Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía
Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía

El laberinto andaluz: cansancio sin rebeldía

Descontado el triunfo en minoría del PSOE, el interés de la jornada se reduce a los pactos postelectorales, la influencia nacional y su condición de primarias de centro-derecha

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La vida política en el latifundio de poder andaluz se ha movido desde hace años entre la resignación, la melancolía, el escepticismo y la rutina. Más de un 60 por cien de los electores dicen en las encuestas desear un cambio, pero una proporción aún mayor están convencidos de que no va a producirse, y tampoco parece que la continuidad del PSOE, en el poder desde tres décadas y media, les inquiete demasiado. Ése ha sido el gran éxito de los socialistas: su identificación intrínseca con el sistema mismo de la autonomía. Su condición de partido Alfa, bandera y guía, que incluso en sus horas más bajas conserva entre amplias capas de la población un marchamo de legitimidad autoinducida. El tránsito hasta los comicios de hoy ha transcurrido bajo ese clima, si bien los sismógrafos demoscópicos han empezado a detectar en los últimos días ciertos indicios de sacudidas.

Las razones de esa larga hegemonía son muy variadas y se hunden en el referéndum que en 1980 acabó cambiando el diseño territorial del Estado. El gran error histórico de la derecha al oponerse a la autonomía de primer grado la cargó con un lastre que aún no ha podido desprender de su imaginario. Desde entonces, el socialismo ha ido creando un tejido institucional sobredimensionado. Los intereses clientelares del modelo subvencional, la superposición de la Junta y su aparato a la sociedad civil y la construcción de un complejo sistema de distribución de recursos basado en transferencias externas de renta han sido –junto a la falta de dinamismo de la oposición para crear un proyecto alternativo creíble– las principales razones de su arraigo. Una consistencia inmune al desgaste, a los escándalos de corrupción y a las tercas estadísticas que, pese a la inversión de fondos europeos por valor de ¡¡cien mil millones!! de euros sitúan a la región en la cola nacional de bienestar y a la cabeza del paro. Andalucía ha gozado de una transformación estructural indudable en estos 36 años a pesar de seguir por debajo de la evolución media del Estado. Para una comunidad que partió de un evidente subdesarrollo, el del «laberinto andaluz» de Gerald Brenan, ese balance parece aún suficiente para sobreponerse al hartazgo.

Con todo, el tiempo ha hecho su mella. Las expectativas electorales de Susana Díaz son las más bajas de la historia autonómica. No, sin embargo, las del conjunto de la izquierda, que parece seguir sumando mayoría más o menos holgada, ahora con Podemos y su marca de confluencia. Además la derecha acude a las elecciones por primera vez dividida, nada menos que en tres fuerzas, y con candidatos poco seductores que merman aún más sus expectativas. Tanto el PP como Ciudadanos y Vox han planteado una campaña de argumentos nacionales, con especial protagonismo del desafío separatista, lo que ha permitido a Díaz y a la candidata comunista, Teresa Rodríguez, apelar al orgullo autóctono, a una especie de plebiscito de autoestima. Aunque en los últimos días ha cundido en el Gobierno regional cierto temor a una sorpresa, la probabilidad de que las candidaturas opositoras puedan reunir suficiente masa crítica es reducida. Así las cosas, la percepción conformista de otra victoria de «los de siempre» ha impregnado estas elecciones de una singular monotonía; no existe el menor optimismo sociológico sobre una mejora de las condiciones de vida pero el peso de la costumbre impone una resignación continuista.

Tres cuestiones

Salvo que ese terremoto, no descartable pero no presentido, cambiase por completo el panorama político en Andalucía y, por expansión, en todo el país, el interés de la convocatoria de hoy se reduce a tres cuestiones concretas: los pactos postelectorales, su influencia en el pulso político nacional y su condición de primarias del bloque de centro-derecha. Respecto a este último aspecto, los dos partidos liberales que vienen disputándose la primacía interna se han visto sorprendidos por la irrupción de Vox, que amenaza con provocar un corrimiento de tierras del que nadie sabe su alcance a ciencia cierta. En cualquier caso, la competencia real no es entre los aspirantes oficiales a la Presidencia sino entre los líderes nacionales, Pablo Casado y Albert Rivera, cuyo pulso se empezará a dirimir a través de candidaturas interpuestas.

Un tropiezo del PP comprometería seriamente su flamante liderazgo, aún sometido a dudas y poco asentado. El candidato real, Juan Manuel Moreno, ya ha dejado entrever que se retirará si se produce el temido sorpasso, pero sus consecuencias alcanzarían de lleno a las aspiraciones y la proyección de Casado. Sensu contrario, el adelantamiento a los populares –que en cualquier caso sufrirán una significativa pérdida de escaños– relanzaría a escala española las esperanzas de Ciudadanos, cuyo papel tras la moción de censura que derribó a Rajoy ha quedado muy desdibujado. El crecimiento del partido naranja es notable en la costa y los grandes núcleos urbanos, pero el ámbito rural y la inercia bipartidista operan a favor de su principal adversario. El tercero en discordia, Vox, saldrá propulsado con su casi segura en el arco parlamentario. Su primera presencia institucional, que apunta a ser bastante significativa, le puede otorgar un protagonismo mediático y político decisivo en los comicios europeos de mayo. En cualquier caso, ya ha salido beneficiado de una campaña muy dinámica en la que hasta sus oponentes le han dispensado trato de actor inesperado.

Gobernabilidad

La segunda interrogante es la de la gobernabilidad, que inevitablemente estará sujeta a la necesidad de acuerdos. Cs ha prometido con insistencia que no volverá a respaldar a Díaz, lo que abocaría a un dilema de pacto de izquierdas o bloqueo. En 2015, la actual presidenta tuvo que esperar ochenta días para ser investida al cuarto intento. Aunque su incontestable mala relación con Teresa Rodríguez, la candidata de Podemos, se ha suavizado en campaña con intenciones de tanteo, la proximidad de las elecciones autonómicas y municipales deja cualquier aproximación en el alero. Los socialistas amenazan con forzar la repetición electoral en caso de que sus rivales pretendan abrasarlos con una táctica de aislamiento. Tampoco se fían demasiado de Pedro Sánchez, por si se sintiese tentado a entregar a Pablo Iglesias la cabeza de Díaz como trofeo. Para el presidente ha ido también, de modo indirecto, la advertencia de que el susanismo resistirá defendiendo su previsible victoria a cualquier precio. Incluido el de volver a las urnas si no le queda otro remedio.

Por último, está la inevitable lectura prospectiva, en clave nacional, de la jornada. Los resultados medirán por primera vez el impacto de la llegada al poder de Pedro Sánchez, pero ningún análisis objetivo debe olvidar que en el escenario andaluz no cabe una correlación exacta con el del resto de España. En primer lugar, porque el socialismo gobernante, con su maquinaria perfectamente engrasada, siempre ha tenido en este territorio una prima de ventaja. En segundo término, porque falta el elemento nacionalista, que PSOE y Podemos han asumido a su manera, con argumentos de tintes emocionales, durante la campaña. Y en tercer orden, porque la derecha, al revés que la socialdemocracia, tiene en Andalucía un lastre sociológico histórico que la empuja a la baja.

Nadie cree en un vuelco

La probabilidad de una mayoría de cambio ha sido remota hasta los últimos días; nadie cree sinceramente en el vuelco aunque para esa hipótesis existe un pacto implícito entre Juan Marín y Juan Manuel Moreno: el que de los dos saque más diputados tendrá el respaldo del que obtenga menos. La incógnita de Vox ha disparado en los últimos días de los nervios. También en el PSOE, temeroso de salir perjudicado en el baile de los cocientes y restos. Para Susana Díaz, los 40 escaños –tiene 47 de un total de 109—son la barrera bajo la cual tendría muy difícil vender el resultado como un éxito. La coalición comunista, Adelante Andalucía, que puede ser segunda fuerza en Sevilla, paladea la casi total certidumbre de resultar decisiva en la formación del Gobierno. Pero tal vez el fenómeno más llamativo de estas elecciones consista en que han despertado más atención fuera que dentro: en el resto de España son vistas como un test de la correlación de fuerzas para el ciclo electoral que hoy quedará abierto. Los andaluces, sin embargo, parecen haberse tomado la cita con un rutinario talante entre estoico, resignado y escéptico. Nadie sabe, sin embargo, si se puede estar fraguando un movimiento telúrico bajo el hermetismo de ese ambiente espeso.

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