico con Génesis, Supertramp, Phill Collins y Queen». Durante la campaña electoral ha contestado preguntas de lo más variopintas y entre sus respuestas rechaza mirarse en el espejo de George Bush o de Hugo Chávez. «No me veo reflejado en ninguno de los dos», asegura.

Parco en palabras, dice: «Los periodistas argentinos cada vez me quieren más porque dicen que no les doy trabajo», pero deja descolocada a la prensa cuando le piden un nombre de mujer a la que admirar y responde: «Mis hijas». Reconoce que su lugar en el mundo, después de la metrópoli de Buenos Aires, es una localidad de la provincia de la que también es oriunda Alicia Blanco Villegas, su madre, «Tandil, donde nací y puedo desenchufarme».

En algún parque de esa ciudad soñó que un día se convertiría en goleador de primera pero su pierna derecha le advirtió pronto que no estaba para muchos trotes. Sin el toque mágico de los grandes, con una tendencia a meter el pie derecho hacia adentro y la aparición posterior de la artrosis pusieron freno, antes de empezar, a sus aspiraciones de convertirse en un profesional del balón. Con todo, se permite echar un partido de vez en cuando y clavarse en el gimnasio todas las mañanas..., después de la digestión del aceite de hígado de bacalao.

Poco original por fuera, sin chispa a la vista y, posiblemente, un pésimo contador de chistes, no es ninguna broma que bajo su gestión Boca Juniors haya mejorado sus financias, aunque falta el balance final y en el último figura un déficit de dieciocho millones de euros. El equipo de sus amores, al que suele comparar, al alza, con el Real Madrid, se ha convertido en uno de los clubes con mayor número de socios del mundo, 60.000. Como orgullo personal, puede poner sobre el tapete de la mesa de juego dieciséis títulos en doce años. Buen negocio para él y para Boca, únicamente pierde los nervios -aparentemente de acero- cuando se imprime o escucha que se aprovechó económicamente de los traspasos de jugadores -como Bermúdez y Delgado-. «Mentiras, todo mentiras», se defiende sin que hasta la fecha nadie haya podido demostrar que no tiene razón.

Mauricio Macri, diputado en ejercicio, alcalde electo con el 61 por ciento de los votos, cumplió cuarenta y ocho años el 8 de febrero. Según el horóscopo tradicional es Acuario y, según el chino, Cerdo. Desenvuelto en tierra y agua ha aprendido a no meterse en los charcos de la vieja política. Con la ayuda de Gabriela Michetti (teniente de alcalde electa) logró que no le salpicara el fango de una campaña que amenazaba -aunquefinalmente no lo fue- con convertirse en un estercolero. Dueño del balón, dentro y fuera de la cancha, los tiempos de su ascenso a la primera liga del poder los maneja con reloj propio pero las agujas las dirige un ecuatoriano: Jaime Durán Barba, le marcó el tono y colaboró a focalizar esfuerzos a través de un discurso Pro (Propuesta Repúblicana). Todo en positivo, impermeable de amianto para los chaparrones, la construcción del candidato funcionó. «Tener un asesor de imagen no es fundamental para ganar una campaña, es inteligente», asegura con conocimiento de causa.

A los tres años su papá le regaló la primera bicicleta. Con Franco solía sentarse una vez a la semana con una baraja de naipes de por medio y un grupo de amigos. Hablaban poco, «si se juega a las cartas, se juega a las cartas», razonaba. La relación, según confesión de partes, siempre «fue difícil». El padre no quería este destino para el hijo. Ni el balón, ni la política le parecen terrenos adecuados para el mayor de los Macri. Pero Mauricio, en el umbral de los cincuenta, no quiere sus consejos ni necesita que le compre nada. Desde el domingo, el que reparte la suerte es él.